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Domingo, 4 de agosto de 2013

La vida no es sueño

En Nada: retrato de un insomne, el novelista experimental Blake Butler explora el insomnio en un texto de no ficción complejo, hechizado por el fantasma de David Foster Wallace, con una prosa obsesiva y llena de referencias que van desde la pornografía y la medicación hasta Derrida y Stephen King.

 Por Rodrigo Fresán

Un fantasma recorre las letras de Estados Unidos y alrededores (es decir: del resto del mundo) y ese fantasma es el de David Foster Wallace. Personaje apenas encubierto en Libertad de Jonathan Franzen y en La trama nupcial, de Jeffrey Eugenides, figura recientemente denostada por Bret Easton Ellis, Wallace ha hechizado no sólo a sus contemporáneos, sino sobre todo, a los más jóvenes. Pocas cosas hay más fascinantes –acaba de salir su biografía y se prepara a lanzarse un nuevo libro de sus ensayos– que un cadáver suicida y bien parecido al que se sigue considerando “la mente más brillante de su generación”.

Así, el novelista experimental y experimentado bloggero Blake Butler (1979) no duda en rendirle culto en Nada y hasta dedicárselo con pasión hagiográfica (“El color de la sangre de David Foster Wallace el día que escuchó esas palabras por primera vez en su cabeza, el título de ese objeto, transmitido en su interior para que se repitiera y repitiera en adelante hasta llenar el aire. El aire o la comida que tragó aquel día, los sonidos, los sonidos casuales que absorbió mientras tecleaba, cualquier cosa que pasó ante sus ojos. Sus manos”, leemos por ahí) a la vez que le teme como ese Scrooge agotado de recibir fantasmas navideños. Y, ya que estamos, Charles Dickens –como Franz Kafka y Groucho Marx y Thomas Alva Edison– fue un curtido insomne.

Pero Butler va un poco más lejos (o al menos se desvía un poco) de la trayectoria de Wallace y, sin privarse de notas al pie, se aleja por completo de buena parte de lo que se hace aquí y ahora en las márgenes de un supuesto nuevo boom de la crónica periodística. Porque mientras buena parte de sus practicantes y sumos sacerdotes optan siempre por lo figurativo (un retrato, un paisaje, una determinada circunstancia), Butler prefiere internarse en la abstracción del trance espeso de, sí, algo en absoluto divertido que le gustaría no volver a experimentar jamás: esa zona difusa y crepuscular que es la imposibilidad de dormir ya explorada por otros obsesivos como A. Alvarez, Nicholson Baker y William T. Vollmann.

Así, Butler cuenta corderos mientras piensa en lobos feroces oscilando entre un Topo Gigio ronroneando “hasta mañana” y un David Lynch experto en filmar onirismos sin partes despiertas a los que amarrarlos.

Nada: retrato de un insomne. Blake Butler Alpha Decay 378 Páginas.

Y la clave y la audacia residen en el subtítulo original –Un retrato del insomnio, inexplicablemente convertido en Retrato de un insomne– funcionando como declaración de intenciones: a Butler le interesa más la enfermedad que el paciente. De este modo –como alguien que acomoda una y otra vez la almohada y se enreda en las sábanas, partiendo de lo personal a lo universal de un territorio conocido y padecido por el 15 por ciento de la especie humana– Butler altera la sintaxis, enhebra larguísimas oraciones, acomete juegos tipográficos que enervarán a más de uno y serán pésima influencia para tantos otros (niños: no intenten hacer esto en casa), consigue tramos formidables (a destacar su “Una historia resumida de la noche”), y nos altera al recordarnos cómo y qué se piensa mientras uno intenta conciliar el sueño. Es decir: el todo y la nada fundiéndose en horas blancas en las que Derrida se cruza con Proust mientras Warhol deambula con Tarkovsky, se evoca buena parte de la cultura popular de los años ’80 y tempranos ’90, se postula a Internet y a todo lo online como somnífero excitante (los desvelos de la pornografía en red y la masturbación son parte importante de las obsesiones de Butler), y se rinde aterrorizado culto a Freddy Krueger y a Stephen King sin por eso privarse de proyectar sobre los párpados a soñadores de altura como Jorge Luis Borges y Julio Cortázar y Clarice Lispector.

Sobre el final, Butler se arriesga a aquello que no quería rebajarse: Ambien, píldoras para dormir, la posibilidad de convertirse en un adicto bien descansado. Pero ¿buenas? noticias: la última línea de Nada es: “En medio de la blancura comienzas a teclear”.

La vida no es sueño: la vida es insomnio.

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