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Domingo, 27 de noviembre de 2011

Una Feria con salida al mar

Entre las distintas actividades culturales que vienen distinguiendo en los últimos tiempos a la ciudad de Mar del Plata, no hay que olvidar la Feria del Libro. Acaba de concluir la séptima edición, junto al mar y con una creciente asistencia de invitados y público.

 Por Juan Pablo Bertazza

Desde Mar del Plata

Es nuestro centro turístico por excelencia; la ciudad, según algunos, con mayor oferta gastronómica del mundo después de Nueva York; la ciudad feliz del suicidio mitológico de Alfonsina Storni adentrándose en el mar vía La Perla; la ciudad del casino y de las películas de los ’80 que consolidaron la masividad de sus playas. Pero, además, a lo largo de este año que está por concluir, Mar del Plata consolidó su fuerte impronta cultural, esa que comenzó quizá con el nacimiento de dos astros con luz propia: Astor Piazzolla y Osvaldo Soriano. Al IV Congreso Iberoamericano de Cultura que se desarrolló en septiembre con la presencia de 2500 disertantes entre académicos, gestores culturales, artistas y periodistas, y la vigésimo sexta edición del Festival de Cine que acaba de concluir, hay que sumarle la séptima edición consecutiva de la Feria del Libro, organizada en forma conjunta por la Secretaría de Cultura de la Municipalidad de General Pueyrredón, la Universidad Nacional de Mar del Plata, el Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos y la Cámara de Libreros del Sudeste de la Provincia de Buenos Aires.

La verdad que nada de eso parece ajeno a esta feria, que contó con una gama de invitados de lo más ecléctica, que va desde los destacados poetas españoles Carlos Marzal y Luis García Montero hasta el regreso de Fabio Zerpa, cuya conferencia sobre la vida extraterrestre fue una de las más convocantes, pasando por Diana Bellesi, Guillermo Saccomanno, Pablo de Santis, Mempo Giardinelli, Osvaldo Picardo, Noé Jitrik, Marcela Serrano, Silvia Plager, Mercedes Giuffré y, entre otros, el científico argentino Alberto Kornblihtt, miembro de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, a quien Adrián Paenza bautizó “el Messi de la ciencia”.

La diversidad de la lista de invitados (la más frondosa en la historia de este evento) estuvo a tono con esta feria que, dato a tener en cuenta, es la única en el país de entrada libre y gratuita. Al igual que el año pasado, se desarrolló en la carpa instalada en la primaveral Plaza Mitre, ya que durante las tres primeras ediciones se había realizado en la Plaza San Martín. El predio contó con tres salas que, merece la pena aclararlo, responden a nombres de suma importancia en relación con el desarrollo cultural histórico de la ciudad: la sala Domingo Cioppi, en memoria al destacado poeta, periodista y militante del PC que empezó trabajando de canillita y que alguna vez dijo “la persona que se pone un centímetro por encima de los demás, no puede captar la esencia de lo que está viviendo la sociedad, y quien no exprese lo que está viviendo la sociedad, está escribiendo para nada, sólo papeles que quedarán archivados porque no tienen nada que ver con la historia de la gente”; la sala Enrique David Borthiry, en homenaje al hombre nacido en el antiguo barrio Patagones, Ciudadano Ilustre cuya obra, El País de los Gramajo (1973), le permitió ganar un reconocimiento fuera del país, que redundó en la obtención, en siete oportunidades, del Premio de Literatura de la Municipalidad de General Pueyrredón; y la sala La Biblioteca Popular Juventud Moderna, en honor a la institución fundada el 16 de noviembre de 1911 por un reducido núcleo de hombres de trabajo, vinculados con organizaciones obreras y en su mayoría extranjeros cuyos esfuerzos confluyeron activamente en el desarrollo de la ciudad de Mar del Plata.

El predio ferial (con entrada por San Luis y Almirante Brown, para quienes tengan el gusto de conocer la ciudad) abrió sus puertas desde el 4 hasta el pasado 21 de noviembre, con la presencia del asesor de la feria, el poeta Rafael Felipe Oteriño, miembro de la Academia Argentina de Letras que, si bien nació en La Plata, vive en la costa desde 1993.

Además de los invitados, la gran apuesta de esta edición –a número pleno, digamos– fue la realización, durante todos los días, de narraciones orales cuyos ecos lograron eclipsar, por un instante, la voz abismal de las olas rompiendo sobre las rocas, el circunloquio de la bolilla antes del “no va más”. Acaso en la mejor época para visitar la ciudad, cuando la Bristol o La Perla todavía no se muestran tan atiborradas de gente, Mar del Plata consolidó con la séptima edición de su Feria del Libro el mote de “ciudad cultural”, una definición tan merecida que a ese emblema por excelencia que es el lobo marino habría que agregarle, ahora, un libro.

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