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Domingo, 29 de enero de 2012

El hombre que calculaba

Bastante lejos de los títulos que lo convirtieron en un autor innovador y sobre todo audaz como Baile en familia o El lenguaje perdido de las grúas, el David Leavitt de El contable hindú extrema una prosa pareja y clara hasta alcanzar la construcción de una novela altamente profesional basada en la historia real del hindú Ramanujan, y situada en el mundo de las celebridades de las matemáticas en la época de oro del Reino Unido.

 Por Hugo Salas

A comienzos de 1913, Godfrey Harold Hardy, una de las figuras más prestigiosas de la matemática de su época, recibe en la Universidad de Cambridge –ámbito que por aquel entonces cobija también a otros talentos como Bertrand Russell, Ludwig Wittgenstein, Maynard Keynes, John Edensor Littlewood y gran elenco– una carta proveniente de la India, en la que un talento natural sostiene haber encontrado resultados “pasmosos” para los matemáticos de su tierra. Lo más descabellado del caso es que Srinivasa Ramanujan, el remitente, nunca ha recibido instrucción formal y, por las notas que adjunta, es claro que ignora el lado más profesional y técnico de la disciplina. No obstante, muchas de sus precarias intuiciones son, en efecto, hallazgos. Convencido de su genialidad, Hardy decide atraerlo a Cambridge, donde Ramanujan trabajará hasta poco antes de su temprana muerte en 1920. Se trata, en efecto, de una de las páginas más románticas de la matemática, esa disciplina a la que se tiende a considerar fría, ascética o rotundamente aburrida.

Tomando esta historia como punto de partida, David Leavitt realiza una apuesta bastante clara: hacer suyo un asunto y en especial un ámbito que a priori podría parecer poco amable o interesante, árido y hasta estéril para la construcción novelística. Y en el transcurso de las más de 600 páginas de El contable hindú, el autor demuestra simultáneamente que es capaz de ejecutar una novela con esos materiales, de hacerlo de manera correcta incluso, a la vez que la obra final resulta tan fría, ascética y aburrida como los prejuicios juzgan el reino de la matemática.

No se trata en modo alguno de un problema de oficio. Si algo se hace sentir con fuerza en El contable hindú, más que la atmósfera de Cambridge y la Inglaterra de comienzos del siglo XX, es la producción de literatura de una manera profesional, con sus pautas claras, su estructura pulida, su atención por las fuentes y, desde luego, la elección de asuntos y circunstancias que involucren al mismo tiempo una gran cantidad de temas importantes (la ciencia, el colonialismo, la diversidad sexual, los intelectuales, la Primera Guerra Mundial, el lugar de las mujeres, etcétera). No, lo que la vuelve cansina por momentos no es la falta de pericia, sino justamente su prolijidad, su previsibilidad, el carácter mecánico y altamente convencional de muchos de sus procedimientos, más que la exhibición o la explicación de algunas cuestiones matemáticas (a fin de cuentas, hace más de tres décadas que con El nombre de la rosa Umberto Eco demostró la posibilidad de construir un best-seller erudito y al mismo tiempo entretenido).

El contable hindú. David Leavitt Anagrama 620 páginas

Sorprende en verdad que el mismo escritor de libros si se quiere desparejos pero indubitablemente vivos y punzantes como Baile en familia, El lenguaje perdido de las grúas o aun Amores iguales sea capaz de producir una novela tan correcta y al mismo tiempo tan anodina, tan falsamente difícil, tan consagratoria. Aquella mirada sutil que podía al mismo tiempo ser irónica, desfachatada y tierna, sólo se proyecta aquí sobre alguna escena secundaria, como aquella en que la esposa de otro matemático de menor importancia (E. H. Neville) le pide a la hermana de Hardy que le muestre su ojo de vidrio.

Tampoco puede vincularse esa frialdad a la intención de construir una novela con el mismo grado de discreción y simplicidad tan preciados por la matemática. Sin duda, Leavitt resuelve con bastante elegancia ese habitual escollo que asuela a la novela histórica, el de la aparición de “personalidades”, a menudo condenadas al cartón pintado; salvo en los casos de Wittgenstein y D. H. Lawrence, en El contable hindú Russell y Keynes llegan a construirse como personajes más que como figuras de libro de texto. No consigue, sin embargo, resolver otro problema del género, que es la compulsión por utilizar toda la información disponible, con la consiguiente inclusión de datos poco trascendentes para el sentido de la novela.

Pero si algo evapora definitivamente cualquier hipótesis de novela matemática, fría, elegante o ascética son los procedimientos dramáticos con los que Leavitt procura dar cuenta de la dimensión humana de sus criaturas, en particular de Hardy, como las visitas del fantasma de su amante muerto (con su previsible carga de culpa) o las reacciones timoratas y supuestamente sutiles que tiene al cruzarse con hombres jóvenes y atractivos. Lo esquemático de estos mecanismos, como así también el modo obvio en que introduce determinadas piezas de información, impiden que El contable hindú se eleve más allá de una clara demostración de oficio y pericia, en lo que cabe considerar un equivalente literario del tripos, ese examen competitivo, vetusto e inevitable que constituye la pesadilla de juventud del Hardy de esta novela.

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