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Domingo, 17 de febrero de 2013

La única salida

¿Cómo dejar Latinoamérica tras la promesa de una vida mejor? ¿Cuál es el límite entre la ilusión y la renuncia? ¿Sobre qué delgada línea se mueven las aspiraciones de la clase media? Nacida en Cartagena y radicada en Buenos Aires hace unos años, Margarita García Robayo afina la conciencia del extranjero para explorar en la breve novela Hasta que pase un huracán, esas ansias de la clase media latina por salir siempre hacia arriba: Estados Unidos.

 Por Ana Fornaro

A los veinticinco años, Margarita García Robayo tomó dos decisiones importantes: mudarse a Buenos Aires y ser escritora. En su Cartagena natal —donde se recibió de periodista y abogada— era coordinadora de proyectos en la Fundación García Márquez, había escrito de cine y publicado crónicas en la revista Soho. Aunque su trabajo la llevaba a desplazarse por toda Latinoamérica, la idea de instalarse afuera se le había enquistado. Primero México, luego Barcelona por un rato, hasta llegar a la capital porteña, donde se había jurado vivir algún día. Y se puso manos a la obra. Estudió en el taller de Liliana Heker y colaboró en medios periodísticos y blogs. Hoy es la directora ejecutiva de la Fundación Tomás Eloy Martínez, tiene tres libros de relatos publicados: Hay cosas que una no puede hacer descalza (2009), Las personas normales son muy raras (2010) y Orquídeas (2012). Su escritura intimista, depurada y precisa, tiene la calma que precede a la tormenta; todo puede pasar, todo está a punto de estallar. En su último libro, la nouvelle Hasta que pase un huracán, García Robayo vuelve a su Caribe para contar el desencanto de los que aspiran al american dream.

La protagonista de tu nuevo libro quiere salir de cualquier forma de su ciudad, se queja de que su familia no tiene autoconciencia, de que están hundidos en esa tierra, en su mediocridad. ¿Irse es sinónimo de éxito?

—En Colombia hay un dicho muy conocido y muy loco que retrata bastante bien a la sociedad: “Los pobres quieren ser mexicanos, la clase media quiere ser gringa y los ricos, europeos”. Si bien Cartagena sigue siendo muy genuina en varios aspectos, la cultura colombiana está muy agringada, la gente tiene el fantasma de Estados Unidos. Pero la idea de éxito no sólo está asociada al prestigio. Muchas veces es económica. Por ahí se van a lavar platos al Norte, pero vuelven con dólares y eso ya es percibido como un éxito. Incluso desde la presidencia de la república se creó una plataforma que se llama “Marca Colombia”, que quiere instalar al país en el mundo nombrando personas supuestamente exitosas que viven en el exterior. Es como si toda la legitimación viniera desde el afuera.

Hasta que pase un huracán tiene dimensión política muy fuerte sin estar explicitada. ¿La pensaste como política?

—Sí, totalmente. Esta novelita la escribí cuando fui a Colombia para el casamiento de mi hermano. Fue un invierno horroroso y mucha gente había perdido sus casas por las lluvias. Pero mi entorno estaba absorto en la excitación y los nervios del casamiento. Y entre tanto el país se caía a pedazos. Y entonces, al ver que no podía dialogar con nadie sobre lo que realmente estaba pasando, me puse a escribir de manera furiosa. Me senté entre ese caos de gente y la escribí de un tirón, en una laptop chiquita, que ni siquiera era mía. Fue muy catártico y ahora lo veo como una especie de intervención. Y el año que viene sale el que, creo, será mi libro más político. Es una novela más larga, que me ha llevado tiempo, y donde la protagonista se desarrolla junto a momentos clave de la política colombiana. Pero aparecen de fondo, como si estuvieran al pie de página.

Nombraste a Junot Díaz como un escritor del que sentís cerca. ¿Te identificás con alguno más?

—Leer a Junot Díaz para mí fue como un antes y un después. No porque yo quiera escribir como él, pero porque me pareció muy revelador que alguien recontra caribeño, aunque viva en Estados Unidos y escriba en inglés, pueda tener una mirada tan distinta, tan fresca sobre lo que pasó en el Caribe, sacándose de encima el peso de Cabrera Infante o García Márquez. No sé si me identifico con autores, pero sé lo que prefiero. Estoy fascinada con algunos mexicanos como Valeria Luiselli, José Emilio Pacheco o Guadalupe Nettel. Ese tipo de literatura me interesa. Una escritura más sobre lo pequeño, pero sin ser minimalista. Algo breve, profundo y denso.

La brevedad significativa es algo que sucede en tus textos. Pienso en Las personas normales son muy raras.

—Me gustó mucho escribir los relatitos de Crítica reunidos en ese libro, porque tienen un registro amplio. No tienen un género específico. Son textos breves y nómades, aunque estén situados en Buenos Aires. El desplazamiento es un punto que me interesa, donde me siento cómoda. Bueno, de alguna manera es como he vivido. Y en ese sentido fue como un camino que hice hasta esta nouvelle. Soy extranjera, vivo acá, veo y cuento a partir de cosas que conozco. En mi caso se aplica mucho la frase de Hebe Uhart: “Toda escritura es un ejercicio de memoria”. Cada cosa que escribo son imágenes que tengo guardadas, pedazos de relatos que escuché. Y me doy cuenta de que parten de algo que he hecho toda mi vida: observar.

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