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Domingo, 5 de febrero de 2012

Un mundo de veinte asientos

Sexybondi es un libro que recoge el imaginario de los años ’90, que hizo de Washington Cucurto una marca registrada: cumbia, sexo, alegría y desenfreno. Esta vez al servicio de la historia de Juan, un colectivero que protagoniza una novela que no llega a ser narrativa.

 Por Luciana De Mello

“Esta es la historia de Juan, un hombre al cual conocí, / un hombre que disfrutaba horriblemente vivir sobre cuatro ruedas. / Esta es la enternecedora historia de un hombre hambriento / fugaz, solo, que en la vida no tenía otra cosa / que un bondi.” La última novela de Washington Cucurto comienza con este poema que la presenta y que sigue así: “Es la historia de una cosa, la más romancera / de todas las cosas, más que la cama, la cocina, el ropero. / ¡Ay bondi, tanto más alegre que la mesa y la cama! / Estos son, por ende, los días de la música de un pueblo / a orillas de un río”.

Sexybondi. Washington Cucurto Interzona 119 páginas

El poema como poema no miente, pero como presentación sí. Porque, al fin y al cabo, no hay historia. Si tan sólo el yo poético nunca se convirtiera en narrador, Cucurto habría escrito un gran poema en Sexybondi. Porque en la novela no hay exploración sino explotación de la palabra, de la sintaxis, del sentido. Se leen juegos de palabras, imágenes, metáforas, soliloquios intercalados cada tanto con buenos poemas. Son 119 páginas que cuentan, o tratan de contar, la historia de Juan Vega, un colectivero enamorado primero de su bondi y después de todo y de todos los que allí arriba viajan. Paraguayos, cumbia, laburantes transpirados y excitados con las tikis que se perfuman camino a la bailanta. Sobre todo una, la mujer de un compañero de la línea 375 Encarnacena-San Miguel, que llevada por una incontrolable fiebre uterina se sube a la carcacha, como llama a su bondi el narrador Juan Vega, para enfiestarse con los pasajeros en los asientos de atrás mientras se termina el recorrido. Mucho sexo, mucha palabra y mucha cumbia, esta última entrega del autor de Zelarrayán, La máquina de hacer paraguayitos y Cosa de negros, entre otros, está fechada en 1999 y presenta todos lo elementos cucurtianos que han sabido dar cuenta de la cultura popular de los ’90, pero que dentro de su obra hoy se lee como más de lo mismo. Y es una pena, porque dan ganas de saber qué pasa y quién es quién cuando en esta novela se presentan a los personajes. Dan ganas de escuchar sus voces, si la del narrador les diera paso a los otros de sus relatos. El problema no es el intento vanguardista sino la fatiga frente al trabajo que se puede hacer y no se hace, y que luego entonces se lee como falta. Vale una aclaración: esta reseña se refiere a Sexybondi, no es una retrospectiva de la obra del autor y mucho menos un juicio de valor sobre el “realismo atolondrado” con el cual ha justificado muchas veces Cucurto sus límites de escritura. Arlt también lo hizo en un prólogo, en aguafuertes, y si se quiere a lo largo de toda su obra. Pero sus historias son contadas, no hay duda.

Sexybondi merecería ser contado o transformarse en una sola poesía, como la historia de Ranerito, relatada en una mezcla de prosa poética, diálogos y dramaturgia. Es, sin duda, lo mejor de toda la novela: “Ranerito, mañana. Mañana. Mañana es un ping pong. Reo, pérfido. ¡Qué bosta es la gente, guainas hijas de remil cuervos y gusanos! Luciérnagas con brillo es el cartel de las ofertas. ¡Yo quiero morir! Y con vos, todos, Ranerito, nos queremos morir. Pedir. Pedir o morfarnos el cartel. Pedir. Pedir. Suplihinchar”.

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