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Domingo, 22 de septiembre de 2013

YO RESPONDERÉ

“Africa me hizo, Dinamarca me deshizo”, afirmó, categórica, la escritora danesa Karen Blixen. A cincuenta años de su muerte, se publicó el volumen Cartas desde Dinamarca (1931-1962) que ahora se distribuye en Argentina, donde la escritora –que también publicó bajo el nombre de Isak Dinesen– despliega su fuerte temperamento, se pelea por las traducciones moralistas de la época, añora la vida en Kenia, se comunica con sus conocidos y servidores en Africa y refiere las enfermedades y dolores que padeció. El testimonio de una autora que fue varias escritoras a la vez y que consideró que siempre tenía que dar una respuesta.

 Por Laura Galarza

En el 1900 Karen Blixen usaba el pelo a lo garçon, manejaba por caminos al borde de precipicios entre las nubes que forma la montaña. Hasta allí subió para enterrar a su amante. Cazaba leones. Soportó tratamientos con mercurio por la sífilis que le contagiara su ex marido. Escribió hasta días antes de morir, en cama y con 35 kilos, dejando una obra de valor universal. A contracorriente de una época realista, escribió historias fantásticas y góticas. Historias atemporales, atrapantes, reflejos del alma humana. Y para real, la realidad: sus memorias y cartas. Hoy, como esas sagas que los espectadores esperan con ansia, y en conmemoración de los 50 años de su muerte, llegan sus Cartas desde Dinamarca, correspondencia 1931-1962. Una recopilación impecable dirigida y prologada por Frans Lasson, el mismo que editara Cartas de Africa 1914-1931 (Alfaguara, 1992).

“Africa me hizo, Dinamarca me deshizo”, así se define en sus cartas Karen Blixen, esta escritora de origen noble, nacida en Dinamarca en 1885. Conocida también bajo el seudónimo de Isak Dinesen, su existencia –y ella misma– quedó dividida para siempre en un antes y un después de Africa, donde vivió durante 17 años. “Mi corazón yace enterrado en Ngong Hills, y lo que hago no son sino gestos fantasmales. Desde luego se vive una vez en la existencia, pero no es necesario que todo lo de esta única vida haya sido única y exclusivamente feliz, pero todo lo que una intenta hacer se escapa como arena entre los dedos.” Esto escribe Karen Blixen en su primera carta a su fiel amigo Gustav Mohr, quien la acompañara incondicionalmente durante toda su estancia en Kenia. Allí se mudó en 1914 con su marido, que era además un primo lejano, el barón Bror Blixen- Finecke (el mismo que le contagia sífilis) para poner un cafetal. A poco de llegar, Blixen le pide el divorcio y se hace cargo de la plantación. Allí establece un vínculo profundo con los nativos y conoce a Denys Finch- Hatton, el hombre que la dejará marcada para siempre al caer su avioneta en 1931. Al poco tiempo, se incendia el cafetal y sobreviene la crisis del ’30, lo que lleva a Blixen a regresar a Dinamarca. Testimonio de esta parte de su vida es Memorias de Africa (1937), una obra inigualable que Hollywood convirtió en la taquillera Africa mía, dirigida por Sidney Pollak. Aunque pocos relacionan a esa Merly Streep enamorada de Robert Redford con la escritora, lo cierto es que la película ganó ocho Oscar en 1985 e hizo posible aquello por lo que Blixen tanto luchara en vida: restaurar la vieja casa natal en Rungstedlund, hoy en manos de una fundación, convertida en museo y visitada por más de un millón de personas al año.

De puño y letra, estas nuevas cartas son de un valor incalculable para sus lectores, dado que revelan la intimidad de ese segundo tramo de vida de Karen Blixen hasta ahora desconocido: la vuelta a Dinamarca, donde se convierte efectivamente en escritora. Si bien había sido desde siempre una gran contadora de historias (“habla como la lluvia”, le decían los nativos capaces de permanecer horas de pie escuchándola), es el regreso a su casa natal en Rungstedlund, experimentado como un exilio, lo que la pone a escribir. Dejar las colinas de Ngong con 46 años para volver a la vida burguesa con la que nunca se había sentido cómoda fue un golpe duro para Blixen. Endeudada, aún en duelo por la muerte de su amante y enferma, su madre, Ingeborg Dinesen, la recibió en el caserón de Rungstedlund cediéndole un cuarto pequeño que había pertenecido a su padre para que ella se dedicara a escribir. “Como un ciego al que guían y que pone un pie delante de otro con prudencia, pero sin saber dónde pisa”, le escribe a Mohr recién llegada a esa casa desde donde se veía el mar, pero que sin embargo era fría y estaba deteriorada.

COMO ESTAR SOLA

Karen Blixen en la sala de estar de su casa de Rungstedlund, 1958, leyendo la gran novela rusa del año, Dr. Zivago.

Blixen escribe Siete cuentos góticos en dos años. Durante una reunión social en Londres se cruza con Constant Huntington, director de la editorial Putnam, y le pide que lea el manuscrito. El se disculpa: “Un libro de cuentos de un autor desconocido no tiene ninguna oportunidad de ser publicado”. Blixen decide enviárselo a Robert Haas, de Random House, en Estados Unidos. Lo hace bajo el seudónimo masculino de Isak Dinesen, segura de que eso la ayudaría a ser editada. No se equivocó. Siete cuentos góticos resultó un éxito arrollador cuando se publicó el 9 de abril de 1934, y días después se hizo público en Nueva York el nombre de la baronesa. La obra fue libro del año del Club Americano del Libro, y los editores europeos se pelearon por obtener los derechos, entre ellos el mismo Constant Huntington.

Blixen escribía en inglés, el idioma que hablaba en Africa, como si hubiese adoptado una nueva lengua. Cuando llegó el momento de publicar su libro en danés ella se negó a escribirlo y pidió que la editorial se ocupara de la traducción. El trabajo no la conformó, tuvo que disculparse con el traductor y terminar haciéndolo ella. Esto tuvo consecuencias. Dice en una carta a Johannes Rosendahl el 18 de agosto de 1947: “Ahora, sobre mi queja de que los lectores daneses no me reconocen o no me sienten como autora danesa. Quiero que me crea si le aseguro que eso me produce cierto dolor, pero no acritud. Usted sabe sin duda que de Keats decían que murió por una reseña en The Quarterly Review, y que Byron comentó que un hombre que se dejaba matar por The Quarterly no merecía seguir vivo. Yo no tengo ninguna intención de dejarme matar por lo que siento como desconfianza por parte del mundo lector de Dinamarca. Pero para mí sería una alegría que las cosas pudieran ser de otra forma”.

“Qué difícil es conocer la verdad. Me pregunto si es posible ser absolutamente veraz cuando se está solo. ¿Cuál es la verdad de un hombre en una isla desierta?”, se lee en “Los caminos de los alrededores de Pisa”, el relato que abre Siete cuentos góticos. Como sugiere Lasson en su minucioso prólogo, los relatos tenían raíces en la propia experiencia de Blixen. Las cartas dan cuenta de una gran preocupación de la baronesa por quienes la rodean, desde sus kikuyus en Africa a los que les enviaba dinero, hasta sus hermanos o amigos que le pedían consejo. La relación con los otros era desigual. Ella misma se define como una “selfsupporting”. “No hay que apoyarse en los demás, eso no sirve de nada.” Y por muy íntimas que puedan parecer algunas cartas –sobre todo las dirigidas a Mohr en las que ella se llamaba a sí misma, “abuela”–, hay un territorio que los demás parecen no penetrar.

Karen Blixen creía que la soledad era el destino de un artista. A menudo ella era juzgada por su entorno y la crítica como banal. Sin embargo, si se leen con buen ojo clínico, las cartas develan una mujer extremadamente lúcida intentando tomarse el sentido de la existencia con humor. “Prefiero un dolor de muelas a los ‘aguafiestas’ –decía–. Creo que es una teoría generalizada, una especie de dogma, que soy difícil de ‘entender’. Mis negros me comprendían tan bien como el abecedario”, cierra irónica una dura carta a Johannes Rosendahl el 19 de diciembre de 1944.

COMO PONER UN HUEVO

Fotografía de 1961 por Peter Beard.

Cuando lograba pasar una temporada fuera de su casa, escribiendo en alguna de las fincas a la que era invitada, Karen Blixen solía decir que se sentía “por encima de la tierra y sus miserias”, y que ese sentimiento duraba un tiempo. “¿Cuándo llegará el momento en que, sin miedo a estúpidas interrupciones, pueda sentarme con un montón de papel blanco delante y concentrarme en terminar de escribir el relato que sigue inacabado desde las Navidades?”, le escribe a su amiga Sophie el 18 de abril de 1946, luego de una operación en que ella creyó que iba a morir. La urgencia por escribir trascendió a Blixen, que la llevó a ser hospitalizada, postrada en una cama, dictándole manuscritos enteros a su secretaria Clara Svendsen. Varias de estas cartas dan cuenta de esos largos períodos de inapetencia, agotamiento, fiebre y náuseas. Luego de la muerte de Karen Blixen se hicieron investigaciones médicas acerca de sus síntomas, y se concluyó que no se debieron a la sífilis, sino a la aplicación de metales pesados, lo que produjo un lento envenenamiento. En una de las cartas describe cómo la encierran en un cajón por donde sólo podía asomar la cabeza: “Ahí estás tumbada, encerrada como en un cepo, sin poder mover la cabeza ni levantar una mano para poder tocártela, y allí dentro el aire se calienta hasta los 80 grados y pasar allí tres horas”. Blixen creyó volverse loca y sufrió ataques de pánico durante ese tratamiento.

Su límite físico, lejos de angustiarla, la apremiaba. Escribió a contra reloj. A Siete cuentos góticos, le siguió lo que hasta ese momento había sido una idea que motorizaba su deseo de escribir: las memorias de Africa. “Hasta ahora he estado escribiendo con dos cilindros, con una flauta solamente, pero en un libro de Africa creo que estaría conduciendo un coche mucho más potente y haciendo sonar a una orquesta entera.” Luego, Cuentos de invierno (1942), Anécdotas del destino (1958) y Ultimos cuentos (1957), que contiene partes de Abodocani, una novela inconclusa (“Son 600 a 900 páginas que espero terminar antes de morir”) –Sombras en la Hierba (1960)– se publica apenas dos años antes de su muerte como una continuación de sus memorias donde la baronesa va hablando de sí misma a partir del intercambio con sus criados: Farah, Kamante, Juma, Abdullahi. A pesar de sentirse a veces tan enferma “que se le oscurecía la razón”, Blixen era capaz de reescribir un párrafo cincuenta veces. A la vez, se llamaba a silencio si creía no tener nada para decir, y eso la enfrentó a la ansiedad de sus editores. En una carta a su amigo escritor Thorkild Bjornvig del 6 de junio de 1950, se queja de ellos: “Es como si estuvieran sentados a su alrededor esperando, contemplándola y esperando que ponga un huevo. ¡De cuántos artistas es imposible decir que habría sido mejor si no hubieran escrito sus diez últimos libros! Emily Brönte no escribió más que un único libro, Charlotte Brönte escribió –creo– cuatro o cinco, pero en realidad podría haberse ahorrado el trabajo de escribir El profesor y Shirley”.

CONTRA LA INTERPRETACION

Cartas desde Dinamarca Correspondencia 1931-1962. Karen Blixen Nordica Libros 469 páginas

A Blixen le molestaba hablar de sí misma y de lo que se generaba en torno de su obra. Se ocupaba de estar fuera de Dinamarca cada vez que aparecía un nuevo libro. Tanto las traducciones como los autores que quisieron escribir acerca de su vida y obra le trajeron dolores de cabeza. En extensas cartas a editoriales y autores se dedica a cuestionar punto por punto lo que considera errores de interpretación. Blixen acusaba a los traductores –sobre todo a los escandinavos– de alterar el sentido cuando se topaban con ironías o cuestiones morales, ambos puntos por los que era resistida en su territorio, más bien conservador. Escribe a la editorial sueca Bonniers luego de que Siete cuentos góticos apareciera publicado sin su revisión: “Por algún motivo, el texto original ha despertado la antipatía de la traductora, lo ha alterado tranquilamente, en ocasiones poniendo justo lo contrario de lo que (el autor) quiere decir”. “En ese contexto es completamente erróneo, no se trata de ninguna “depravación moral”, sino de “ruina”, dice refiriéndose a la palabra que en el original era “perdition”. Estas cartas muestran a una Blixen contrariada, remando contra la corriente. Sin embargo, leerlas resulta una experiencia única, donde puntillosa y con toques de humor da lecciones de escritura.

En 1949 es Hans Brix quien publica el primer libro sobre Isak Dinesen. Durante el proceso de escritura hay idas y vueltas de correspondencia con el autor. Hasta que Blixen pierde la compostura y le pide a Brix que renuncie a escribir el libro y a la editorial, que era la suya también, a aceptarlo. Sin lograr poner ninguna traba legal por más que lo intenta, el libro se publica y Brix le envía un ejemplar con dedicatoria a su casa. Blixen nunca termina de leerlo y se lo saca de encima regalándoselo a su amigo Jorgen Gustava Brandt. En los márgenes de libro pueden verse sus anotaciones: “disparate”, “idiota”, con signos de admiración.

En una carta del 21 de febrero de 1960 a la ensayista Ingeborg Buhl, que también escribiera sobre sus cuentos, le apunta: “En lo tocante al relato ‘El mono’ me siento bastante incómoda, como casi siempre cuando un lector me pregunta por el significado de una historia, porque tengo la sensación de que la única respuesta sincera sería: No existe significado ninguno. Creo que sería lamentable que un escritor, mediante explicaciones externas a la historia, pudiera explicar ésta mejor que como puede hacerlo la historia misma”.

Durante 1943, y para apartar la mente de la ocupación alemana de Dinamarca con la que nunca se involucró, Blixen escribe una novela gótica de intriga, Los caminos de la venganza, que se publicó en 1944 bajo el seudónimo de Pierre Andrézel, disfrazando la traducción como una novela francesa de los años de entreguerras. A Blixen nunca la convenció la novela y la editorial la presionaba para que develara su autoría. “No es un engaño, ¡es una máscara!”, decía para defenderse por ese juego de identidades que hacía con los seudónimos y que volvía locos a los editores. Al final de sus cartas solía detenerse un momento y preguntar a su secretaria: “¿Cómo me llamo aquí?”, para luego firmar: Karen Blixen, Karen Blixen-Finecke, Karen von Blixen, Tania Blixen, baronesa Blixen, Isak Dinesen, Osceola, Tanne, Tania, Memsahib, Khamar.

LA CEREMONIA DEL ADIOS

“Je responderay.” “Responderé”, es el lema que Blixen toma prestado de escudo de armas familiar de Denys Finch-Hatton. Se identificaba con él, lo entendía como un don. “Quien lo pronuncia posee realmente una respuesta en su interior. Creo que hay muchas personas que carecen de ella. Ni frotando ni golpeando se saca más eco que de un bloque de piedra. Afortunadamente, también he encontrado personas que realmente sabían responder, personas de espíritu abierto, sí, que tenían lo que suele llamarse resonancia. Casi todos los nativos africanos tenían esa resonancia, alguno de ellos en un grado muy elevado.”

Si un escritor debe responder con su obra, ahí está Blixen casi paralizada por completo, dictando las historias con un hilo de voz. Las que aún le quedaban por contar. Como las ancianas kikuyu, que describe en sus memorias, las que cargaban leña con una correa alrededor del cuerpo, se tambaleaban bajo su peso pero no estaban vencidas. “Ponedme flores en el pelo en vez de en mi ataúd”, escribe después de su última hospitalización.

En la primera carta del libro, Blixen le pide a su amigo Mohr que se asegure de que la entierren en las colinas de Ngong Hills junto a su amante. Al parecer un león y una leona se habían apropiado del lugar que el viento había convertido en un terreno plano y propicio para vivir. Aquel deseo no pudo ser: su tumba está debajo de un árbol en los jardines de Rungstedlund. Y la última carta es para su fiel servidor Kamante: “Me habría gustado estar con vosotros en mi antigua casa para poder hablar de los viejos tiempos. Te envío un poco de dinero, para ayudarte (...). Ojalá os pudiera volver a ver.

Así que adiós Kamante.

Baronesa Blixen.”

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