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Domingo, 14 de octubre de 2012

Historias privadas de tranquilidad

Autora de varios libros de cuentos y novelas, Sonia Catela se ha especializado en indagar en los pliegues de las relaciones de poder: la violencia que se ejerce contra diversas clases de oprimidos, de marginados, de desplazados. En Malos pensamientos, libro de relatos breves merecedor del Premio del Fondo Nacional de las Artes, la autora ahonda en estas temáticas y expone un abanico tan amplio de tramas como preciso en su apuesta estética.

 Por Susana Cella

El último libro de Sonia Catela, galardonado por el Fondo Nacional de las Artes, reafirma una sostenida obra narrativa que ha logrado varios premios. Nacida en Rosario y residente en Ceres (Santa Fe), ha publicado novelas entre las que se cuentan Las manzanas del paraíso, Concepción todo estupor, Miércoles de tinieblas y naufragios, Historia privada de Vogelius, Estado de seducción, y volúmenes de cuentos como Los soles perdidos, La maceta de la planta venenosa, a los que ahora se suma Malos pensamientos. Aunque también trabaja en periodismo y en favor de los derechos humanos, ha hecho de la literatura el centro de su actividad, apostando al poder de la palabra para indagar verdades y revelar motivos, sentimientos y razones que inducen acciones, sobre todo aquellas en donde se manifiesta la crueldad, ejercida o padecida. Indudablemente marcada por la represión (fue detenida en 1976), su escritura es un constante ejercicio en busca de mostrar, de manera rotunda, lejos de lugares comunes, la trama de vínculos familiares y sociales traspasados por la violencia, siempre presente, explícita o no.

De ahí la constante tensión de esta prosa, testimonio de una fuerte negativa a toda conciliación, porque aunque algún relato se aproxime a cierto equilibrio final, la marca del daño es imborrable. Contra todo efecto tranquilizador, estos textos se hunden en los conflictos y como conflictos quedan, sin atenuantes.

En las tres partes de Los malos pensamientos (“Mareos en tierra firme”, “Diarios” y “5 p.m. electroshocks”), las historias van desmigándose imprevisibles en una expresión áspera y certera, cada narración irrumpe de golpe, en general contadas en primera persona. Con pocas, pero efectivas, palabras, se plantea una situación que en principio no se percibe claramente, de ahí cierto suspenso ante algo enigmático sólo develado en parte en la prosecución del relato, cuyo final carece de toda espectacularidad, más bien se emplaza fijo, como una repetición inquietante o como un punto de viraje: “Aviso de mi renuncia a toda parcela de su patrimonio, a llevar su apellido, a sentarme en su mesa. Firmo. Me dirijo hacia la salida del edificio. Creo haberla hallado. Salida, sí”, dice la voz femenina (en la mayoría de los relatos es una narradora) que, en un muy particular y hasta inverso caso de ocultamiento de identidad, llega a saber que es la hija de un genocida, nombrado indicialmente como Jorge Rafael V. El espanto está aquí soterrado en una especie de crónica opaca disonante con el firme desenlace que se significa en la palabra “salida”.

Malos pensamientos. Sonia Catela Del dragón 174 páginas

El develamiento de secretos referidos a la dictadura retorna en cuentos como “Material corrosivo”, o bien hay referencia a otros crímenes: el pogrom en Buenos Aires de 1919, los fusilamientos de 1956, el exterminio nazi (“Ser Roijman”), o importantes acontecimientos políticos (“Diario de un viaje”), en tanto la historia es permanentemente invocada en favor de la memoria, contra silencios que pueden adquirir un grado extremo en el no querer saber (“Cartas polacas”).

Fruto de una búsqueda afinada que da como resultado una contundente enunciación, cada uno de esos relatos se presenta de un modo específico, no se reiteran los procedimientos, y así, en contraposición con tal variedad, sobresale la permanencia de los asesinatos o abusos y los efectos sobre los que en grados variables son víctimas.

Si contar el horror siempre es un desafío, por el peligro de caer en la mera descripción o detalle morboso que bien puede disminuir la posible aproximación a expresar algo de eso indecible, el mérito de estos relatos es aludirlo, darlo a entender en breves referencias, en pocas palabras condensadas, cargadas de sentido.

Aparecen asimismo las prohibiciones teñidas a veces de matices religiosos o de una moral opresora e hipócrita, asociada a lo político, que avanza sobre la sexualidad. El padecimiento, la impotencia, la venganza y el engaño se concretan por el tono exacto de quienes cuentan, de modo que en las formas que asume la omnipresente rigidez, caben también el cinismo y los temores (“Mecanismos de carne”, “Sade, mi pariente”). Entre la perplejidad, la indiferencia, la ferocidad, la decisión, cierta risa amarga o burlona, los relatos surcan distintos tipos de relaciones humanas, donde el poder y el sometimiento pueden verificarse en una tienda, una escuela, una ciudad, casas, lugares de veraneo. El explotado, el desengañado, el desobediente, se enlazan con los que aparecen con mayor o menor énfasis como causa eficiente del perjuicio: los que se aprovechan, abandonan, engañan o controlan.

La prosa ríspida y cortante se adensa con las asociaciones de términos que producen cierto extrañamiento no exento de metaforizaciones (“por la misma fisura que se llevó a alguien que pudo llamarse Valentina, cabe que se deslicen personas, afectos, ellos, los otros, tus queridos, lo único que verdaderamente te anuda a la cifra que el almanaque señala como el día de hoy”, puede leerse en “Insomnio”).

La carne, la herida, la revulsión, son presencias habituales en cada ramalazo de vida y sobrevida como escenario de los relatos. En suspensión, los episodios y sus actores, marcados por lo singular y a la vez afectados todos por las imposiciones del orden, ahondan la pregunta sobre qué y cómo se vive y se ha vivido. En las historias breves queda expuesto el espeso y amplio transfondo donde lo declarativo no tiene, afortunadamente, lugar, sino que prevalece lo que es laceración y huella grabada e inscripta.

Los relatos de Sonia Catela exhiben una poética precisa. Por las combinatorias que realiza, por el ritmo, porque establece un modo de narración que desmitifica y denuncia en la pura intemperie.

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