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Domingo, 7 de julio de 2013

EL LIBRO ENCANTADO

La publicación de Integra, la poesía completa de Gonzalo Rojas, el poeta chileno fallecido en 2011, Premio Cervantes 2003, es un acontecimiento destacable que tiene, además, la peculiaridad de potenciar un espíritu antológico que Rojas siempre supo cultivar. Cada libro suyo incluía composiciones del anterior, estableciendo un efecto de encantamiento sobre el lector, quien, en cada oportunidad, tenía la posibilidad de asomarse a lo mismo y a lo nuevo.

 Por Enrique Foffani

Por Enrique Foffani

El juego constante y obsesivo con la variación, a la que, como sabemos, Gonzalo Rojas sometía su obra poética, desagrupándola para reagruparla en una nueva constelación, no puede sino tornar problemática la noción de obra completa. Si la escansión de la muerte es la condición biográfica ineludible para recopilar la totalidad de poemas escritos, su ulterior reunión como efectivamente ocurre en Integra dejaría ver, sin embargo, algunos puntos en fuga acerca de aquella noción omniabarcante que el mismo poeta rechazaba, como bien escribe al comienzo de su prólogo Fabienne Bradu, a cargo de esta edición. La labor realizada por ésta es intachable desde el momento en que reúne todos los poemas escritos por Gonzalo Rojas disponiéndolos de un modo cronológico. Desde el significado del título, podríamos decir que lo que hace Bradu es reintegrar el poema según su orden de aparición en la escritura. Loable labor filológica que, por su rigurosidad, no sólo abona el terreno sino incluso avanza hacia la posibilidad de emprender una edición anotada, como merece hacerse, de una de las obras poéticas más importantes de América latina escritas a lo largo del siglo XX.

El hecho de que el poeta chileno incorporara a un nuevo libro composiciones de los anteriores –tal como ocurre desde la aparición de su segundo libro, Contra la muerte, de 1964 respecto del primero, La miseria del hombre de 1948, y así sucesivamente en Oscuro de 1977, en Del relámpago de 1981 y en innumerables antologías y reediciones– hace que la noción de libro adquiera una significación original, muchas veces indistinguible del concepto de antología, quizá porque toda antología deviene, para esta concepción, un libro. Esta noción no sería, para el poeta chileno, solamente la mera conjunción de poemas inéditos y de otros ya publicados, como podría pensarse a primera vista. Una férrea voluntad constructivista, más barroca que vanguardista, hace de Gonzalo Rojas un gran compositor de poemas. O mejor: un compositor de libros. De hecho, la música, su relación con las musas y la singular concepción del ritmo, nos hace pensar que las composiciones poéticas del chileno son, también, musicales, en el sentido orquestal o sinfónico: el mismo poema en dos libros distintos deviene otro, provoca otra lectura, como si el contexto generado en el libro, el espacio que los contiene con sus blancos incorporados, modificara su recepción.

Como ningún otro poeta latinoamericano, Gonzalo Rojas advirtió (bastaba escucharlo en sus recitales de poesía) que una determinada aparición de poemas difería radicalmente de otra que contara con las mismas composiciones aunque reordenadas de otro modo. Esta variatio permanente descubre en su núcleo repetitivo una verdad estética para su poesía: habría, como llamó a una de sus más importantes antologías, Metamorfosis de lo mismo. Es un título acertado sin dejar de ser engañoso: no se trata de una tautología absoluta sino, más bien, de poner el acento en cómo lo mismo se metamorfosea, cómo el poema se precipita en su devenir-otro con la sola decisión de un cambio de lugar, de un situarse cada vez en otro lado. El poeta definió una vez la suya como una obra que es “un solo todo girante sobre sí mismo”. Una mismidad deshecha en el juego de las formas que la rehacen es lo que acontece de libro en libro.

El barroco llamó a este proceso de variaciones de la perspectiva, de los puntos de vista, anamorfosis. Y es también el principio que anima el arte de la composición de Gonzalo Rojas. Por ello, es importante pensar lo que significa el libro para él: no es el Libro según lo pensaba Mallarmé ni tampoco es el libro de arena de Borges; el suyo es, por el contrario, un libro que opera por encantamiento en el lector, ya que la poesía reedita, en la estela surrealista, el portento y la maravilla en las rozaduras de las palabras y los sonidos y los enlaces soterráneos (subconscientes) del sentido. Quizá resulte borgeano ese menardismo inherente a cada poema édito que, bajo su nuevo domicilio, no sólo parece inédito sino que debe leerse distinto en función del entorno que lo acompaña, como si la contigüidad, según la perspectiva de la sintaxis de un poemario, volviera absolutamente diferentes sus modos de referir ya sea hacia dentro, ya sea hacia fuera del libro. Pero esta obsesión de minar el libro con composiciones ya éditas, al lado de las inéditas, va cobrando en el transcurso de su poética una dimensión original. No es exclusivamente una pura cuestión compositiva sino, más bien, el sentido mismo que adquiere la obra: la repetición, lo mismo que se metamorfosea de libro en libro, no es más que la posibilidad, para esta poesía, de una revitalización, un modo de permanecer bajo otra impronta, que es, paradojalmente, la misma. Ya no alude al consabido renovar lo viejo ni tampoco al rejuvencer la anquilosis de las palabras. Gonzalo Rojas llamó a este proceso la reniñez: “Estoy viviendo un reverdecimiento en el mejor sentido, una reniñez, una espontaneidad que casi no me explico”. Esta definición, que pertenece a su poema “La quemazón”, no vale sólo para los aspectos temáticos de la obra; es también el impulso que hace girar toda su obra, desorbitándola e inscribiéndola, al mismo tiempo, en una nueva galaxia de sentido.

Integra. Obra poética completa Gonzalo Rojas Fondo de Cultura Económica 961 páginas

De este modo, Gonzalo Rojas crea la ilusión, en su poesía, mediante la imagen de la reniñez, de que el poema es percibido por primera vez, como si una condición adánica lo sustentara y creara la sensación de que la obra progresa siendo fiel a sí misma. Es evidente en ella su sostén en una concepción cíclica y no lineal del tiempo, circularidad que parece estallar más de una vez, ante el vértigo de la lectura. Por estas razones, la decisión de Bradu de no respetar la composición de cada libro para trabajar con cada poema por separado y según su orden de aparición cronológica no solamente resulta la más acertada, sino que produce una revelación interesante: por un lado, se despejan las nociones de poema y libro y por otro libera la obra de la escritura.

Mientras los libros entramados en una metamorfosis bastante compleja conforman la obra, los poemas devueltos al carácter sucesivo del tiempo histórico de la escritura de Rojas nos dejan ver su radicalidad interior, su trama material en el orden de lo sucesivo. Bradu recupera la fecha de cada poema para ubicarlo en el tiempo lineal (la temporalidad quizá sea el gran tema de la poesía del chileno) y acompaña cada composición datada con una serie de comentarios o citas del poeta mismo que funcionan como un primer contexto de referencia, aunque lamentamos que en la mayoría no se registren las fuentes. Como contrapartida del método lineal-cronológico, Bradu confecciona el mapa de la obra poética para constatar no sólo la fecha de edición sino todas las veces que ese poema apareció durante el trayecto y restaurar así esa dimensión de la obra de Gonzalo Rojas que siempre es otra en su portentosa mismidad.

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