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Domingo, 5 de agosto de 2012

Blanco y negro

Con veinte millones de espectadores, la película Amigos intocables es la más vista en la historia del cine francés; el jueves pasado se estrenó en la Argentina. ¿A qué se debe el fenómeno? Para empezar a desmenuzarlo, acaba de publicarse Intocable, el best seller del millonario Philippe Pozzo di Borgo, tetrapléjico tras un accidente, que mezcla literatura de la enfermedad con comedia de la diferencia, introducida por la relación con su enfermero y amigo, Abdel, un inmigrante senegalés. Libro y película terminaron metiéndose en el debate nacional francés sobre el racismo: ¿una historia tranquilizadora y condescendiente o un sincero relato sobre la posible, y aún lejana, integración?

 Por Juan Pablo Bertazza

En agosto de 2010, el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial de la ONU llamó la atención al gobierno francés, en ese entonces comandado por Nicolas Sarkozy, por las múltiples decisiones políticas que habían exacerbado cono nunca la discriminación y la xenofobia en ese país. Entre esas políticas se contaba la decisión de Nicolas Sarkozy de desmantelar 300 asentamientos “nómades” (conformados especialmente por gitanos y extranjeros) ubicados en zonas céntricas del país. Con el objetivo de proteger el derecho a la seguridad, la idea era enviar a sus naciones a todos los inmigrantes que venían de República Checa, Bulgaria y en mayor medida de Rumania y Hungría. Por supuesto, el racismo contra los árabes tampoco estuvo ausente en el gobierno de Sarkozy: también en 2010, la Asamblea Nacional Francesa había aprobado en un primer debate un proyecto de ley que prohibía el uso de la burka en cualquier espacio público, imponiendo una multa de 150 euros a quien no obedeciera la orden. Claro, como si esto fuera poco, poco antes había tenido lugar el “Gran debate sobre identidad nacional”, que durante tres meses recopiló reflexiones de los ciudadanos sobre el significado de ser francés, una iniciativa que buscaba cultivar el orgullo de haber nacido en Francia en un tiempo en el que diferentes culturas permanecían en su territorio. Ahora, una de las preguntas más interesantes luego del advenimiento del socialismo a Francia tiene que ver, precisamente, con los cambios que esto puede significar con respecto al racismo. Este jueves se estrenó Amigos intocables, película basada a la vez en un libro que fue un extraño best seller mundial, Intocables, de Philippe Pozzo di Borgo, quien, entre otras cosas, fue director de la casa Champagne Pommery: millonario, inteligente, enamorado y correspondido por su hermosa mujer Beatrice, hijo de dos familias aristócratas de larga data en Francia, parecía que su felicidad era un trámite. Pero las desgracias no tardaron en llegar y, por supuesto, no vinieron solas: la pareja perdió cinco embarazos consecutivos, lo cual obligó a una serie de visitas al médico. Como consecuencia, le encontraron a su mujer un cáncer muy grave y avanzado. Tres años después, en 1993, Philippe sufrió un accidente mientras practicaba vuelo en parapente y quedó tetrapléjico.

Intocable. Philippe Pozzo di Borgo Emecé 225 páginas

La película está basada en un libro que Pozzo di Borgo escribió para contar semejante experiencia y no morir en el intento. Se llamó El segundo aliento, se publicó originalmente en 2001, y ahí el autor daba cuenta de su tragedia, el regreso a la vida y, sobre todo, el amor después del amor, además de dedicar un pequeño capítulo a su auxiliante médico que era una especie de contracara absoluta de sí mismo: Abdel, un senegalés pobre, canalla, medio ladrón y con serios problemas con la ley. Si todo best seller tiene un contenido imprevisible que lo vuelve un éxito, el de este caso fue, sin lugar a dudas, ese capítulo tan extraño como emotivo que se fue comiendo, poco a poco, el resto del libro. La prueba es que un año después, Philippe y Abdel fueron entrevistados en Vida privada, vida pública, el programa de Mireille Dumas, popular conductora de TV francesa, una especie de Susana Giménez, aunque con la diferencia no menor de que publicó un libro sobre un crimen pasional que fue considerado seriamente por la crítica de su país y se destacó, además, como una productora todoterreno. De hecho, luego de esa entrevista produjo un documental sobre los dos hombres que salió en 2003 y se llamó A la vida y a la muerte, título muy pertinente para la modalidad usada por Philippe para contar tanto su calvario como el regreso a la luz: sin golpes bajos, pero tampoco sin optimismo edulcorado. Como al documental también le fue bien, llegó la película que se estrenó en 2011 y que cuenta con la actuación descollante de François Cluzet (lo llaman el “Dustin Hoffman francés y no sólo por su parecido físico”) en el rol de Philippe. Por último, con motivo del éxito de la película, el autor decidió reeditar su libro que, tal como aparece ahora en español, fue publicado con una especie de bonus track, El demonio guardián, otro libro que, en este caso, estaba casi absolutamente dedicado a su amigo Abdel.

Hay algo de la literatura de la salud en Intocable, cuyos máximos exponentes son Irvin Yalom y Oliver Sacks; también hay un tono simple y confesional que nos recuerda que se trata de un best seller, pero también hay algo extraño en la manera que está contada esa amistad, algo que parece remitir al problema del racismo en Francia: cuando Abdel llega al palacio donde vive Philippe, no busca quedar contratado sino más bien no obtener el trabajo para lograr que ése sea su tercer intento de conseguir empleo y, por lo tanto, esté en condiciones de recibir un subsidio. Philippe no sólo le da el empleo sino que lo aloja en su propia casa, en una habitación de lujo que deslumbra a Abdel. A cambio, el francés experimenta, gracias a él, un regreso a la vida: sus artimañas para engañar a la policía cuando los detienen por exceso de velocidad (fingiendo un ataque terminal), los porros compartidos entre tanto medicamento infructuoso y la vitalidad del extraño y marginal ayudante, hacen de Abdel el mejor médico posible; pero, al mismo tiempo, conocer a Philippe significa para Abdel el sentido de la pertenencia, la posibilidad concreta del cambio y hasta un vínculo inesperado con el arte. Philippe describe a su amigo Abdel de una manera letal: “Es insoportable, vanidoso, orgulloso, brutal, inconstante, humano. Sin él, me habría muerto de descomposición. Abdel me ha cuidado ininterrumpidamente como si yo fuera un recién nacido. Atento a la menor señal, presente durante todas mis ausencias, me liberó cuando estuve prisionero y me protegió cuando estaba débil. Me hizo reír cuando yo flaqueaba. Es mi demonio de la guarda”.

Esa conveniencia –que, es verdad, está contada sin golpes bajos ni optimismos edulcorados– da cuenta de que la convivencia entre dos mundos opuestos no sólo es posible sino gratificante. Y eso ofrece mucha calma.

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