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Domingo, 17 de febrero de 2013

Hacerse adulto

El desembarco de J. K. Rowling en la novela para adultos no podía sino convertirse en un acontecimiento de imprevisibles consecuencias. ¿Cómo salir de la zona de influencia de Harry Potter sin morir en el intento? Y sin embargo, Rowling se las arregló bastante bien para homenajear a la novela victoriana y, de la mano de Dickens, plantear otro universo posible para sí misma. Las traiciones que los adolescentes deben hacer en camino a la adultez no dejan de ser, consecuentemente, el gran tema de Una vacante imprevista.

 Por Ariadna Castellarnau

No debe haber profesional más vituperado por sus colegas que el escritor que gana plata. Y no hablamos solamente de la oportunidad de pagar los impuestos sino de plata grande: adelantos millonarios, tiradas de más de cien mil ejemplares y uno de los primeros puestos en Forbes como personaje más influyente del año. En este último caso, no cabe duda de que más de la mitad de críticos, lectores y colegas de profesión se cruzarán de brazos y se sentarán a esperar el fracaso de la estrella rutilante para poder decir, llegado el momento, que ellos estaban en lo cierto: que nada puede ser tan bueno. De muchas de las críticas que ha cosechado alrededor del mundo la última novela de J. K. Rowling, Una vacante imprevista, se desprenden dos conclusiones: pocos aceptan que la autora haya abandonado el universo de Harry Potter y que se esperaba mucho, muchísimo más de esta incursión de la autora en la literatura para adultos. Las expectativas son como el rencor, se tejen en la casi total ignorancia de su destinatario, hasta que le estallan en la cara. Tal vez consciente de esto mismo, la propia Rowling declaraba en una entrevista realizada en octubre del año pasado para El País de España: “Estoy segura de que nunca volveré a tener un éxito como Harry Potter en toda mi vida, por muchos libros que escriba y por buenos o malos que sean”.

La creación literaria no entiende la lógica del progreso; si alguien escribe una novela que resulta ser un éxito sin precedentes, lo siguiente que produzca no debe ser obligatoriamente mejor. La belleza, la bondad y el éxito de un producto artístico dependen de circunstancias bastante aleatorias, como debe saber la propia Rowling muy bien. De no ser así, no se habría atrevido a teclear nunca más una palabra después de Harry Potter. Así las cosas, el único camino para abordar una novela como Una vacante imprevista es juzgarla según su propio valor, sus torpezas y sus hallazgos y despejar de entrada el asunto: no, esta novela no va de magia y, sí, es la novela de una multimillonaria.

La novela empieza con la muerte repentina de Barry Fairbrother, miembro del concejo parroquial de Pagford, un idílico pueblo ficticio del sudoeste de Inglaterra. La noticia del fallecimiento supone un punto de inflexión en la vida de los habitantes, que se ensarzan en una batalla para ver quién ocupa la vacante que ha quedado en el concejo para tomar el control sobre ciertas decisiones que tienen que ver con el destino del pueblo.

Una vacante imprevista. J. K. Rowling Salamandra 608 páginas

Una vacante imprevista plasma un puntilloso realismo descriptivo, un complejo mosaico social y una burla a esa felicidad burguesa que impugnaría Balzac. De hecho la Rowling de Una vacante imprevista tiene mucho de Balzac. El pequeño pueblo de Pagford recuerda a la pensión de la señora Vauquer, en Papá Goriot. Ambos lugares son regidos por el recelo y la desconfianza y padecen esa estrechez de casa de muñecas, donde cada cosa tiene que estar en su sitio, de un modo artificial, como los objetos que se exhiben en una vidriera. Finalmente es, por encima de cualquier otra cosa, un homenaje a la novela victoriana. Rowling recupera el sustrato principal de las novelas de Charles Dickens, Emily Brontë, Thomas Hardy: la relación entre el yo y las presiones de las poderosas ideologías del capitalismo, pero también el compromiso social y político. La petulancia autoritaria de la clase media, su orgullo desmedido, su cinismo enlatado están reflejados en las páginas de Una vacante imprevista casi con la misma vehemencia con que Dickens –especialmente en Oliver Twist y David Copperfield– propinaba una bofetada al Londres encharcado de clase burguesa.

¿Significa esto un viraje tan inesperado? ¿Quiere convertirse Rowling en la voz de la buena conciencia ahora que es rica y goza de un lugar de privilegio? Hay que admitir que la sátira contra la clase media está ya en Harry Potter encarnada en los Muggles y su chato sentido común.

Y sin embargo, la rabia de Rowling no se cristaliza ni en el pueblo ni en las conspiraciones de sus habitantes, sino en la relación de los adultos con los adolescentes. Los personajes adolescentes son los verdaderos protagonistas de la novela y aquí, una vez más, hay que recurrir al tópico dickensiano del niño solo y desamparado, arrojado a una sociedad que no se digna a escucharlo, ni desea admitir su pertenencia. Tal vez Una vacante imprevista incurra en cierto maniqueísmo a la hora de plantear el binomio entre adultos y jóvenes. También es cierto que hay un exceso de sentimentalismo en el desenlace, que la muerte como mensaje moral puede incomodar a un lector acostumbrado a ciertos códigos narrativos más actuales y, por qué no, también más escépticos.

Y aun así, en eso que parece ser una conclusión moralista en toda regla, hay algo que no termina de cerrar del todo. Una idea, un presentimiento que no alcanza a adquirir suficiente relieve y que sin embargo es lo mejor de la novela: la adolescencia no es solamente el lugar de la resistencia, sino que también es ese momento de la vida en que empiezan a fraguarse las primeras traiciones hacia uno mismo en pos del adulto en formación. Este fatalismo velado, encarnado en algunos de los personajes adolescentes cuyo arco narrativo termina diluyéndose en una resolución algo ambigua (véase Andrew Price, el amigo del inolvidable Fats) es el punto fuerte de Una vacante imprevista. La amargura de convertirse en adulto. La dificultad de ser adulto. La obligación de ser adulto. Un pequeño y tímido grito de rebeldía. Tal vez hasta a Joanne “Jo” Rowling le pese ser quien es.

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