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Domingo, 20 de abril de 2014

EL ÚLTIMO DE LOS AMANTES ARDIENTES

Publicada originalmente en 2004, Mujeres viene a completar el catálogo de John Updike con una novela que funciona como resumen de su literatura y de sus temas: la sensualidad, el repaso de la vida a través de los cuerpos amados y deseados y el sexo como trascendencia.

 Por Rodrigo Fresán

Mientras en Estados Unidos se anuncia la inminente aparición de su primera biografía postmortem, a cargo de Adam Begley, y meses atrás se han recopilado todos sus relatos en sendos volúmenes de la inmortalizante Library of America, todavía quedan muchos títulos del fecundo John Updike (1932-2009) por traer a nuestro idioma. Con la traducción de Mujeres se invita y se llena una de las ausencias más notorias y a uno de los agujeros más notables en su obra en español.

Porque de algún modo perverso y juguetón –Villages en el original, publicada en el 2004, anterior a Terrorista y a la final Las viudas de Eastwick–, tiene algo de funcional y revelador resumen de lo publicado updikeano, de catálogo de temas y situaciones, de revisitación de antiguos y queridos paisajes desde las penumbras más o menos cálidas del crepúsculo. Lo que no quiere decir que Mujeres no sea –literalmente– la mejor novela de Updike en mucho tiempo. Y cuando digo “novela de Updike”, quiero decir exactamente eso: una novela no sólo escrita por él sino, además, inconfundiblemente suya, cuyas páginas sólo podrían haber sido redactadas por el más grande sensualista de lengua inglesa (y de los otros cuatro sentidos también). Así, pensar en Updike como en el cuarto ángulo vivo de ese cuadrado donde también sienten y piensan Marcel Proust y Vladimir Nabokov y John Cheever, sus maestros confesos. Y en esas páginas, como en todas sus grandes obras, el abracadabra de la cuestión, la palabra clave es, una vez más, por supuesto, sexo. La parte muy visible de esa delicada bestia compuesta por los inmensos microorganismos del amor y el deseo, a los que Updike dedicó toda su carrera con la frialdad de un alucinado científico cuerdo y la calentura de un veinteañero muy lejos del Viagra.

Sí: a pesar de su origen y formación inequívoca y paradigmáticamente WASP, Updike –master of sex– siente por el acto en cuestión una curiosidad insaciable. Y en Mujeres vuelve una y otra vez a él –con la más encendida y lírica de las prosas– para realizar la autopsia más vivaz y sudorosa. Ya sea para ocuparse de la impresión de un niño que descubre su primer profiláctico usado a un costado del camino; o de las acrobáticas contorsiones que un adolescente emprende en un auto para besar a su novia entre las piernas; o de los placeres de un matrimonio curtido, obligado de pronto a experimentar una nueva forma y posición a la hora de hacer el amor, porque a la mujer acaban de quitarle el vendaje de una lesión en la espalda; o la muy gráfica descripción –en graffiti o en piel– de una vagina muy bien dispuesta a todo. Así, aquí, una suerte de Historia Sexual de los Estados Unidos entre los ’50 y los ’90 con un único e indiscutible prócer siempre erecto, siempre excitado, siempre listo: Owen McKenzie.

Owen McKenzie es un inconfundible Homo Updike: un all american man, siempre preocupado tanto por la verticalidad de su status social como por la horizontalidad de sus conquistadoras conquistas amorosas. Un ser marcado por una infancia conservadora, una madurez desinhibida y una vejez que sólo ha logrado refinar sus apetencias sexuales y potenciar su memoria y fortalecer, así, la capacidad para disfrutar y sufrir la agonía de la culpa y el éxtasis del secreto. McKenzie comprendió desde el principio que su presente y futuro pasaban por las ciencias, marchó rumbo al MIT y terminó desarrollando junto a su socio Ed Mervine uno de los primeros y exitosos programas para computadoras –DigitEye– dentro de su propia empresa, la E-O Data. Una retirada a tiempo –Owen vendió su parte del negocio en 1978 y la canjeó por muchas acciones de lo que acabaría siendo Apple Macintosh– le significa un cómodo y largo adiós en la “comuna geriátrica” de Haskells Crossing: una colmena de ancianos millonarios desde donde el héroe recuerda, casado desde hace un cuarto de siglo con Julia, su segunda esposa, todas las otras mujeres que le abrieron las puertas de sus casas y las piernas de su amor o su lujuria, da igual. Así, la novela está planteada desde un plácido y final presente matrimonial –las razones para este manso reposo del guerrero se explican recién en las últimas páginas– que se la pasa estremeciéndose por el sismo de los sucesivos flashbacks sexuales de Owen hasta el orgasmo de un final sorpresa –que no suele ser marca registrada de Updike– sonando, según un crítico, “como uno de esos truenos imprevistos en una tarde de agosto”. Hasta alcanzar el estallido de esta crisis, los escarceos de Owen transcurren en lo que él entiende como diferentes “sitios de instrucción”. Los sucesivos villages. Primero en un pueblo de Pennsylvania llamado Willow. Luego en el Instituto de Tecnología en Massachusetts, un pueblo en sí mismo. Más tarde en otro de Connecticut llamado Middle Falls, donde Owen, casado con la matemática Phillys –madre de sus cuatro hijos, gran personaje y mártir–, muta de nerd a playboy y comprende que “hay dos tipos de mujeres en el mundo: aquellas con las que te has acostado y las que integran esa cantidad de mujeres desproporcionada y cruel, pero reducible, con las que no lo has hecho”. Y el repetido desempolvar de polvos y pueblos de Owen –incluyendo incursiones a Las Vegas con cocaína y felación y descapotable a toda velocidad por el desierto de Nevada– no es repetitivo. Las dos esposas mencionadas, más las ocasionalmente caricaturescas (así las ve el narrador, no Updike: ya no tiene sentido seguir culpando a esta novela de misógina o antifeminista) Elsie, Alissa, Vanessa, Karen, Faye, Jacqueline, Antoinette y Mirabella, funcionan como stages didácticos y cada vez más complejos en el videogame de la vida. Una vida –es otro de los leitmotivs de Updike– en la que Dios es el gran ausente. Un mundo poseído por una tecnología que Owen ayudó a crear y desarrollar pero en la que, en la era del e-mail y del ciberespacio, ya no cree. Así que por qué no invocar a ese Dios desaparecido desde un enredo de sábanas, desde un recuento de camas.

Mujeres. John Updike Tusquets 328 Página

Más allá de tanto grito y susurro, Mujeres ofrece todavía algo más. Porque también puede leerse como una –otra– autobiografía de Updike, alternativa pero evidente. Los episodios y data de la vida de Owen –el carácter de sus padres, su divorcio, sus desplazamientos en el tiempo y el espacio– emulan y distorsionan a los de Updike. La diferencia de profesiones es lo de menos: un escritor también es un hombre de ciencia; las percepciones de McKenzie y de Updike son las mismas. Y, sí, ya hay algo –como en la reciente Todo lo que hay de ese otro gran amante de las letras norteamericanas que es James Salter– de anticipación crepuscular en su cierre. Quién sabe. Lo que sí queda claro es que al cabalgar yeguas hacia el horizonte, Owen –y tal vez también John– parecen querer comunicarnos que lo único que nos salvará y nos mantendrá cuerdos en los tiempos que corren es el misterio ancestral de la carnalidad. El último párrafo de la novela, donde se predica que la salvación está en las comunidades, en el juntarse para crecer y multiplicarse, en la comunicación mental y conexión física entre los cuerpos. Esos envases que funcionan como herramientas del cerebro y el corazón para construir el frágil hábitat del sexo, el santuario donde encontrarnos para no perdernos.

En resumen: tócalas de nuevo, John.

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