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Domingo, 1 de febrero de 2015

IMITANDO A DIOS

Los viajeros de la noche, de Helene Wecker, sorprende por ser una primera novela muy elaborada en su imaginario y documentada en la reconstrucción de la ciudad de Nueva York de finales del siglo XIX. Un original cruce entre realismo y fantástico que no desdeña una reflexión teológica que no habría dejado de capturar el interés de Borges.

 Por Mara Laporte

Mostrar con propiedad un desatino. En cinco palabras y hace ya seis siglos, un Miguel de Cervantes transformado en personaje de sí mismo –aquel “raro inventor” del memorable Viaje del Parnaso– se permitía definir la aspiración última de su propio quehacer literario. Mucho después llegaría la narratología moderna para reformular el concepto aristotélico de verosimilitud y sus matices; sin embargo, es probable que pocas definiciones de lo verosímil hayan logrado superar en todo este tiempo a la antigua sentencia cervantina. Generar la ilusión de realidad, dar crédito a un relato que se sabe ficticio desde el comienzo: he ahí la esencia de la buena ficción literaria y la base de todo pacto narrativo entre autor, lector e historia.

No lo tenía fácil Helene Wecker para sostener semejante pacto de confianza, teniendo en cuenta la propuesta argumental de Los viajeros de la noche, su primera novela. Porque lo que esta joven escritora de Chicago propone, sacudiéndose las seguridades autorreferenciales en las que suelen refugiarse gran parte de los debuts literarios, es una apuesta atípica y casi imposible: narrar las aventuras y desventuras de dos seres sobrenaturales –una golem y un genio– en el Nueva York de finales del siglo XIX. La pregunta –el prejuicio lector, tal vez– surge de inmediato: ¿cómo se construye una historia verosímil a partir de las vicisitudes de una mujer de arcilla creada por un cabalista y un genio de fuego proveniente del desierto sirio que accidentalmente convergen en las calles neoyorquinas? ¿De qué manera y en qué tono se genera un universo literario en el que se entrecruzan y conviven personajes de la mitología árabe y judía en un escenario tan occidental y urbano como el Nueva York de 1899? La respuesta es una sólida e inesperada novela que acabó finalista del John Leonard Prize, se tradujo a más de quince idiomas, y que en su versión en español cuenta con una excelente traducción de Margelí Bailo.

La historia, desarrollada en algo más de quinientas páginas, mantiene un interesante equilibrio entre ficción histórica, mitología popular, fábula sobrenatural y relato de amores contrariados, y es en esta hibridez genérica donde encuentra su fortaleza. Porque lo que la novela de Wecker viene a recordar, en una apuesta singular y arriesgada, es que la verosimilitud literaria responde a una realidad estética regida por sus propias leyes y que la mejor ficción no es la que imita a la verdad sino la que mejor construye el artificio de otras verdades posibles.

Los viajeros de la noche (The Golem and the Jinni en su versión original) es un relato de seres dolientes, encabezado por Chava, una golem construida en arcilla por un sombrío personaje, y Ahmad, un genio del siglo VII que atravesó los siglos y los continentes hasta llegar al Nuevo Mundo. Ella tendrá que lidiar con su habilidad de escuchar los pensamientos de los demás y con su impulso natural por satisfacer los deseos ajenos, y él, ser de fuego habituado a vivir bajo una forma etérea invisible a la mirada humana, tendrá que asumir la prisión de su entidad corpórea en su vida ciudadana. A los dos los acompaña un elenco de variopintos personajes, complejos y profundamente elaborados, que entretejen sus existencias aliviándose o dañándose unos a otros. Rabinos, artesanos, jóvenes de la aristocracia local, vendedores ambulantes o hábiles comerciantes de Medio Oriente, nadie está por casualidad en esta historia. En torno de cada uno de ellos va abriendo Wecker nuevas subtramas y universos que acaban construyendo un entramado de notable eficacia narrativa, una suerte de fusión posmoderna entre las Mil y una Noches y cualquier viejo cuento de tradición judía. Cada uno de estos personajes parece recorrer la novela transitando por tres acciones básicas: crear, deambular, buscar. Y todos convergen por azar o desesperación en una Nueva York de fin de siglo que crece a ritmo vertiginoso al pulso de millones de inmigrantes que llegan a Ellis Island como a la nueva Tierra Prometida. La reconstrucción de esa Nueva York finisecular –con su barrio judío, su Little Siria, los barrios ricos, el Central Park– es tan minuciosa en los detalles y tan plástica en las imágenes visuales que la ciudad se vuelve un personaje más. Y es desde esa lente expresionista que se invita también al lector, siguiendo las escapadas nocturnas de los protagonistas, a adentrarse en esa otra dimensión urbana y marginal que es la vida sobre los tejados neoyorquinos. Desde allí la golem y el genio otean la ciudad y reflexionan sobre sus vidas. Imposible no recordar al Barón Rampante de Calvino en estos pasajes. Porque esta es también una historia de perspectivas y distancias, de ese otro lado desde el cual la sociedad y el otro son mirados y nos miran. Y si la reconstrucción del escenario neoyorquino y estos momentos de escape refrescan la lectura –también está salpicada la historia de flashbacks narrativos hacia el desierto originario del protagonista–, la construcción del personaje de la golem es uno de los mayores hallazgos de esta novela. Es a través de esta mujer de arcilla (golem deriva del hebreo guélem, “materia”) que la novela plantea una reflexión teológica. Porque un golem es la representación primitiva más tangible de la imitatio Dei. La idea previa al soplo primigenio del Génesis y del Talmud, sucesivamente reinterpretada en el tiempo. Meyrink en su novela El Golem, Borges de manera obsesiva en su poema homónimo, artículos varios y conferencias, entre otros, reformularon esta imagen de criatura creada por un hombre que juega a ser Dios para redimirse. “Adán fue el primer golem”, reflexionó Borges alguna vez. Y la figura vuelve en la novela de Wecker en un personaje con una enorme riqueza simbólica –una golem femenina muy humanizada, en este caso– que pone en jaque desde su despojada lógica las dicotomías religiosas, éticas y filosóficas de la sociedad que la rodea.

Los viajeros de la noche. Helene Wecker Tusquets Editores 508 páginas

Crear, deambular y buscar, como si la redención se alcanzara a través del peregrinaje. Los viajeros de la noche atraviesan una historia de límites difusos en la que lo fantástico deviene cotidiano y la magia se acepta sin reticencias.

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