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Domingo, 29 de julio de 2012

Desayuno en Sotheby’s

Detrás del humorista, actor, comediante, director y guionista, hay otro Steve Martin que practica dos pasiones tan sentidas y afiladas como su faceta más pública: las de coleccionista de arte y de escritor. Su nueva novela –Un objeto de belleza, la tercera– reúne ambas en una aguda disección del mundo del arte neoyorquino, los museos, las subastas y la jerga absurda con que se justifican negocios, galerías y millones, con una protagonista adorable que funciona como guía, víctima y victimaria en esa jungla tan bien decorada.

 Por Rodrigo Fresán

A buena parte de los comediantes norteamericanos –pensar en Jerry Lewis, Chevy Chase, Robin Williams, Eddie Murphy, Jim Carrey, Adam Sandler y el “soy gordito ergo soy gracioso” de turno, por citar apenas unos pocos nombres– se los ama o se los odia. Por lo general –confesémoslo sin demasiado interrogatorio previo– se los odia. Pero existen atendibles excepciones: Buster Keaton, los Marx, los Tres Chiflados, Woody Allen, Billy Crystal, Andy Kaufman, Bill Murray... Y Steve Martin –traje blanco y cabello blanco y “excuuuuuuuuuse me”– al que, de acuerdo, muchos no pueden ni ver. No es mi caso. Lo admiro desde siempre y, muy especialmente, disfruto de su faceta de escritor que lo ha llevado a firmar grandes guiones (Roxanne, L. A. Story, Bowfinger), admirables obras de teatro (Picasso at the Lapin Agile), elegantes piezas cortas para The New Yorker, una sentida y reveladora memoir de su aprendizaje como monologuista en directo (Born Standing Up) y un par de muy apreciables novelas como Shopgirl y El placer de mi compañía.

Y otros detalles pertinentes a la hora de fechar su estilo, técnica, cotización y firma: Stephen Glenn “Steve” Martin (Waco, Texas, 1945) es ex empleado de Disneyland, mago, compositor y cantante del freak-hit “King Tut”, comediante, actor dramático, guionista y productor y director de cine, coleccionista de arte, novelista, autor de libros infantiles y de una inminente recopilación de sus tweets, eximio intérprete y compositor para el banjo (su álbum The Crow ganó un Grammy en el 2009), conductor en dos ocasiones de la ceremonia de los Oscar, eterno rival de Alec Baldwin a la hora del quién ha sido más veces host de Saturday Night Live, y popularizador de ese gesto de marcar las comillas en el aire con dos dedos de cada mano.

Más: en el 2006, Steve Martin –reputado coleccionista de arte moderno Made in USA– remató en Sotheby’s Hotel Window, un cuadro de Edward Hopper de su colección por la entonces cifra record para este artista de 26.800.000 dólares. Hace tiempo que Martin no compra. El mercado se ha puesto muy caro incluso para él, dice.

Por eso y de ahí, tal vez, la tan deliciosa como ácida comedia de (malas) costumbres Un objeto de belleza, donde Martin pinta mejor que nunca. Y, satírico pero radiográfico y didáctico, lo que retrata el muy connoisseur Martin en sus páginas (adornadas con reproducciones de los lienzos que allí se discuten) es el modo y estilo con el que, a lo largo y ancho de los últimos veinte años, la ambiciosa y trepadora e inescrupulosa y, sí, bella art dealer Lacey Yeager va exhibiéndose y exponiéndose por las paredes del mundillo neoyorquino del tráfico y comercio de obras maestras y no tanto. ¿Cómo es Lacey? Así: “Lacey tenía un sentido extraordinario de cuál era su lugar: de quién estaba por encima de ella y quién le quedaba por debajo. Sin embargo, no consideraba a nadie su igual”.

Un objeto de belleza. Steve Martin Mondadori 308 páginas

Así, en Un objeto de belleza hay pactos, hay traiciones, hay sexo, hay desnudos, hay SoHo y hay Madison Avenue, hay 11 de Septiembre y crash bursátil, hay “Marilyn” de Warhol y “El jaleo” de Sargent... Y así, Un objeto de belleza –que también podría llamarse Desayuno en Sotheby’s o Rojo y negro y todos los demás colores, iluminando un oscuro paisaje de comerciantes por amor al arte y, también, al dinero– es fácil de colgar a la altura de otras crónicas de la ambición en Manhattan firmadas por Edith Wharton, Francis Scott Fitzgerald, Truman Capote, Tom Wolfe, Jay McInerney, Bret Easton Ellis y el Michael Cunningham de la reciente y también museística Cuando cae la noche.

Apreciada y criticada de cerca por Daniel Chester French Frank –obsesionado amigo a seducir y explotar, y ambigua y cómplice voz narradora que aquí funciona como el Nick Carraway de El gran Gatsby– Lacey sube muy arriba y cae desde muy alto pero, como corresponde a las de su raza, la misma raza de Undine Spragg y Holly Golightly, Lacey cae siempre más o menos parada, mientras las Bridget Jones sollozan por los rincones de galerías y pinacotecas canapé en mano.

Y a los responsables de Sotheby’s no les causó mucha gracia que uno de los puntos de mayor interés de Un objeto de belleza pasara por un fraude cometido en sus instalaciones, maniobra que Martin explica en detalle con pericia y bisturí radiográfico de C.S.I. pictórico. Y digámoslo, sabe de lo que habla y escribe: en el 2004 a Martin le vendieron un Campendok falso, del que se desprendió rápidamente, claro.

Pero para Martin el mayor delito es la tontería, la pose de malos modelos no en el estudio de maestros del pincel sino en las pasarelas del inmundo mundillo artístico. “Para que quede claro: amo el mundo del arte. Me gusta todo de él menos, como se ve en la novela, la jerga del arte. Esa suerte de dialecto esotérico e incomprensible. Probablemente sea de lo que más me río y más ataco en mi novela”, Steve Martin en una entrevista reciente.

Lo que no quita que, de tanto en tanto, entre tanto espejismo colgado se acceda a un oasis de genio y contemplación. En un momento de Un objeto de belleza, Lacey va en tren a Washington y se pone a conversar con su compañero de asiento. Lacey no descubre quién es ese hombre sabio hasta meses más tarde, cuando encuentra su fotografía en un periódico. El viajero no era otro que el escritor John Updike –responsable de páginas magníficas sobre lienzos y esculturas y dibujos, recopiladas en los libros Just Looking y Still Looking; traducirlos, por favor–, quien, entre una estación y otra, le explica a Lacey que “a mí me parece lo siguiente. Los cuadros son darwinianos. Van hacia el dinero por la misma razón que los sapos evolucionaron hasta tener visión estereoscópica. Supervivencia. Si las obras maestras no fueran codiciadas, se pudrirían en sótanos, entre montones de basura. Por tanto, se las arreglan para hacerse necesarias para nosotros”.

Pues eso y de ahí esta novela.

Hagan sus ofertas.

¿Quién da más?

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