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Domingo, 14 de diciembre de 2014

LA CABEZA DE EZEQUIEL

Siempre fue un intelectual desplazado de su propio tiempo y, a la vez, sumamente vigente. Hasta nuestros días, Ezequiel Martínez Estrada despierta pasiones encontradas entre sus seguidores (inclusive los más parricidas) y quienes lo rechazaron por ser un autodidacta sin anclaje académico. Su obra ensayística hizo foco en las anomalías y constantes de la historia argentina y, alejado de los partidos de su época, fue sin embargo uno de los escritores más intensamente políticos del siglo XX. Christian Ferrer escribió La amargura metódica, una biografía completa y ecléctica de Martínez Estrada, alejada de los prejuicios y lugares comunes que inevitablemente se tejieron alrededor de su figura.

 Por Fernando Bogado

La figura de Ezequiel Martínez Estrada es, en sí misma, una esfinge. En principio, porque él mismo proponía la forma “esfíngida” como método: interpelaba a los diversos objetos de sus indagaciones a través del acoso y de la pregunta existencial, vital, que podía muy bien decidir el camino de la persistencia o la muerte, cosa que podemos atestiguar en libros tan urgentes y sin embargo tan perdurables como Radiografía de la Pampa (1933) o La cabeza de Goliat (1940). Por el otro lado, más allá de su método, el nombre mismo de este pensador ectópico, fundamental y sin embargo tan ajeno a los procesos de canonización (o mejor, fundamental por eso mismo), es una suerte de esfinge que, desde su producción ensayística, parece interrumpir el camino de los escritores e intelectuales nacionales para que respondan, en el camino de sus síntesis y sus sistematizaciones, a las preguntas que con tanto ahínco buscó dejar, esos interrogantes abiertos que no caen en las soluciones fáciles, inmediatas, partidarias, metafísicas. Cada libro de Martínez Estrada es, estrictamente, eso: un proceso de narración de esos encuentros paradójicos con constantes, invariantes nacionales que exhiben los traumas no resueltos, los nudos nunca desenredados de la historia (y el porvenir) argentinos. El reciente libro de Christian Ferrer, La amargura metódica: vida y obra de Ezequiel Martínez Estrada, se propone con pasión abordar este doble camino de la esfinge-Martínez Estrada: preguntar por su naturaleza, por su historia y su vida, y revisitar sus indagaciones, sus proposiciones, su metodología, sin divorciar (científica, irracionalmente) un lado del otro.

Solitario. Esa característica se desprende tanto de la vida personal de Martínez Estrada –quien, ya puestos en el plano de la anécdota, casi acepta la propuesta de Horacio Quiroga de construirse una casa al lado de la suya en Misiones– como de su producción ensayística, él, quien fuera llamado por Borges “nuestro primer poeta contemporáneo” pero que, en rigor de verdad, versificaba como un mero epígono de Lugones y Ruben Darío. Recién encontraría un tono personal e incisivo cuando decida mudarse al ensayo, sin por eso perder las ventajas de haber refinado su pluma en su escritura poética. Y parece que es este género, adoptado luego de hacerse un nombre como poeta, el que le permite también responder a las urgencias de su tiempo: libros tan intrigantes como ¿Qué es esto? Catilinarias, de 1956, dedicado a pensar el peronismo, fue escrito en dos semanas (según el testimonio de personas como Dardo Cúneo) y muestra el tacto especial que tuvo Martínez Estrada para abordar los temas sensibles en el momento en que había que tocarlos. Los 5000 ejemplares de la tirada inicial se agotaron a la semana de que el ejemplar llegara a las librerías. Otra paradoja más: leído, sí, citado, pero no por eso menos solo, menos individual, menos iconoclasta. “Yo creo que una nación necesita de censores libres, es decir, de personas que digan verdades desagradables, incluso cuando esas verdades puedan llegar a ser un poco descarriadas o bien exageradas”, comenta Ferrer. “Martínez Estrada ocupa ese lugar en la Argentina. Y ojalá pueda seguir ocupándolo. Creo que su obra no ha perdido validez, tiene una enorme proyección hacia el futuro, incluso para cuando la Argentina haya desaparecido. Hay dos o tres de sus libros que pertenecen a la biblioteca de la eternidad, no al pasado ni al presente.”

¿Qué es lo que te interesó de la figura de Martínez Estrada como para escribir este estudio tan particular de su vida y su obra como es La amargura metódica?

–En parte, el misterio de su obra. Nadie la desconoce, es intensa, sólida, ineludible en la historia de las ideas argentinas, y sin embargo poco recuperada. Ha sido leída, mucho, pero también eludida. No se sabe qué hacer con ella. Los libros de Martínez Estrada promueven la sensación de desplome, de traba, de apremio. La dosis de intransigencia implicada es tan alta que hace difícil al lector no sentirse agredido, por no decir que es empujado contra la pared. Era un autor atípico, no asentable en una tradición literaria nítida o definitiva, quizá también porque nunca fue orgánico de grupos o partidos políticos. En un país tan politizado, donde siempre hay que estar tomando posición, como si fuera una obligación del hombre de letras, es inevitable que alguien que se desmarcaba terminara en tierra de nadie, y a veces bajo un cono de sospecha. No sólo eso, hay en él un uso de la paradoja como instrumento del pensamiento que es bastante inhabitual. Pensar a un país política, histórica y sociológicamente a partir de escenas paradojales hace trastabillar al lector. No le deja confiadamente proponer salidas aparentemente promisorias o dar saltos prodigiosos hacia el futuro. El las tomaba como espejismos. Martínez Estrada exigía del argentino un intenso examen de conciencia, era una especie de Antígona, vivía en el frenesí de la conciencia, como un acusador incansable y muchas veces implacable que no aceptaba ningún velo de irrealidad, ninguna excusa, por más comprensible que fuera. Era exigente, casi hasta la exasperación. Además, me conmovió su combate, el de un Quijote solitario, y también me impresionó el nivel de suspicacia y rechazo que en su época tuvieron sus obras, a pesar de lo cual lograron sortear esos obstáculos de la crítica periodística o de los hombres de su generación o incluso de críticos posteriores. Un hombre que salta por encima de los círculos hermenéuticos que se le trazan se convierte en un autor interesante.

En tu vida personal, ¿cómo llegaste a Martínez Estrada?

–Martínez Estrada me interesa desde hace muchísimo tiempo, desde la primera vez que oí su nombre en locales libertarios, cuando yo era muy jovencito, pues los anarquistas lo valoraban. O cuando alguna vez compré Radiografía de la Pampa y me asombró el atrevimiento, la violencia con que estaba escrito ese libro. En fin, no pude sino encarar sus ideas y sus actitudes polémicas como si estuviera frente a una puerta labrada con inscripciones misteriosas.

YO ACOSO

En el libro se empieza abordando a Martínez Estrada en la relación con los hombres de la generación del ’20 y del ’30. ¿Hay un intento de ubicarlo en una preocupación, en un ámbito que responde más a lo generacional que a lo particular?

–Ubicarlo en su tiempo histórico, acompañar su vida en torno de las afinidades y desafinidades que le tocaron en suerte, sí, me importaba hacerlo, pero no como dato erudito, pues Martínez Estrada no creía en las generaciones literarias; tampoco yo. Hay autores, libros, lectores, al cabo del tiempo no queda otra cosa. Por lo general, la idea de “generación” es una invención posterior que reduce la riqueza y el esplendor –o la pobreza– del mundo de las ideas a categorías cuantificables o administrables. O bien son autoatribuciones de personas o entidades grupales no tan distintas de las que se configuran en ámbitos políticos o en los del entretenimiento, y en tanto autoatribuciones hay que analizarlas. No creo que él se sintiera partícipe de una generación. Era un hombre un poco huraño que seguía el ritmo de sus propias cavilaciones, de sus propias obsesiones: no marchaba al mismo paso de los demás y se sentía ajeno a las rencillas de supuestos enemigos que quizá compartían el mismo campo de pastoreo.

¿Hay algún tipo de similitud con alguna figura de su tiempo? Por ejemplo, Borges, al que recuperás hablando favorablemente de Martínez Estrada.

–Tanto a él como a Borges sólo les importaba lo que leían, no lo que era obligatorio leer. La lectura los conducía hacia enramadas extrañas, laterales, o bien descentradas. No apreciaban a los ideólogos, no creían en manifiestos de época ni en crear escuelas de interpretación. Y ambos trascendieron a sus épocas, una suerte que suele serles esquiva a los escritores. Es cierto que Ezequiel Martínez Estrada ganó el Premio Nacional de Literatura en 1933 por su obra poética, pero justo en ese momento abandona la poesía. Eso parece contraintuitivo. Una persona que es realzada a lo más alto de la escena intelectual por sus pares sin embargo decide, en ese mismo momento, prescindir de su mejor instrumento. Ya estaba obsesionado con el destino del país. Había visionado o previsto los dramas posteriores que recaerían sobre la nación y prefirió dejar advertencia de ello en forma ensayística, con aliento de prosa poética, claro, pero la urgencia vital lo desplazó hacia una forma que yo describiría como ensayo de hostigamiento, o de acoso, o sea, de fustigación y revelación para desbaratar lo que él consideraba el falseamiento de la historia nacional. Insistió mucho en la incapacidad de los argentinos de aceptar lo que eran, trataba de cerrarles el túnel de fuga, o sea, las piruetas políticas y culturales.

En el libro se destaca mucho la formación autodidacta de Martínez Estrada, alguien que no vino de un lugar de privilegio y que trabajó toda su vida como empleado del Correo Argentino. ¿Por qué te parece tan importante esta característica?

–De principio a fin Martínez Estrada fue un autodidacta, un pensador libre que construía unidades de problemas para él mismo en función de lecturas que no eran canónicas ni estaban en el aire de los tiempos. El autodidactismo es una tradición no siempre respetada ni comprendida y todavía poco estudiada, pero que ha forjado a muchísimos hombres de ideas en este país, comenzando por Domingo Faustino Sarmiento y siguiendo por quienes concurrían a los ateneos y bibliotecas anarquistas, sin olvidar a esos seres que se forman en librerías de viejo más que en las de novedades. El autodidacta construye su propio camino. Es, ante todo, un lector orientado por su propia curiosidad. Pero si sólo fuera por eso, Martínez Estrada hubiera sido uno más, y no lo fue, quizá porque su mente propendía hacia la paradoja, que es una fatalidad feliz más que un método. No el pensamiento lineal, sino los actos de pensamiento que nacen súbitamente en torno de antinomias irresolubles, lo que él llamaba “conclusiones sin antecedentes”, o bien “antipolos”. Tenía una enorme cultura, sí, pero si algo espoleaba su malestar era el país en sí mismo, una piedra sulfurosa que no podía sacarse de encima, y al que también llamaba “Trapalanda”, un mundo de ficción, como esas ciudades doradas que los conquistadores no encontraron jamás.

¿Qué encontró Martínez Estrada en el peronismo que respondiera a las indagaciones que lo habían llevado anteriormente a la historia argentina, a las características de la Pampa, o a la grandilocuencia espectral de Buenos Aires?

–Al revés de hombres públicos que lo precedieron, Martínez Estrada no mantenía la confianza de reconstruir el país en base a las bondades de una cultura urbana y civilizada que pudiera aplacar la barbarie. Creía que barbarie y civilización eran una misma cosa, una alianza, como una hélice que gira sobre sí misma. Por lo tanto interpretaba la historia del país, particularmente la del siglo XX, no en función de opuestos, uno mejor que el otro, sino de una especie de dominante pretérito que seguía activo, lo que él llamaba “invariante histórico”. Argentina le resultaba una cruza endemoniada entre incivilidad y retóricas culturales bienintencionadas, a las cuales sospechaba menos resultado de la forma de vivir que copias de lo que afuera, en ultramar, se producía mejor, si es que no se trataba de un campo de maniobras en donde la cosmética triunfaba sobre la relación entre cultura y habitante. En este sentido, el peronismo, para él, era previo a Perón, un suceso que iba a sobrevivir incluso a la defunción del peronismo. Creo que lo dice en un momento, en 1955: “Tenemos preperonismo, peronismo y posperonismo para unos cien años más”. Decía que el peronismo era un brote de los problemas irresueltos de la historia argentina, problemas asociados no sólo a la injusticia sino también a la proclividad a idealizar el pasado en torno de buenos o malos, o bien a darle vuelta la cara, porque nunca fue agradable. El siglo XIX fue época de degüellos, de destrucción de formas de vida, de robo de territorios, y es sorprendente darse cuenta de hasta qué punto ciertas matanzas fueron absorbidas por el sistema político argentino con notoria facilidad. El caso de la así llamada Semana Trágica en 1919, que supuso quizás hasta 1300 muertos, o el de las matanzas de obreros rurales en la Patagonia. Como si en este país hubiera una fosa permanentemente abierta donde arrojar los malos recuerdos. Su libro ¿Qué es esto?, por otra parte, siempre fue leído como un alegato contra el peronismo, pero yo lo leo exactamente al revés, como un elogio enloquecido y blasfemo al peronismo. Lo rechaza, pero con vehemencia fascinada, en erógena conectividad. Si se raspa un poco el vituperio y la fogosidad con la que Martínez Estrada trata a Perón, el lector se va a encontrar con una nítida comprensión de las transformaciones que el peronismo dejó en su momento. Por lo demás, después del derrocamiento de Perón, Martínez Estrada reconsideró, no diría favorablemente, pero mucho más benévolamente al peronismo. En particular, eso le atrajo el rechazo entre sus conocidos liberales, la incomprensión entre los peronistas, y la confusión entre gente de izquierda. Quedó en oscilación, en una tercera posición, quizá libertaria, para poder comprender la emergencia histórica del peronismo. Lo que previó también es que el peronismo no iba a desaparecer por golpe de Estado, que iba a subsistir en sucesivas metamorfosis, porque los primeros gobiernos de Perón habían logrado reelaborar la mentalidad de la población, de modo que insistió en que la única forma de superar al peronismo era multiplicarlo en imaginación. Creo que esa percepción sigue siendo eminentemente actual: quien quiera superar al peronismo va a tener que producir más fantasía social que la del propio peronismo.

EL PELIGRO DEL METODO

El método ensayístico, esa lectura del detalle y el constante avance, el asedio ¿te parece que presenta una novedad para pensar el tema político, el tema cultural dentro de la tradición intelectual nacional?

–Quizá pueda hacerse una historia de las letras argentinas convocando una constelación de autores que podríamos llamar “descentrados”. No todo es, por un lado, nacionalismo y, por el otro, liberalismo o izquierdismo, ni tampoco formalismo, experimentación, vanguardia o malditismo. En el caso de Martínez Estrada, creo que fue mucho más influenciado por las obras de Balzac, de Kafka y de Nietzsche que por las de Georg Simmel. De Nietzsche toma la idea de que las leyes que rigen al mundo son demoníacas. De Kafka asume la convicción de que la forma del mundo es la del laberinto, no la del teorema lógico. Y de Balzac aprende que la codicia es la fuerza erógena que tiene la más poderosa influencia sobre la conducta de los seres humanos. Estrictamente, Martínez Estrada entendía la mente como un órgano del tacto, no del pensamiento lógico. Haya sido en su libro líricamente áspero sobre la ciudad de Buenos Aires, en su inmersión a la vez erudita y alucinada en el mundo aparentemente ido de la gauchesca, en su relevamiento conmovido de las obras de Guillermo Enrique Hudson, lo que a él le importaba era aproximarse intuitivamente a los problemas que encaraba. La palabra “intuición” siempre ha tenido mala prensa en la historia del pensamiento, donde desde siempre han abundado las metáforas solares y luminosas, desde la caverna de Platón hasta la filosofía de las “luces”, o bien los objetivos explícitos de los sucesivos paradigmas de la ciencia moderna. Está ausente una historia de las metáforas lunares en la historia del pensamiento, que sin duda no fueron predominantes. En ese sentido, Martínez Estrada tenía más de pensador lunar que de pensador solar, no ya porque a eso tendía su alma atormentada, sino porque absorbía de la historia del pensamiento ideas y autores más bien nocturnos, y porque además contemplaba a la historia como un teatro de sombras espectral, al cual sólo se puede revisitar con el alma en pena, chapoteando entre lágrimas, interrogándolo con anatemas desesperados y con una inmensa e impotente piedad. A su método yo lo llamaría trágico, si es que se puede decir que hubo un método en él.

Hubo una fuerte influencia de la obra de Martínez Estrada en pensadores de mitad del siglo XX cuya obra también se proyecta en el presente, como sucede con los miembros de la revista Contorno. ¿Qué te parece que encontraron, en ese momento, en su figura?

–Martínez Estrada les importó, mucho. Respetaban su voluntad de denuncia de los males argentinos. No había sido, entonces, cómplice. Pero, al mismo tiempo, no podían hacer nada con él. Martínez Estrada no tenía recetas para ofrecer y ellos ansiaban una transformación política de la Argentina. Comprensiblemente, eran jóvenes y adelante estaba todo el porvenir. ¿Qué otra cosa podían proponer más que caminos de acción hacia el futuro para intentar cambiar el estado de situación? En tanto, Martínez Estrada era un escéptico, a lo sumo quería hacer saltar la historia por los aires, o incluso más, pretendía que los argentinos se miraran entre sí con ojos de Lázaro resucitado y se sintieran alelados y aterrados de lo que había sido hasta ese momento toda su historia. Azuzaba al país a encontrar su momento catártico. Inevitablemente, las personas que quieren cambiar la historia, crearla más que descrearla, necesitan de esquemas conducentes. Por lo demás, hay algo en común entre Martínez Estrada y los fundadores de Contorno, la necesidad de hacer una historia política de la literatura o, mejor dicho, de cavilar cuál había sido la relación entre los escritores y la historia argentina. Coinciden en eso y en ese momento histórico. Ahora, la lectura de Contorno sobre Martínez Estrada es ambigua por esas mismas razones. Pero es evidente que comprendieron el valor inmenso de la obra de Martínez Estrada. No sé si pudieron hacer algo con ella.

Se le suele achacar a Martínez Estrada una lectura pegada a cierto misticismo o espiritualismo. ¿Qué pensás de ese tipo de crítica?

–Son descalificaciones cuya función es la autoprotección. Martínez Estrada no era un espiritualista, era un materialista demoníaco, es decir, un desmitificador que no dejaba de considerar al ser humano, ante todo, como espíritu somático, y eso no se contradecía con el hecho de que dedicara buena parte de su obra a estudiar los dramas argentinos como problemas históricos y sociológicos. Pero a nadie le agrada que le pinchen los mitos, o las ficciones, esas que permiten sostener una escena histórica en un momento dado. Hasta que, claro, el país ingresa en épocas de crisis o en estado de disolución, y todos se despiertan sorprendidos pero nadie asume responsabilidades. En fin, la normalidad. La cuestión es que su voluntad de desmitificación de los relatos argentinos era dicha con suma impaciencia, con exasperación, con tono de aguafiestas. A Martínez Estrada no le interesaban los consensos que provienen de una previa repartición de las posiciones en disputa. No, él era de los que pateaban el tablero, para luego contemplarlo con absorta, y quizá fascinada, curiosidad. Pero también con el alma en estado de lamento.

La amargura metódica
Christian Ferrer
Sudamericana
624 páginas

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Imagen: Xavier Martín
 
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