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Domingo, 15 de septiembre de 2013

Extraños en un tren

Susana Constante tuvo una importante trayectoria como dramaturga y una carrera literaria que se desarrollaría principalmente en España, donde se radicó en 1975 y vivió hasta su muerte, en 1993. Traductora y cuentista, fue además la primera ganadora del premio de literatura erótica La sonrisa vertical con La educación sentimental de la señorita Sonia, novela que ahora se reedita en la colección “serie del recienvenido” que dirige Ricardo Piglia.

 Por Juan Pablo Bertazza

En la presentación del premio La sonrisa vertical de Tusquets, su creador, el español Luis García Berlanga, expresaba una paradoja: “A quien no puede ni nombrar lo más elemental del acto sexual, lo más natural de la especie animal a la que pertenecemos, no se le puede exigir que exprese aquello que nos diferencia de los animales, aquello que moviliza nuestra vida interior: el erotismo”. En otras palabras: hay que ser animal para no serlo. Claro, el premio cuya novela más vendida fue Las edades de Lulú de Almudena Grandes, y que se fue enfriando hasta permanecer suspendido desde 2004 por la baja calidad de las obras recibidas y porque, según decían, el erotismo ya empezaba a desplegarse por otras vías como, por ejemplo, las series de televisión, tenía el doble objetivo de relegitimar un género históricamente menospreciado y empezar a poner en palabras lo que el franquismo había silenciado durante tanto tiempo.

En La educación sentimental de la señorita Sonia, novela que desvirgó ese premio en su primera edición de 1978, y que acaba de incluir Ricardo Piglia en la “serie del recienvenido”, Susana Constante se refiere a lo mismo: “Lo que transforma una situación de incómoda en dolorosa es la incapacidad de formularla correctamente”. Es decir, una cuestión de palabras.

“Si bien no hay límites ni imposibilidades cuando se trata de amor, siempre es bueno saber que no es prudente ponerlo todo en palabras. Porque no hay palabras”, dice desahuciado el personaje de Sonia hacia el final del libro. A lo largo de ese muy delgado hilo, hace pie entonces –con las manos extendidas y tratando de hacer equilibrio– esta novela tan erótica como exquisitamente escrita.

En Argentina, Susana Constante se dedicó casi con exclusividad al teatro. Tanto es así que se recibió de escritora del otro lado del océano. En 1975, cuando ya se empezaba a oler el tufo a la larga podredumbre que vendría, se radicó en España, donde vivió hasta su muerte, en 1993. Ahí trabajó diversos géneros, tradujo a Michael Ende, Stephen King, Katherine Neville y Masako Togawa y publicó las novelas La creciente (1982) y El guardián de Ardis (1989), el libro de cuentos Aquí hay muertos (1990), y el ensayo Polvo de dioses. Mitología y erotismo (1992). También escribió, claro, su primera novela, La educación sentimental de la señorita Sonia, por la cual recibió 500.000 pesetas.

Escenificada en Francia a finales del siglo XIX –pero inestable, imprecisa y sutil como la mayor parte de las buenas historias de la transición española–, La educación sentimental... comienza también con una paradoja, un diálogo que tiene lugar en un tren, en el que se denuncia que “toda conversación es una impostura”. Pocas páginas después, en ese mismo tren –la idea de transición aparece por donde se la busque– se desarrollará un trío entre la joven, irresistible y agraciada Sonia, un soberbio y brutal capitán de húsares y un hombre diminuto que se terminará convirtiendo en su esclavo. Y es un triángulo isósceles en el sentido de que sólo uno de los tres lados –el de Sonia, por supuesto– es excepcional, imprescindible, mientras que los otros dos parecen ser fácilmente intercambiables.

Sin embargo la situación se modifica drásticamente cuando el tren llega a destino, y Sonia conoce al hijo de una condesa, de quien se enamora al instante. Ese cambio de perspectiva –pasar de ser la amada a ser la que ama– empieza a generar un cambio inesperado de lugar, una avalancha de inquietudes, un aprender a ser mujer de otra manera. Además de ser virgen, Sebastián está orgulloso de serlo y pasa su tiempo de noble leyendo la Eneida y practicando latín. A pesar de que rechaza de plano a Sonia, accede a un pedido de su madre para darle una oportunidad a esa mujer que lo busca a sol y sombra. La propuesta de la madre va directo al grano: meterse de noche en su alcoba porque ella lo está esperando y a él ese amor necesariamente le va a hacer bien. Sebastián se desviste y se mete en la cama sin decir ni una palabra.

La educación sentimental de la señorita Sonia. Susana Constante Fondo de Cultura Económica 96 páginas

Si la vida sexual fuese una carrera de boxeo, hasta ahí Sonia contaba con pocas peleas. Todas ganadas por amplia diferencia. Y su relación con Sebastián constituirá no sólo su primer gran desengaño, sino también su primer knockout. Uno de los muchos motivos de ese fracaso es, precisamente, transgredir la única prohibición que, según Lévi-Strauss, es tanto cultural como natural, una de esas transgresiones tan grandes que su única mención constituye, de por sí, un delito. Esa denuncia vomitada a manera de reproche pero también como combustible de deseo retoma aquello de que “toda conversación es una impostura” y transforma a La educación sentimental... no sólo en una novela circular, sino también en un libro de comunicación sexual, que indaga desde todos los ángulos en aquello que da y en aquello que quita el verbo en medio del acto.

Lo más relevante, y lo más extraño en ese sentido, está del otro lado del libro. Y es que Susana Constante ostenta una escritura altísima, precisa y sofisticada que, lejos de entorpecer el erotismo (como suele suceder, por ejemplo, con cierta poesía modernista) logra encenderlo. Incluso treinta y cinco años después.

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