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Domingo, 5 de agosto de 2012

El escritor más antiguo del mundo

Pablo Ramos viene construyendo una obra estrictamente personal alrededor de la figura de Gabriel Reyes, un alter ego excluyente. Su nuevo libro de cuentos, El camino de la luna, no es la excepción. En esta entrevista, Ramos explica el porqué de su angustia y su obsesión con los viejos grandes temas, como Dios y la salvación.

 Por Mariana Enriquez

Pablo Ramos dice que, para escribir, tiene que tener todos sus libros sobre la mesa. Para consultarlos, para orientarse, incluso para no repetirse: desde su primera colección de cuentos, Cuando lo peor haya pasado (2005), hasta sus tres novelas, La ley de la ferocidad (2007), El origen de la tristeza (2004) y En cinco minutos levántate María (2010), e incluso la novela para jóvenes El sueño de los murciélagos (2009). “Está todo conectado”, dice. Y ese hilo conductor es Gabriel, el protagonista de casi todo, el personaje que también domina su nuevo libro de cuentos, El camino de la luna; su alter ego, su otro nombre, su portal hacia la ficción, el que hace surgir ese mundo que nace en el viaducto de Sarandí y crece hasta confundir escritura y vida.

El libro empieza con una cita de Clarice Lispector que es una declaración de principios. “Tendré que crear sobre la vida. Y sin mentir...” ¿Por qué una apuesta tan fuerte por lo autorreferencial?

–Cuando escribo un texto, ese texto es lo que yo hice o lo que yo soy. Estoy muy obsesionado con la escritura, pensando qué busco con el lenguaje. Tengo necesidad de entender lo que soy: en este momento, Gabriel está más cerca que nunca de mí. Pero Gabriel es escritura y Pablo no. El personaje es Gabriel, necesito a Gabriel. Es un lugar sagrado, secreto: mi puerta de entrada a la realidad de la literatura. Mi realidad tiene salida sólo hacia la escritura, hacia adentro. Por eso la busco desesperadamente: busco algo que me salve. Yo escribo una literatura super grandilocuente, soy el escritor más antiguo del mundo, me pueden acusar de anacrónico: me preocupan Dios, el alma, la salvación. De eso escribo.

Pero en varios cuentos aparece cierta nostalgia por la levedad. En “Nadar en lo profundo”, por ejemplo, Gabriel, de chico, en unas vacaciones, quisiera juntar almejas, “que no tienen ninguna necesidad de nadar en lo profundo”.

–Es así. Siento esa nostalgia, pero no entiendo una literatura que no sea honda. Yo no calculo los pasos que doy. ¿Cómo sería esta necesidad de algo más leve, más superficial? No sólo en la escritura, en la vida, en las canciones, en las relaciones. Sé que consumo y me consumo energéticamente y eso no me hace feliz.

La insatisfacción aparece como un homenaje a John Cheever: el protagonista de “La fría oscuridad del universo” está leyendo “Adiós hermano mío”.

–Para mi Cheever es importantísimo. Y creo que, en ese cuento, el hermano es él. El quiere darse un palo en la cabeza para poder ver la belleza. En ese cuento, a Gabriel le pasa lo mismo: está en el paraíso y sólo ve basura. Cheever también sólo era capaz de salir de su angustia escribiendo.

¿Los cuentos son recientes o es una colección de distintas épocas?

–El más viejo es “En el umbral”, un cuento sobre un viejo que pierde la memoria –que es Gabriel, ésa es mi peor pesadilla: no recordar y estar a merced de los demás–. Estaba escrito hacia 2005, con mi primer libro de cuentos, pero recién tuvo sentido incluirlo en este libro, El camino de la luna era su lugar. Y el más nuevo es “Montañas de azúcar y ríos de miel”, que terminé un mes antes de la salida del libro: es un cuento sobre abuso, pero también es un cuento sobre la imposibilidad de perdón. Todos los demás cuentos tienen en común cierto momento luminoso, cierta redención o belleza, también a la manera de Cheever. Este no lo tiene.

¿Qué une a los cuentos para que formen un libro?

–Es un libro de homenajes y pago de deudas. Y también son cuentos donde encuentro verdades. En “Nadar en lo profundo” es la primera vez que digo la verdad sobre mi padre, cuando me doy cuenta de que ese hombre capaz de solucionar todo sin embargo hacía todo mal, y fracasaba, cuando estaba con su familia. Siento que fui injusto con él en La ley de la ferocidad, pero bueno: encontré esta verdad escribiendo, mucho después. Qué pobre es la realidad. Por eso escribo realismo. Porque el realismo no es ninguna realidad: es puertas y más puertas que se abren hacia la verdad de la literatura.

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Imagen: Xavier Martin
 
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