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Domingo, 6 de mayo de 2012

Literalmente pinta tu aldea

Ondjaki es un escritor y sociólogo que nacido en Angola, vive en Brasil y representa la nueva narrativa de su país de origen. Una literatura fresca, sensual y expresiva sobre lo que sucede en una aldea cuando se desatan los sentidos.

 Por Sergio Kisielewsky

Como un libro que se eleva sobre el continente de Africa, como una bengala que se envía sobre el horizonte y genera luz y sentidos múltiples, aquí tenemos una pequeña historia, abigarrada e íntima. En una aldea la iglesia se ve invadida por un silbido. Cuando aún no se da con el silbador, hasta el templo acuden los vagabundos, viajantes y vecinos para escuchar ese sonido que a sus habitantes transporta a su propio origen (“cada uno en aquella plaza sintió que una mano invisible y silbada le entraba por la boca, le arañaba la garganta de sus almas y le revolvía las más delicadas vísceras del pasado”). Todo transcurre en una aldea, pero el escritor da batalla y con el riesgo entre manos sabe que la poesía le atraviesa la trama y no solo no la hace retroceder sino que la potencia, la vuelve extraña y fascinante a la vez.

El silbador. Ondjaki Letranómada 111 páginas

Habrá que estar atentos a las traducciones en castellano de Ondjaki, un sociólogo que nació en Luanda, Angola, en 1977, y que reside en Brasil. Fue varias veces premiado en Portugal y Africa por su obra Los de mi calle (2007), también publicó Cuántas madrugadas tiene la noche (2004) y Buen día camarada (2003), Abuela diecinueve y el secreto del soviético (2007). Si la novela gira en torno del diálogo entre el sacerdote del pueblo y KeMunuMunu, un viajante que no puede establecerse en un lugar fijo, cada persona que entra en escena tiene su propio ritmo, aporta su propio mundo a una pequeña ciudad con síntomas de cambio. Algo está por ocurrir y no estalla de una sola vez sino que avanza de a pequeños pasos y allí reside su hallazgo literario. Dissoxi es una mujer que encuentra a su amante y llega a zonas eróticas desconocidas. En medio de celebraciones religiosas y velorios, su pulsión sexual y la de gran parte del pueblo alteran la monotonía del lugar. No están en la escritura de Ondjaki los estereotipos del juego de los cuerpos sino que aparece la sensualidad en la vejez, la seducción de los trabajadores del cementerio y las coordenadas más divertidas, como la escena de amor de la mujer con la joroba que antes de pasar a la acción y desnudarse se saca su dentadura postiza. En ese contexto aparece el mar con su metáfora de cuerpos mojados e intemperie líquida, distante e inalcanzable. También está la viuda que lleva vino a la tumba de su esposo para celebrar la sed de ambos. Hay momentos de una intensidad bélica de los cuerpos.

Las ventanas no se abren ni se cierran, sólo se entornan para que entre el aire de la vida. En ese contexto, el padre de KeMunuMunu le dice: “Renuncia a la medicina, serás maquinista”. KeMunuMunu soltó una franca carcajada y le respondió: “Con todo respeto, padre, usted todavía no se dio cuenta, yo voy a ser la locomotora misma”. El escritor pone en perspectiva a la multitud que desfila en procesión, ve los catorce mil recovecos que tiene la iglesia, las catorce mil olas del lago y “las palabras que no tenían letra”. Y siempre está el árbol baobab milenario que puede alcanzar los cincuenta metros de altura y troncos de doce metros de diámetro que sonríe y le gusta que lo acaricien. La traducción de Florencia Garramuño pone en escena lo esencial de un trabajo lingüístico que tiene su matriz en todo lo que puede sugerir en el lector. Mucho se puede aprender de lugares tan distintos al Occidente que cruje.

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