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Domingo, 2 de agosto de 2015

AQUÍ YACE UNA AMANTE

Mucho se ha escrito sobre la pareja más emblemática del mito trágico asociado a la poesía en el siglo XX, la de Sylvia Plath y Ted Hughes. Y también, a instancias de los seguidores del poeta, mucho se ha silenciado y omitido de lo que rodeó esa relación. Una figura, tercera en discordia, mujer brillante y compleja de su tiempo, emerge del silencio y de tantas omisiones: la de Assia Wevill. Amante de Hughes, autora de unos escasos poemas (a juzgar por lo que se encontró), icono cosmopolita, traductora y brillante publicitaria, también sucumbió al destino trágico de Plath, suicidándose junto a su pequeña hija. La biografía de los periodistas Yehuda Koren y Eilat Negev, que acaba de distribuir Circe en Argentina, reconstruye esta increíble y angustiosa historia que, además de dar cuenta de unos derroteros individuales, marca el difícil tránsito de las mujeres entre el final de los años ’50 y la entrada en los ’60, un desajuste que muchas pagaron con la desolación, la enfermedad mental y la muerte.

 Por Mariana Enriquez

El 11 de febrero de 1963, la enfermera que ayudaba a Sylvia Plath no tuvo respuesta cuando tocó el timbre del departamento de la poeta, el número 23 de Fitzroy Road. Habían sido meses difíciles para Sylvia: desde septiembre del año anterior estaba separada de Ted Hughes, tomaba antidepresivos indicados por su médico John Horder –el mismo que había recomendado la asistencia de una enfermera– y vivía en un estado muy vulnerable con sus dos hijos, Frieda, de dos años, y Nicholas, de nueve meses. El invierno londinense había sido el más frío en años, se congelaban las cañerías, los chicos se enfermaban. Ella, a pesar de todo, escribía con furor los 26 poemas que luego se editarían de forma póstuma en el libro Ariel.

La enfermera pidió ayuda a un obrero que trabajaba en el edificio y cuando pudieron entrar al departamento, encontraron a Sylvia muerta, arrodillada frente a la cocina, con la cabeza dentro del horno, intoxicada de monóxido de carbono. Los chicos estaban en la habitación de al lado, aislados del gas venenoso por toallas y trapos mojados, con vasos de leche que posiblemente nunca hubiesen llegado a beber: eran demasiado chicos.

La escena, patética y desoladora, es el inicio de uno de los mayores mitos trágicos de la segunda mitad del siglo XX. Se escribió muchísimo sobre la pareja desgraciada, sobre la censura que ejerció Ted Hughes sobre los diarios de Sylvia –supuestamente para proteger a sus hijos–, sobre él como villano y sobre ella como una mujer genial y depresiva que no pudo ser salvada; desde el excelente estudio sobre el suicidio El dios salvaje de Al Alvarez hasta La mujer en silencio de Janet Malcolm, pasando por Her Husband: A Marriage de Diane Middlebrook, que intenta cierta compasión hacia el muy demonizado Hughes. Incluso Hughes publicó un libro sobre su Sylvia Plath, el fabuloso volumen Cartas de cumpleaños (1998), la colección de poemas editada de forma póstuma, donde disecciona cada aspecto de la relación.

Pero nadie escribió, durante todos estos años, sobre la otra mujer. Sylvia Plath supo, en julio de 1962, que Ted Hughes la engañaba y, para agregar humillación a la situación, que la amante era una amiga de la pareja, la esposa del poeta David Wevill, Assia Guttman. Una mujer fascinante, hermosa, mundana, fashionista, que había crecido en Alemania y Palestina, que trabajaba en publicidad. Assia sería pareja de Hughes, con intermitencias, durante seis años; tuvieron una hija juntos, Shura. El 26 de marzo de 1969 también se suicidó usando el gas de la cocina pero, a diferencia de Plath, decidió matar también a su hija de 4 años. Ella tenía 41 y, como Sylvia, estaba distanciada de Ted cuando tomó la decisión de terminar con su vida.

A pesar de la tenebrosa similitud (con el agregado del infanticidio), a pesar de que Assia Wevill era una mujer interesantísima, fue borrada de la historia. Esa extraña supresión acaba de ser reparada con la biografía Assia Wevill de Yehuda Koren y Eilat Negev que publicó Circe: por primera vez aparece en todas sus facetas esta mujer que durante tantos años estuvo estigmatizada como la seductora perversa, la diablesa responsable de la ruptura de la pareja de poetas más célebre del siglo XX.

UNA AMANTE DE LA SINRAZON

Ese es el subtítulo de la edición en inglés de Assia Wevill, una frase tomada del epitafio que Assia escribió para sí misma poco antes de su suicidio: “Aquí yace una amante de la sinrazón, y una exiliada”. Fue traductora, redactora publicitaria y ocasional poeta. Sobre todo fue una dandy: hizo de su vida, extraordinariamente accidentada, una peculiar obra de arte. Yehuda Koren y Eilat Negev, con un estilo seco y ligero, cuentan la vida de Assia con una idea guía: “Ella pone de manifiesto el potencial y las limitaciones de una mujer de mucho talento, espíritu independiente y grandes aspiraciones de mediados del siglo XX”. Como Sylvia, en alguna medida, Assia estaba corrida: atrapada por el rígido rol destinado a una mujer hasta los años 50, sacudida por el cambio de los 60, ni liberada ni sumisa, encarnó la bisagra. Para escribir su biografía, los periodistas Koren y Negev hicieron 70 entrevistas, incluso una muy extensa con Ted Hughes, concedida en 1996: la primera en la que el Poeta Laureado habló de su pareja y madre de su hija muerta.

Pero su historia no comienza en Londres con Hughes, ni tampoco con su esposo David Wevill, el poeta de quien conservaría el apellido hasta el final. Su verdadero nombre era Assia Guttman. Había nacido en 1927 en Berlín, en una rica familia judía originaria de Ucrania. Su padre era médico pero prefería, antes que las guardias en hospitales, las fiestas y los viajes. Su madre era una enfermera alemana. En 1933, cuando Hitler fue nombrado canciller, Guttman y sus hijas –Assia tenía una hermana menor– estaban entre los 520 mil judíos que vivían en Alemania. Tres años después los Guttman decidieron emigrar; la familia no era religiosa, pero eso no importaba en la Alemania nazi. Tener una esposa alemana no ayudaba al doctor Guttman; de hecho, muchos esposos judíos se suicidaron en aquellos años, para liberar a sus mujeres. El 15 de mayo la familia huyó a Suiza, sin demasiados problemas.

En 1934 dejaron Europa y se instalaron en Tel Aviv. Vivían de manera humilde, a diferencia del confort disfrutado en Berlín, y con el deseo permanente de volver a Alemania. Assia creció con ese sentimiento de extranjería, de exilio. Pero en 1939 estalló la Segunda Guerra Mundial y cualquier plan de mudanza quedó pospuesto. Assia, mientras tanto, crecía. Fue enviada a un colegio bilingüe británico, con muchos hijos de millonarias familias árabes. Se iba consolidando su cosmopolitismo y también su belleza y su estilo; se paseaba con una revista Vogue bajo el brazo. Las chicas la admiraban. Los chicos la deseaban. Se enamoró de un soldado inglés pero, sobre todo, se enamoró de Inglaterra: no se sentía alemana pero tampoco israelí y, quizá inconscientemente, buscaba la patria de su imaginación. Consiguió una beca para la Escuela de Arte de Regent Street y en 1946, ya terminada la guerra, se mudó a Londres. Nunca volvería a Tel Aviv. La acompañaba una amiga, Mira Hamermesh que recuerda en Assia Wevill: “Era como una diosa, la reina de la fiesta y su atractivo no se debía tanto a su aspecto físico como a su personalidad. Daba la impresión de ser una criatura joven que lo tendría todo”. Amaba el arte, la ropa, la música clásica y la literatura.

Antes de conocer a Ted Hughes, Assia Wevill tuvo tres matrimonios: con John Steele, soldado –vivieron juntos primero en Londres, después en Canadá–; con el economista Richard Lipsey y finalmente con el poeta David Wevill, a quien conoció cuando él tenía 21 años y ella 28. Durante mucho tiempo fue su amante: Lipsey lo sabía y lo toleraba. Todos los hombres toleraron las infidelidades de Assia, su histrionismo, su crónica imposibilidad de dedicarse a las tareas domésticas. Todos excepto Ted Hugues.

Fue durante su casamiento con David Wevill cuando Assia consiguió trabajo en la agencia publicitaria Notley, famosa por contar con poetas e intelectuales entre sus empleados. Ella tenía un talento especial para esa industria incipiente y David era un poeta solicitado en los círculos literarios de Londres. Eran felices y ella se hacía famosa, por musa, por experimentada y por inteligente. De esa época sobreviven los dos únicos poemas de su autoría encontrados, “Magnificat” y “Winter End, Hertfodshire”, que describe la lápida de un mendigo, su mujer y su hijo. Si hay más material escrito por Assia, no ha sido encontrado. David Wevill no lo posee y tampoco Ted Hughes que, según le explicaron Koren y Negev a The Guardian, llegó más lejos que con Sylvia en la destrucción de los papeles de Assia: “Cuando se abrió su archivo en la Universidad de Emory en Atlanta, Georgia, la presencia de Assia en su vida no existía en sus papeles: ninguna de las cartas que intercambiaron, ni las notas, ni las fotos ni los dibujos estaban ahí”. Lo que consiguieron los biógrafos lo obtuvieron de amigos y de la hermana de Assia, custodia de lo queda de su memoria.

LA MIRADA DE UN DIABLO

TED HUGHES, ASSIA WEVILL Y FRIEDA, LA HIJA DE SYLVIA PLATH EN 1963.

Como si agregarle exotismo a su vida fuera una profesión, Assia se mudó con David Wevill a Mandalay, Birmania; él había sido contratado para dar clases en la Universidad. Cuando regresaron, en 1961, ella extrañaba el clima y la belleza del sudeste asiático pero encontró consuelo en el trabajo: era una excelente redactora publicitaria. Dice en Assia Wevill su jefa en Colman, Prentince y Varley (los Mad Men británicos, los que vieron nacer y le dieron lenguaje a la sociedad de consumo europea): “Era impredecible, informal, taimada, belicosa y mezquina, pero aún así me fascinaban sus ideas poco convencionales y a menudo descabelladas y estimulantes, una ventaja inestimable en la profesión”. En la agencia produjo un comercial inspirado en las películas de James Bond que se considera pionero, tanto por el gesto inédito de usar un personaje de cine como por el papel de las mujeres, que son las seductoras y las villanas.

Fue por esa época que Sylvia Plath y Ted Hughes decidieron subalquilar su departamento, el Nº 3 de Chalcot Square. Sylvia estaba embarazada de su segundo hijo. Assia y David buscaban departamento. Y como llevados por una extraña magia oscura, encontraron el que ofrecía la pareja de poetas. Lo alquilaron. Sylvia escribió en una carta a su madre: “la chica es una rusa alemana, con quien nos identificamos”. Assia le regaló a Sylvia una serpiente de madera, un objeto artesanal traído de Birmania. Las mujeres se llevaban bien; Sylvia estaba algo agobiada por los celos y la maternidad, Assia por su edad: a los 34 se sentía vieja y solía hablar de hacerse una cirugía estética. No tenía y nunca había querido tener hijos: siempre había decidido abortar sus embarazos. Los hombres también tenían una buena relación: David admiraba a Hughes, y Hughes consideraba a David un muy buen poeta.

Tan bien se llevaban que Plath y Hughes invitaron a los Wevill a pasar un fin de semana en su casa nueva en el campo: Court Green, en Devon. Ese fin de semana en el campo siempre se cuenta como el momento en que la seductora Lilith tentó al inocente Hughes, usando todas sus armas para arrancarlo de su tambaleante matrimonio. Pero, aseguran Koren y Negev, esa imagen demonizada mucho tiene que ver con el brutal poema “Soñadores” que Hughes incluyó en Cartas de cumpleaños, el único dedicado a Assia: “... Era un lobo de la Selva Negra, la hija de una bruja/ sacada de Grimm... ¿Quién era esta Lilith de abortos/ tocando el pelo de tus hijos/ con sus uñas pintadas en colores de tigre?/... Ella estaba ahí sentada/ con su mascarilla mojada de hollín/ con sedas de anaranjado ardiente y brazaletes de oro, / algo sucia en su misterio erótico/ Una alemana/ israelita rusa con la mirada de un demonio/ entre cortinas de mongol pelo negro/... Vi que la soñadora en ella/ se había enamorado del soñador en mí sin darse cuenta/ En aquel momento el soñador en mí/ se enamoró de ella y yo sí me di cuenta”.

En realidad, lo sucedido habría sido mucho menos espectacular.

“La afirmación de la atracción fatal también servía para exonerarlo de cualquier responsabilidad”, escriben Koren y Negev. David Wevill dio una entrevista a los autores y asegura que, si bien notó la atracción, no recuerda nada fulminante. Lo que desencadenó el desastre fue lo siguiente: Sylvia entró en la cocina cuando Ted y Assia estaban cocinando y salió perturbada. Después, en el camino de vuelta, “les dijimos adiós desde el tren”, cuenta Wevill, “y cuando nos quedamos solos en el compartimento, le pregunté a Assia: ‘¿Qué ha pasado con Sylvia? Ha cambiado por completo y ya no era tan amable’. Y ella respondió: ‘Ted me ha besado y Sylvia lo ha visto’. El apacible David Wevill agrega: ‘No me alarmé demasiado y no quise montar una escena. Se pueden producir coqueteos entre amigos. Me pareció que el beso había sorprendido a Assia y que no pasaría de allí”.

Pero pasó. En junio de 1962, Hughes fue a buscar a Assia a la agencia donde trabajaba. El sexo fue un detonante y una obsesión. Y a partir de ahí, lo habitual: Sylvia escuchó una conversación por teléfono y escribió el poema “Palabras oídas casualmente por teléfono” apenas dos días después del incidente. Assia le contaba a sus amigas que Ted era violento en la cama, un animal; que hacía cosas que David nunca había hecho. Le comentó a su compañero de trabajo Edward Lucie-Smith: “¿Sabes? En la cama huele como un carnicero”. Y no era sólo el sexo. Compartían gustos literarios. Se regalaban libros a diario. Se complementaban intelectualmente: Assia leía sus poemas y lo acompañaba a premios y cocteles, donde su presencia y gracia resultaban impactantes.

Pero todo llegaba al límite: David Wevill intentó suicidarse pero su desesperación no tuvo efecto en el romance entre Assia y Ted. En septiembre de 1962, Hughes le dedicó una crueldad final a Sylvia: viajaron juntos a Irlanda quizá con intenciones de estabilizar el matrimonio, pero el 19 ella quedó sola y abandonada en el puerto de Dublín: Hughes se había ido antes, ella lo esperaba en vano. “Al llegar a casa –escriben Koren y Negev–, encontró un telegrama con matasellos irlandés esperándola. Era de Ted: regresaría en un par de semanas, decía. Durante los siguientes quince días, Sylvia no tuvo ni idea de dónde se encontraba su marido.”

Ted estaba había escapado con Assia a España. Estaban de luna de miel.

LA OTRA, LA MISMA

La depresión de Sylvia se hizo una espiral; si bien su matrimonio no funcionaba bien desde antes de la aparición Assia, la culpó: “Plath estaba convencida de que el mayor encanto que tenía Assia para Ted era su infertilidad, consecuencia de tantos abortos. Ella, en cambio, lo intimidaba con su escritura y su maternidad”, escriben Koren y Negev. En noviembre de 1962 ya se había mudado al departamento donde se suicidaría. En cuanto a la infertilidad, se equivocaba: para febrero de 1963, Assia Wevill ya estaba embarazada de Ted Hughes.

Sylvia nunca llegó a saberlo.

Lo que pasó tras el suicidio de Plath y la actitud que, siguiendo los deseos de Hughes, asumió Assia, es terrorífico. Parece tomado de una opresiva película de Polanski, parece un deseo de autodestrucción deliberado que resulta incomprensible porque, hasta entonces, todo lo reconstruido de la vida de Assia Wevill la retrata como a una mujer independiente, arriesgada pero fría en los pasos a seguir en su vida. Como sea, ya que Sylvia había pagado muchos meses por adelantado de alquiler, Hughes decidió instalarse en el departamento de su esposa suicida con su amante. Assia leyó el manuscrito de Ariel y lo encontró “fascinante”. Leyó los diarios de Sylvia y se sorprendió ante las descripciones de sus batallas matrimoniales, que describió como “muy áridas”. Las impresiones de Assia son lo único que sobrevive del diario final de Plath, destruido por Hughes; Assia también menciona una novela inacabada de Sylvia, de la que jamás se hallaron rastros. Assia cuidaba de los huérfanos y trataba de contener a Ted, pero la sombra de la culpa la acosaba. Y también la imposibilidad de competir con la mujer muerta y ahora muda, que ya no era una rival. Recuerda en Assia Wevill Ruth Fainlight, amiga de Sylvia y esposa de Alan Sillitoe: “Assia y Ted eran dos seres humanos extraordinariamente hermosos en la flor de la vida, pero la postura encogida y la cabeza gacha de ambos empañaban todo el glamour. La mirada desviada y horrorizada, y la expresión destrozada de Adán y Eva recién expulsados del Paraíso”.

En marzo de 1963, Assia decidió abortar el hijo de Ted. Se recuperó de la intervención en la cama de Sylvia Plath. Había comenzado el mimetismo; su identificación con el fantasma. En su diario, lamentándose de haber abandonado a David Wevill, escribió: “¿Qué locura, qué compulsión sistemáticamente demencial me impulsó a sentenciarlo a estar solo y a sumirme a mí misma en este espeluznante laberinto de mezquinas y condenatorias furias de mediana edad, con Sylvia, mi predecesora, entre nuestras cabezas por la noche?”.

Los últimos años son un espejo demoníaco. Hughes lleva a Assia a Irlanda y hace con ella el mismo exacto viaje que había hecho con Sylvia cuando la abandonó. Llevó a Assia a vivir a Court Green, donde había comenzado el romance, con sus padres, dos personas mayores que la detestaban. Ella cuidaba a los hijos de la mujer suicida y pronto a Shura, la hija que finalmente concibió con Ted. Y escribía en su diario líneas terribles: “Sylvia está creciendo en él, enorme y espléndida. Yo me encojo cada día, mordisqueada por ambos. Me comen”. O: “Estoy atrayendo sobre mí la catástrofe de Sylvia. Con la enorme diferencia de que ella tenía un millón de veces más talento que yo”. Ted, además, se convertía en un tirano doméstico. Le hacía listas sobre lo que debía limpiar en la casa y cómo debía comportarse. (Sus apológos sostienen que sólo pretendía acomodar la dejadez y los caprichos de Assia). Durante el desayuno le decía cosas como: “¿Te has parado a pensar en lo rica que serías si hubieras cobrado una libra cada vez que has hecho el amor?”. Ted dudaba sobre si Shura era su hija o la de David Wevill. Nunca la reconoció ni la mencionaba en sus cartas o a sus amigos.

Assia se sentía acorralada y afirmaba que no podría soportar una vida de madre soltera a su edad. En 1967, Ted decidió que ya no vivirían juntos. Ella le escribió una carta. Decía: “Me asusta el poder que tienes sobre mí”. El no la escuchó, aunque la carta culminaba con el dibujo de un pájaro negro, muerto. Assia empezó a lanzar ultimatums. Le escribió a su hermana, para que la acompañara, porque tenía miedo. En 1968 escribió su testamento. Le dejó pertenencias a Frieda y Nicholas, pero nada a Ted salvo “mi amargo desdén”. Ni siquiera encontraba consuelo en las magníficas reseñas de su traducción de los poemas del poeta israelí Yehuda Amijai: un libro que podría haber significado una nueva vida para ella, que manejaba al menos cuatro idiomas. Hughes, mientras tanto, ya tenía otra amante: Carol, veinte años menor que él; lo acompañaría hasta su muerte.

Assia Wevill se suicidó el 23 de marzo de 1969 después de una discusión con Hughes. Ya tenía la decisión tomada: le había escrito cartas suicidas a Ted y a su padre. La dirigida a Ted ha desaparecido.

Además de usar monóxido de carbono de la cocina, Assia tomó una importante dosis de somníferos. Se acostó en el suelo de la cocina abrazada a su hija. La encontró la niñera. En su diario Assia había escrito: “El me ha dado su veredicto: ejecútate a ti y a tu pequeña de forma eficiente”.

La prensa no mencionó el suicidio. Tampoco había salido publicada la noticia del de Sylvia Plath. Ted se deshizo de las cosas de Assia y se las mandó a su hermana, que vivía en Montreal. La mayoría de sus objetos, como su valiosa colección de netsuke y sus cuadros, se han perdido.

Koren y Negev admiten que, más allá de esa entrevista en 1996 con Hughes, el comienzo de la investigación arrancó en 2003, cuando Carol Hughes, la viuda del poeta, vendió los seis mil libros de la biblioteca de su marido y allí de repente apareció Assia: casi cien ejemplares eran regalos de ella, dedicados. Antes, en 1990, Hughes había escrito un poemario sobre Assia, Capriccio, pero en una edición limitada de cincuenta ejemplares. En “The Locket”, decía: “Tu muerte/ Estaba tan completamente en tu poder/ Fue como si la atraparas/ Quizá dándole/ Una parte tuya, para alimentarla/ Ahora era tu mascota/ tu animal familiar. ¡Pero quién más la hubiese amamantado/ en un relicario, entre tus pechos!”. Si bien es obvio y sabido que los poemas de Capriccio son para Assia, Hughes nunca la menciona por su nombre.

Assia Wevill. Yehuda Koren y Eilat Negev Circe 434 páginas

El mayor mérito de Assia Wevill es iluminar con una investigación minuciosa –el libro incluye cuarenta páginas de fuentes, incluyendo entrevistas a la hermana de Assia, a Ted y Olwyn Hughes y a los tres maridos de Assia– a esta compleja mujer negada, atrapada en una situación imposible de la que no supo, no pudo o no quiso salir; a esta mujer que desapareció. Y también revelar de manera oblicua una época particularmente tensa en la vida de las mujeres independientes del mundo occidental, atrapadas entre el mandato de un mundo ya viejo y la dificultad de adaptarse a los nuevos roles femeninos. Los autores, sin embargo, se lamentan de que, en los años de entrevistas, “los miembros de la familia, los amigos y el mundo académico siguen protegiendo a Ted y se refieren a Shura como la hija ‘de ella’, no de ‘de ellos’ o ‘de él’. A Shura aún no se la ha reconocido”.

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ASSIA EN MANDALAY, BIRMANIA, 1960.
 
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