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Domingo, 3 de marzo de 2013

Un Trevor de cuatro hojas

Con catorce novelas, veinte colecciones de relatos e incursiones en otros géneros e incluso en la no-ficción, el irlandés William Trevor es considerado uno de los mejores cuentistas vivos y es nominado habitual al Booker Prize (la última vez, en 2009, por su excepcional novela Verano y Amor) y un nombre que suele rondar el Nobel. Sin embargo, su exitosa trayectoria apenas se conoce en castellano. La colección de cuentos Una relación perfecta es una buena puerta de entrada al universo Trevor con relatos que comparten los tópicos y personajes habituales del autor: parejas disfuncionales, mujeres de mediana edad solitarias, niños desconectados de su ambiente, viejos que padecen el paso del tiempo y curas que chapotean en una Irlanda tan melancólica como provinciana.

 Por Ana Fornaro

Para William Trevor (Mitchelstown, Irlanda, 1928) ser criador de pollos y además melancólico es una combinación que lo catapultaría al suicidio. Y aclara que, a pesar de los rumores, no crió un pollo en su vida. También agrega que no fue polista –como también se decía– y que quizá sí sea un poco melancólico ya que en definitiva todos los escritores lo son. Una persona extremadamente feliz no puede escribir. No puede porque está dedicándose a ser feliz. Pero una persona presa de la melancolía tampoco; está ocupada en sentir su propio dolor. Estas son algunas de las cosas que Trevor –considerado uno de los mejores cuentistas vivos– responde cuando los periodistas intentan establecer vínculos entre su vida y su literatura. El irlandés que se fue de su país a los veintidós años para instalarse en Inglaterra empezó a escribir al mismo tiempo que se aburría como creativo publicitario. Había dejado la escultura y le cayó del cielo un trabajo para el que no era bueno. Sin embargo duró unos años y fue durante esas horas de oficina cuando comenzó a tejer historias seducido por explorar mundos que no le eran familiares. Trevor, a pesar de que sitúa a la mayoría de sus historias en pueblos o ciudades irlandesas, escribe sobre lo que le es ajeno, sobre lo que le da curiosidad. Después del éxito obtenido con su novela The Old Boys (1964) pudo dedicarse enteramente a la literatura y lo ha hecho de manera furiosa. Con catorce novelas, veinte colecciones de relatos, seis obras de teatro, dos libros infantiles y algunos libros de no ficción, fue acumulando premios y reconocimientos varios siendo un nominado habitual al Booker Prize (la última vez, en 2009, por su excepcional novela Verano y Amor) y un autor que suele estar ahí cuando se manejan los nombres para el Nobel. Sin embargo, a pesar de su exitosa trayectoria, lo que se conoce de él en el mundo hispano es muy poco en comparación con su producción.

La reciente edición de Una relación perfecta (traducción del libro de cuentos Cheating at Canasta de 2007) es una buena puerta de entrada al universo Trevor, con doce relatos que comparten los tópicos y personajes habituales del autor: parejas disfuncionales, mujeres de mediana edad solitarias, niños desconectados de su ambiente, viejos que padecen el paso del tiempo y curas que chapotean en una Irlanda tan melancólica como provinciana. Trevor es un determinista geográfico, todos sus personajes están limitados y mostrados a partir de un territorio.

Una relación perfecta. William Trevor Salamandra 220 páginas

Muchos de los relatos de Una relación perfecta arrancan con diálogos empezados, sumergiendo al lector de improviso en una historia más grande de la cual él solo será testigo de una parte. No hay grandes peripecias o vueltas de tuerca. Las historias avanzan tranquilas al ritmo de descripciones puntillosas que contrastan con lo no dicho. Trevor consigue que el lector piense que no necesita saber más acerca de los personajes, ni sobre su pasado ni sobre su futuro, ya que nunca hay grandes conclusiones. La historia es ese instante que no da lugar a transformaciones sino que todo está en el devenir que desemboca en la muerte, la gran protagonista de este libro. En todos los relatos la muerte está ahí, a veces en el centro, a veces agazapada, y parece reírse de todos los tristes. Ahí radica la ironía de Trevor, una ironía parecida a la que se encuentra en la música, donde hay que estar familiarizado para identificarla.

Un adolescente que mata sin querer a la niña boba del pueblo, una mujer que es infiel sólo para experimentar lo que sintió su marido toda la vida, un irlandés que vuelve a su país en busca de dinero y para eso extorsiona al cura pedófilo de su pueblo, un hombre que se va hasta Venecia para cumplir el deseo de su esposa muerta, una viuda que se deja morir por la decadencia de su finca, son algunas de las excusas que hacen que la máquina narrativa se ponga en funcionamiento. Las escenas domésticas, los detalles insignificantes y los diálogos anodinos son los que tejen las relaciones humanas, tema fetiche del escritor. Trevor no calla a sus personajes, los deja decir banalidades, los deja decir los silencios también. Pero sobre todo no los juzga, muestra las miserias de los buenos y la humanidad de los crueles con un manejo excepcional de una tercera persona que va cambiando de focalización varias veces a lo largo del relato. En esta colección de historias sobresalen “Hombres de Irlanda”, “Valentonadas” y “En Olivehill”, tres cuentos que representan distintos aspectos de la sociedad irlandesa actual: los abusos de la iglesia católica, la violencia gratuita de jóvenes y la reclusión de una mujer vieja al ver que todo su entorno ya no le pertenece.

“Soy de los pocos autores irlandeses que se reclaman irlandeses. La mayoría reniega de ese rótulo. Lo importante no es sentirse irlandés, lo importante es tomar el provincialismo irlandés y volverlo universal”, dice Trevor, quien ha sido frecuentemente comparado al Joyce de Dublineses por el manejo de la tercera persona subjetiva y los pliegues irónicos del discurso indirecto. Admirador de Hemingway y Carson McCullers, este autor ya no lee literatura contemporánea ni traducciones. En su granja, donde no cría pollos, relee a Dickens, a la travestida George Eliot y a Jane Austen mientras continúa con su experimentación invisible, disfrazada de naturalismo.

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