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Domingo, 30 de octubre de 2011

Hombres de a caballo

La patria equivocada es uno de los mejores libros de Dalmiro Sáenz y uno de los más injustamente olvidados. Por eso fue una sorpresa cuando se anunció que Carlos Galletini pensaba adaptarla al cine y estrenarla para el Bicentenario. Los problemas familiares de su protagonista, Juana Viale, postergaron el estreno hasta el lunes pasado. Radar asistió junto a Dalmiro Sáenz y charló con él sobre por qué el film no lo traicionó tanto como hubiera deseado.

 Por Juan Pablo Bertazza

El lunes pasado, poco antes de que comenzara la avant première de La patria equivocada en el reconstruido cine de Recoleta, permanecía parado en la calle Vicente López un hombre mayor, jovial y sonriente, muy alejado del hall del Village, a resguardo de todos los flashes.

Estaba previsto que esta película, cuyo guión fue premiado por el concurso del Incaa, formara parte de los festejos por el Bicentenario de la patria, pero algunos retrasos y, luego, las incontrolables consecuencias de la vida personal de Juanita Viale, su excluyente protagonista, hicieron que el film llegara algo retrasado y recién ahora a los cines. Se trata, claro, de la versión cinematográfica de una de las novelas más interesantes de un autor tan prolífico como sorprendente, La patria equivocada (1991), una de las obras en las que Dalmiro Sáenz indagó en vida y obra de caudillos y luchadores históricos argentinos, algunos de los cuales no tienen nombre propio; un trabajo que continuaría, especialmente, con Malón blanco (1995) y Mis olvidos o lo que no dijo el general Paz en sus memorias (1998).

Es así que La patria equivocada de Carlos Galletini llegó tarde a la fiesta bicentenaria, pero justo a tiempo para el vigésimo aniversario de esta excelente novela histórica.

No es que la película sea exactamente floja; se trata más bien de una versión corriente y correcta, acaso demasiado fiel al libro. Sobre todo teniendo en cuenta el mismísimo comienzo del libro, donde queda totalmente explícita su temática principal, pero también su espíritu: “Al arte y a la historia sólo se entra por la puerta de la traición; los personajes de este libro llevan un sello común, la necesidad de traicionar, la imposibilidad de aceptar el mandato de los otros, incluso el de su autor”. Si hay un mandato que la película no cumple, es el de la traición.

Es así que, a lo largo de sus páginas, La patria equivocada da cuenta de una serie de personajes que “galoparon gran parte de la historia argentina”, muñidos de traiciones, plagados de coraje. Noventa años de historia de nuestro país, desde 1807 hasta 1898, años durante los cuales se dieron acontecimientos históricos fundamentales como las Invasiones Inglesas y la resistencia, la Guerra del Paraguay y la llamada Conquista del Desierto. Dado ese contexto, los protagonistas rutilantes son Clarita, su hijo Clorindo y su nieta Clara, tres personajes unidos no sólo por los lazos de sangre sino también por una profunda necesidad de justicia que se termina llevando a cabo por mano propia a partir de Clarita, un acto que tal vez prefigura el notable desenlace de El secreto de sus ojos, otro libro que terminó convertido en película.

Pero en torno de estos personajes se van alternando otras historias por demás atractivas, como la de un maestro rural que apenas llega a la quebrada de Humahuaca se enamora justamente de Clarita, quien lo seduce a cambio de su educación para poder perpetrar su venganza y luego lo abandona. A lo largo de todo el libro, las intervenciones de Dalmiro Sáenz nos muestran ese núcleo indistinguible que conforma la buena literatura, a partir de oposiciones profundas y totales, por ejemplo, entre los hombres de a pie (los humillados, hombres que aceptan sin protestar su rol) y los hombres de a caballo (los que miran al mundo desde las alturas, hombres que no hacen lo que les piden).

Más allá de su valorable fotografía y algunas actuaciones muy destacadas (sobre todo la de Adrián Navarro), la belleza de Juanita Viale –quien encarna tanto a Clarita como a Clara, y que había sorprendido gratamente en Las viudas de los jueves– no resulta suficiente para terminar de moldear la personalidad de la película de Carlos Galletini.

“Creo que puedo opinar porque mi literatura tiene mucho que ver con las imágenes y pienso mucho en el cine. En general no me gustó la película, aunque rescato la fotografía y la actuación de Juana Viale, pero me pareció un poco pesada teniendo en cuenta que el libro, uno de los que más quiero, tiene mucho ritmo y hasta podría decirse que es divertido”, contesta Dalmiro Sáenz, a quien, en general, no le gustaron casi ninguna de las adaptaciones de sus novelas y relatos, a excepción de Nadie oyó gritar a Cecilio Fuentes, de Fernando Siro, ganadora de la Concha de Plata en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián y basada en El pecado necesario. Pero, más allá de los gustos, resulta llamativo que no es ésta la primera vez que el destino de Dalmiro Sáenz se cruza con la familia de Juana Viale. Todo empezó cuando realizó los diálogos para Kuma–Ching, una extraña película dirigida por Daniel Tinayre y protagonizada por Sandrini, cuyo rodaje esconde una anécdota imperdible: “A Tinayre lo conocí en la casa de Mirtha Legrand, era un hombre tan insoportable como caballero. Esa noche estuvo bastante antipático conmigo y me ofendí. Me acuerdo de que había dejado mi moto en el jardín de Mirtha y cuando enfilaba para irme, pasó algo increíble. Tinayre fue a buscar el auto y me empezó a seguir por todo el barrio hasta que se instaló y se me puso en el medio de una calle muy angosta, acorralándome con el auto para que no pudiera salir: todo eso hizo para pedirme disculpas. Para mí fue muy raro que un tipo tan soberbio me pidiera disculpas de semejante manera”, cuenta todavía sorprendido Dalmiro Sáenz, el hombre que se encontraba en el cine.

Acaso una de las mejores ventajas que tiene para ofrecer la película La patria equivocada es rescatar una de esas grandes novelas de la literatura argentina que, tal vez, no muchos tengan presente. Y eso no significa para nada una falta de méritos, ya que, como dice la misma novela en uno de sus altísimos momentos, “las banderas pertenecen menos a las ideas que las enarbolan que a los brazos que las defienden”.

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