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Domingo, 19 de febrero de 2012

Hielo en familia

Nativo de Alaska, hijo de un padre suicida, David Vann se viene perfilando como uno de los más intensos y personales escritores norteamericanos, apadrinado por Lorrie Moore, multipremiado y, sin embargo, todavía brutal. Caribou Island, su segunda novela, es la historia de una familia que se desmorona al mismo tiempo que intenta construir una casa en una desolada isla de Alaska. Pero, sobre todo, es un relato catastrófico de la condición humana.

 Por  Laura Galarza

David Vann (Alaska, 1966) tuvo antes que ésta una primera obra, Legend of a Suicide, doce años metida en un cajón rechazada por varios agentes literarios mientras se ganaba la vida capitaneando barcos por el Caribe. Pero el rumbo cambió: la obra vio la luz al obtener el Grace Paley Prize 2007, y más tarde Lorrie Moore puso el ojo sobre la nouvelle Sukkvan Island (incluida en Legend of a Suicide) seleccionándola como libro del Club para el New Yorker. Desde entonces no deja de ser premiado y traducido. Y en 2011 obtuvo la beca Guggenheim.

Nacido en Adak, una remota isla de Alaska de sólo 48 kilómetros de ancho por 32 de largo, David Vann fue un chico tímido, alumno sobresaliente de día, que por las noches, utilizando el arma con la que su padre se había suicidado, disparaba a los postes de luz y ponía en la mira a la gente que pasaba caminando por la vereda. Podría haber disparado. Razones no le faltaban: su padre se suicidó después de que Vann, de doce años, se negara a pasar una temporada con él para recomponer la relación entre ellos. Hoy Vann cambia el punto de mira y apunta al lector como un puño que golpea el cráneo, como define Kafka a aquello que merece ser leído. Y apunta también a sus personajes, a los que va pelando hasta dejarlos secos frente a sí mismos, a lo falso y endeble de sus vidas. Vann recuerda la primera imagen que dio origen a la novela: “Un día, al pasar por un lago congelado, quité la capa de nieve para ver si era seguro caminar sobre él pero todo lo que vi era oscuro y profundo”.

Y eso es todo lo que se ve detrás de esta historia: en un lugar frío de Alaska, donde el viento viene cargado de agua y la lluvia acribilla los ojos, Irene y Gary intentan recomponer su matrimonio. Para eso quieren construir del otro lado del lago donde viven, en una isla inhóspita, una cabaña de troncos. Pero mientras cada día se trasladan de un margen al otro, corren riesgos; el barco se inclina demasiado, o se llena de agua, a veces ellos mismos caen al agua, quedan entumecidos, enfermos. Pero siguen, como si quisieran a la par de levantar esa cabaña, destruirlo todo de una vez. Clavan los troncos a martillazos que retumban en esa helada soledad y que nunca quedan del todo sellados, dejando resquicios por donde puede filtrarse vaya a saber qué. Mientras a Irene la acosan unas temibles jaquecas que ningún médico ni analgésico puede detener, a Gary lo asalta una violencia contenida: “Otro día bajo cero”, piensa mientras no deja de golpear contra la madera. Ninguno de los dos quiere ser quién es, y culpan al otro por eso. “No se puede reconstruir la vida como a uno le place. Ahí está el problema. Que te das cuenta demasiado tarde, cuando ya es inútil saberlo. Cuando el momento de elegir ya pasó.”

Caribou Island. David Vann Mondadori 288 páginas

A los costados de la historia, los hijos del matrimonio: la mayor, Rhoda, a punto de casarse con un dentista infiel va derecho a caer al mismo abismo de sus padres, lo intuye. Sentada frente a su postre, compara a la familia con las tres bochas de helado de su Banana Split: “Una receta para la felicidad, en la línea de la fórmula marido-casa-hijos, los tres montoncitos. Eso, una de dos, o te llenaba o acababa dándote náuseas probarlo”. Del otro lado del pueblo, Mark, el hermano despreocupado, fumado día y noche, como la versión local, se dedica a pescar salmones. Los hijos funcionan en la novela como los que están a tiempo de darle una vuelta de tuerca a su existencia pero aún así parecen no darse cuenta. Sus historias van intercaladas a la de sus padres para ir dando volumen a la idea que Caribou Island va tallando dentro del lector: la peor soledad es la que se experimenta junto al otro. Irene mira dentro suyo y ve que no hay nada: “Era algo con volumen y profundidad, como un espacio físico interior, abovedado, un vacío total”.

En toda la novela hay por parte de los personajes, un acercamiento gozoso al propio límite, “a ver qué tiene uno adentro cuando lo destrozan”, piensa Gary mientras se mete y desafía al lago tormentoso y helado que lo hunde, lo levanta y lo estrella contra las rocas. Y eso, en un gran logro por parte de Vann, se duplica en el lector que tampoco puede dejar esta isla. Que quiere más aunque eso signifique una embestida, al igual que Gary, “en la discreta esperanza de que la siguiente ola sea más grande aún.”

Si hasta acá alguien cree que la clave de esta novela está en el matrimonio se queda corto. Caribou Island es un relato catastrófico de la condición humana, con la vida en pareja como centro. Y, lo que no es un detalle, anclada en ese páramo que el autor conoce como la palma de su mano. “Nadie se queda en Alaska si no es a la fuerza”, declaró Vann. Y sabe de lo que habla: en Caribou Island, el sol tampoco levanta más que unos metros por encima del horizonte.

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