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Domingo, 20 de mayo de 2012

El perro y la mariposa

Hay muchos motivos para creer que cuando el domingo pasado Mario Trejo murió, a los 86 años, se ponía fin a la leyenda del poeta indomable. A los veinte años ya ejercía un tipo de intervención que después se denominaría happenings, y en 1948 fundó junto a Edgar Bailey y Tomás Maldonado el Grupo Arte Concreto-Invención. En los años ’50 integró la elite de la vanguardia en la revista Poesía Buenos Aires y se acercaría al surrealismo junto a Aldo Pellegrini. Viajero constante, Brasil y Cuba fueron dos de los destinos donde anudó fuertes lazos artísticos y políticos. En 1964 recibió el Premio de Poesía Casa de las Américas por el volumen El uso de la palabra. Su poema “Los pájaros perdidos” se hizo conocido por la versión de Astor Piazzolla y las voces de Amelita Baltar y Susana Rinaldi. En el Di Tella subió a escena la tortura y la homosexualidad. Su ejercicio audaz y brillante del periodismo lo llevó a entrevistar a figuras como el Che Guevara, Arafat y Salvador Allende. Como guionista de cine escribió para Bertolucci y en televisión ganó un Martín Fierro. Sus amigos Guillermo Saccomanno y Oscar Smoje lo despiden. Además, la última entrevista: una serie de charlas que venía teniendo con Radar en las que explica por qué en el fondo más que un poeta era un músico de jazz.

 Por Guillermo Saccomanno

Nuestra correspondencia empezó en el 2009, después de que escribí una nota larga para este suplemento, una nota que, más tarde, por voluntad suya, fue prólogo de Los pájaros perdidos, la reedición de sus poemas de amor en el 2010. Para Mario Trejo, la palabra poética pertenecía al orden de lo sacramental y tenía más de rito, invocación y exorcismo que de oficio. La cuestión es que, una vez publicada esa nota, con Trejo empezamos a escribirnos. De entrada sus mails impusieron el estilo, entre seco, cortante, mordaz, con la rienda corta. Trexus era el nombre fantasía de su correo. Lo que hacía pensar en un héroe mitológico. Y lo era, a su modo, porque Trejo era un mito.

Su primer mail está fechado el 30 de septiembre del 2009 y dice así: “1) Pompa y circunstancia, 2) Two marvelous words, 3) Hace 15 años entro a un bar en calle Corrientes y me presentan a dos jóvenes, me sorprendió el recibimiento. Cálido y verdadero. 4) El domingo recordé al Gran Ciego: Alabar y denigrar son operaciones sentimentales que nada tienen que ver con la crítica”. En párrafo aparte, Trejo cerraba: “Continuará el número 5”.

El siguiente mail, el 1 de octubre, en efecto, empezaba con el punto 5: “5) Mi memoria es como una manía. No la puedo controlar. Nada olvido. Amo el lenguaje de los médicos, de la ciencia, las batas blancas. Ni el microbio ni la célula loca actúan a propósito. La naturaleza es una ruleta rusa. Hasta que aparece la cultura. 6) Estoy seguro de que goza conmigo el relámpago de David Oliver Selznick: There are only two kind of class: first class and no class”. Así venían los mails de Trejo. Otro, del 19 de octubre: hacía una referencia a Alberto Cousté, su breve ensayo que es prólogo a El uso de la palabra. Aquel texto había sido para Trejo como “la bofetada de Eiji Okada a Emmanuele Riva”. En ese mail, además mencionaba a Eric Rohmer y Robert Bresson.

Una digresión, en un artículo titulado “Poética de la certidumbre inquieta”, el poeta Poni Micharvegas escribió: “¿Qué pensar de un hombre que confiesa, en una mesa redonda sobre el cine de Alain Resnais, en el Aula Magna de la Facultad de Medicina de Buenos Aires, hacia comienzos de los ’60, que se había quedado dormido ante el fenómeno reflexivo que significaba Hiroshima mon amour? Dos veces. No una vez, sino dos veces Trejo cayó dormido como un tronco. Y sin resignarse a no saber el porqué, hizo un descomunal esfuerzo para ver el film en una tercera jornada: ahora Trejo pretendía averiguar en qué momento hacía ‘síntoma’. Se propuso rever esas escenas hipnóticas donde capitulaba estrepitosamente, y encontrarle algún vínculo con su propia vida hasta lograrlo”.

A propósito de la memoria, y volviendo a los mails, Trejo me escribió: “Come sei Karina vuelve desde el verano del ’76 en Sèvres. Certainment. Y aquí va una perla de Wilcock. Que supo darle su nombre a un actor de PPP, antes de irse desde su mecedora con un libro sobre el miocardio en su falda. Apareció en Sur y sólo recuerdo estos versos. Tan claros. “Y se besaban en la boca, audaces, / Junto a mis libros, junto a mi retrato,/ Celebraban su erótico contrato,/ Tal vez desnudos/ Y tal vez locuaces. En mi Museo Imaginario ese poema es ‘Koh-i-Noor’. A presto. Mario.”

La Karina que mencionaba era Anna, la compañera y actriz de Godard. En esos mails donde la asociación libre empezaba a tener una onda payada, la profusión de sus referencias al cine y al jazz apabullaban. A propósito de Hiroshima mon amour me recordó esa frase célebre que le dice Riva a Okada: “Tú no conoces el frío de Nevers”. Y como chicana le puse: “Vos no conocés la escarcha de Mataderos”. Otra vez, siempre al instante, me retrucó: “Ma nuit chez Maud avant toute chose, sauf la Belle Anna, la plus belle. Tu n’a rien vu a Berazategui. ¿Qué tal un Merlot? Quasi un homónimo. ¿Dónde estaba yo en la segunda batalla de la Marne? Sólo lo sabe Arolas. Abrazo partido. Mario”.

En febrero del 2010 sufrí una meningitis. Fui internado en una clínica de Villa Gesell, donde vivo. Después trasladado a terapia intensiva del hospital local. Días más tarde, al Hospital Interzonal de Mar del Plata, donde me salvaron la vida. En el Interzonal un pastor que recorría las camas me diagnosticó un “terrible accidente del alma”. La enfermedad me seguía imponiendo una road movie en ambulancia: fui trasladado al Hospital Alemán. Al enterarse de mi estado, Trejo me llamó. Me costó hablar: yo balbuceaba, la lengua no me respondía y la memoria, apenas: había olvidado cómo se llamaban las cosas. Cuando quería decir algo, lo que decía no era lo que yo quería. Aterrado, sentía que no me acordaba de lo que quería decir. Y cuando me acordaba, era tarde. Su tono ronco, lento, pausado, de tabaco y whisky buscaba alentarme. Lo que más me jodía era tener en la línea al poeta admirado, el maestro de “el uso de la palabra”, y no conseguir articular una puta sola palabra. Procuré disculparme. Mi mujer agarró el teléfono y le explicó mi estado. Yo apenas podía hablar. Trejo no dejó de llamar en esos días. Y también después. Cuando volví a Villa Gesell, nos escribimos nuevamente. Despacio, yo recuperé el habla y también el tipeo, ahora menos vacilante. Además de los mails, con Trejo solíamos conversar por teléfono. Y la larga distancia se volvía tan corta. En esas conversaciones Trejo me enseñaba no sólo otra vez a hablar. También me ayudaba a recobrar, en los silencios que mechaba, “el uso de la palabra”. Sugestión, me digo. Pero esto lo pienso ahora. Entonces no importaba.

Quedábamos siempre en encontrarnos, me acuerdo. Y también en juntarnos con Noé Jitrik, gran amigo suyo, que había sido profesor mío en los ’70. No sólo nunca llegamos a juntarnos. Nunca llegué a conocerlo a Trejo personalmente. Pero siempre estuvo, está, estará ahí. Confirmé esta certeza ayer.

Ayer, como todas las mañanas, salí a caminar por la playa desierta con mi ovejero. De pronto el perro se lanzó tras una mariposa. La mariposa aleteaba provocándolo. El perro la perseguía y le ladraba. Un golpe de viento se llevó la mariposa. Y el perro quedó con la lengua afuera, jadeando. Después, sin resignarse, ladró una vez más. Tuve una intuición. Trejo estaba allí. Y no hacía ninguna falta que explicara qué es la poesía.


Por Oscar Smoje

No recuerdo si lo conocí en Buenos Aires o en Europa, pero a partir de entonces compartimos muchas madrugadas de café humeante y pan con manteca, tardes de verano en Villa Gesell y cierres de última hora en redacciones periodísticas. Exquisito gourmet, caballero de pura cepa, periodista, poeta, dramaturgo, amigo.

Mario Trejo era un tipo que, sin pretender ser un didacta, transmitía sus saberes sin subirse al púlpito a pontificar sobre el arte y la vida. De esos saberes que mixturaban arte y buen vivir, los contenidos en los primeros trazos de Apuntes para una crítica de la razón poética me marcaron y de alguna manera sigo evocando:

Digamos, por ejemplo:
por un punto dado fuera de la luna
sólo podrá trazarse a dicha luna
una perpendicular y sólo una.

O también:

llámase barroco a todo aquel
para quien la distancia menor
entre dos puntos
es la curva.
Despido al poeta amigo con sus palabras:
La soledad se hizo añicos
La poesía palabras

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