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Domingo, 30 de octubre de 2011

Memorias de la estrella asesina

Un recuerdo de los efectos de las bombas atómicas lanzadas por Estados Unidos en Japón, a partir de testimonios de sobrevivientes de Hiroshima y Nagasaki.

 Por Damian Huergo

El terremoto de 8,9 grados de la escala Richter que sacudió a Japón el 11 de marzo parece seguir temblando. Como si hubiera sido la primera ficha de un efecto dominó trágico, lo siguió un tsunami que arrasó con todo, explosiones en la central atómica de Fukushima y un pánico nuclear que continúa radiando nuestras subjetividades. Sin embargo, no todas las consecuencias se corresponden estrictamente con la desgracia. En el lado B (de bueno) de las fichas que cayeron está la de la memoria. Y le bastó con mostrarnos el siglo que acabamos de embalar, para que nos acordemos de Hiroshima, Nagasaki y Chernobyl, ciudades que aprehendimos como sinónimos de bombardeos nucleares. Charles Pellegrino –hombre formado en las ciencias duras y deformado por su corazón blando– se ocupó de documentar las historias de vida (y de muerte) de los sobrevivientes de las bombas atómicas lanzadas por Estados Unidos en Japón, al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Y, desde la primera línea, nos advierte que cerrar los ojos no alcanza para borrar la historia ni –menos– para que no vuelva a ocurrir.

Pellegrino cuenta en el prefacio que el disparador de El último tren de Hiroshima fueron las enseñanzas del poeta Tsutomu Yamaguchi, doble sobreviviente de Hiroshima y Nagasaki. En los breves encuentros que mantuvo, le transmitió su preocupación por el incipiente desarrollo atómico, por la amnesia de la civilización moderna y por la banalidad con que se usan ciertas palabras como “muerte”, “aniquilación” y “bombardeos”. Según el autor, su máxima sabiduría fue comprender –escuchando el lenguaje cotidiano– “que si la humanidad no recordaba pronto, si no comprendía –por ejemplo– que nuke them (‘bombardéenlos’) era la peor maldición que un ser humano puede usar contra otro grupo de personas, entonces quizá toda la civilización se encontrara ya en el tren en que él había viajado: de Hiroshima hacia algo mucho peor”.

El último tren de Hiroshima. Charles Pellegrino Norma 470 páginas

Como si fuese el recorrido de un tren fantasma, los diez capítulos en que está estructurado el libro narran –figurativamente– el viaje que hizo Yamaguchi en agosto de 1945. Con una prosa técnica y para nada condescendiente, Pellegrino escucha y reescribe las historias con la frialdad de un médico que decide amputar una pierna para salvar la vida del paciente (en este caso, el que necesita ser salvado es el mundo). Así, se detiene en los últimos minutos de hombres y mujeres antes de ser convertidos en gas y en carbón disecado, cuando cae “la estrella asesina”; en los “lagartos andantes” que deambulaban por la calle, ciegos y sin caras, con un agujero rojo en el lugar de la boca; en los niños a los que les quedó en la piel el dibujo de la estampa de sus remeras como si fuera un tatuaje; y en el aroma –que recuerdan los sobrevivientes– de la carne quemada “similar al olor del calamar cuando se asaba a la parrilla”.

El último tren de Hiroshima, sobre todo, es una máquina de enumerar historias (tal es el caso, que captó la atención de James Cameron, quien ya compró los derechos para un futuro film). Entre ellas, se destaca la de Setsuko Hirata con su esposo Kenshi, quien afirma que al momento de la explosión escuchó la voz de su mujer –pese a estar a tres kilómetros de distancia– gritándole “Protégete”, siendo su última palabra previo a sufrir en su cuerpo el uranio que cargaba la bomba. También sobresale la visión de un aviador que piloteó el Necessary Evil (mal necesario). Un testimonio valioso, destaca Pellegrino, por ser testigo, partícipe y, a la vez, por saldar un error de la primera edición del libro, donde se tomó por cierto la fábula de un falso tripulante de la misión Hiroshima.

Los relatos, acompañados con dibujos y mapas para ajustar la imaginación del lector, son una prueba sólida, histórica, de lo que fue (y es) capaz el hombre. Charles Pellegrino los escribe con urgencia, como si estuviera haciendo una especie de justicia poética con las víctimas y sobrevivientes; como si su libro sirviera para pedir disculpas –en nombre de la humanidad entera– por la creación de armas de destrucción masiva, elaboradas gracias al desarrollo y la “evolución” de nuestra civilización.

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Un reloj de Hiroshima carbonizado.
 
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