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Domingo, 6 de septiembre de 2015

SALVE, MONTALBANO

El personaje nació un poco de casualidad, como hijo tardío de un escritor que ya llevaba en su haber varios libros “serios” y que, un día, publicó La temporada de caza, una novela sobre su Sicilia natal, en un pueblo llamado imaginariamente Vigata. Finalmente, Andrea Camilleri ubicó en el mismo Vigata a su comisario Salvo Montalbano, hijo dilecto de la Sicilia campesina. Ahora Salamandra publica en un solo volumen las tres novelas publicadas entre 1994 y 1996, o sea, los tres primeros casos de Montalbano: La forma del agua, El perro de terracota y El ladrón de meriendas. Una introducción irresistible a un autor que sin proponérselo, renovó el género manteniéndose fiel a su tierra y singularizándose en la oleada internacional de novela negra que invade el planeta.

 Por Sergio Kiernan

Que nadie le diga a un escritor que el éxito llegó demasiado tarde, que la fama lo agarró con canas, que las liras entraron cuando ya estaba pensando en la jubilación. Andrea Camilleri se ganó la vida en el teatro y en la RAI, escribió muchos libros que no vendieron tanto y a los casi setenta años ya se había tallado esa cara encabronada que sólo un siciliano. Y entonces un éxito literario y luego uno comercial le cambiaron todo, lo tradujeron a decenas de idiomas y hasta le dieron una tribuna desde la que hacer algo realmente difícil en italiano: hablar bien de Sicilia, decir que es un lugar en el mundo que vale la pena. Lo hizo con un policial profundamente original y también provinciano que casi, casi, inventa un género. No es noir, no es deductivo, no es posmoderno ni refinado: la serie del inspector Montalbano puede ser definida como fundadora del relato policial costumbrista, mucho más interesado en el lenguaje cotidiano, la cabeza dura de los campesinos, la culinaria y los refranes que en resolver quién es el asesino. Con este policía de pago chico, resulta mucho más fascinante la tensión sexual y las broncas de clase que la solución del misterio.

El siciliano

Camilleri nació al sur de su isla sureña, en un pueblo con el inolvidable nombre de Porto Empedocle, en 1925, lo que matemáticamente le hizo pasar su infancia y adolescencia en el fascismo. Su último año de secundaria, 1943, fue una entrada al caos y, como escribió tanto después, a la libertad. Italia había efectivamente perdido la guerra, los Aliados le habían sacado su última colonia, Mussolini estaba por caer y Patton estaba bombardeando la costa siciliana preparando la invasión. El desorden era tal que hasta se podía mostrar alegría por lo que pasaba, y el pibe Camilleri recibió su diploma sin exámenes finales: los profesores se habían escapado al interior, estaban en la resistencia o los habían reclutado.

Todo esto, de paso, es la geografía afectiva y real de El perro de terracota, la segunda novela del tomo que Salamandra acaba de publicar en castellano, Los casos de Montalbano, reuniendo las primeras tres historias del inspector. Una es la algo insegura pero fascinante La forma del agua, el invento de personaje, locaciones y estilo. La segunda, la del perro, es la aparición del formato en su manera definitiva, y la tercera es un tejido social pocas veces más logrado, o al menos en forma sencilla. El mundo del detective Salvo Montalbano es el de la infancia de Camilleri.

Pero antes de escribir, el siciliano tuvo que sobrevivir. Camilleri tiene más de un personaje de su edad que cuenta anécdotas de guerra o todavía se alegra de que la burocracia se olvidó de él, lo que significó salvarse de terminar congelado en Rusia, quemado en Libia o esclavizado en Alemania, nada menos. A principios de 1943, el padre de Andrea mandó a la familia al campo, a casa de parientes en Serradifalco, 55 kilómetros de la costa, de los bombardeos y los camisas negras que se hicieran ver. Pasaron los meses y un día “hubo un silencio” que se escuchaba hasta tierra adentro. Los alemanes se habían esfumado hacia el norte y los americanos avanzaban. Camilleri, 18 años cumplidos, agarró una bicicleta y empezó a pedalear cuesta abajo para ver si su padre estaba vivo. Hizo todo el camino en un día, esquivando tanques y saludando yanquis que, después de todo, venían a liberarlo.

En el camino vio algo que se le quemó en el cerebro: un soldado muerto, medio aplastado por un blindado, al que se le salían de un bolsillo unas cartas ya en su sobre y con el nombre y la dirección de una mujer. Camilleri las guardó pensando en mandarlas, pero se tentó de leerlas y descubrió que eran una larga acusación de infidelidad, una puteada en capítulos que no valía la pena despachar. Siguió pedaleando, llegó a Porto Empedocle, encontró a su padre lo más bien, se sintió hombre y se dejó robar la bicicleta, como un zonzo, mientras golpeaba a la puerta de un amigo.

Sicilia terminó siendo una batalla concentrada en el este de la isla y en evitar la evacuación de las divisiones alemanas, con lo que la vida volvió a una normalidad miserable bastante rápido. En 1944 Camilleri hace tres cosas fundantes para un pibe de 19: se inscribe en Letras, se afilia al Partido Comunista y publica cuentos y poesías que hasta se ganan un premio local. La primera decisión dura lo que un capricho, las otras toda la vida. Recién en 1948 va a encontrar una vocación en Roma, cuando estudia arte dramático con el gran teórico Silvio D’Amico y empieza a trabajar como guionista y asistente de dirección en la Italia que inventa el neorrealismo y explota culturalmente. Son años de Pirandello, Ionesco, Eliot y Beckett, de freelance en Cinecittà, de casarse y empezar a tener hijas, de acercarse al nuevo medio de la televisión. Camilleri siente fuerte el localismo pedantón de los romanos, el gusto del Norte contra el Sur que ni la Unión Europea parece moderar. El, que viene de una tierra yerma y dura, una Castilla insular, se planta en la lealtad a los suyos, una decisión que marcaría su obra de un modo peculiar.

Es en la televisión que aparece el primer detective en la saga Camilleri. El joven director y guionista se presenta a concurso en la RAI –la TV pública era una suerte de ministerio y sus empleados eran funcionarios– lo gana cómodo por méritos y lo pierde por comunista. El conchabo permanente le llegará algunos años después, cuando la Democracia Cristiana se sienta más segura y menos macartista. Mientras, sigue trabajando para el “ministerio”, como productor y guionista de dos exitazos tempranos. Uno es una tontera llamada El Teniente Sheridan, la otra es la adaptación de los libros del Inspector Maigret para una serie que amenazó ser interminable. Hay partes del formato Maigret que le quedaron a Camilleri, de tanto leer y adaptar el original. Una es la normalidad y la falta de heroísmo personal del personaje, su reluctancia a la violencia y su tendencia a apoyarse en cierta intuición que sólo se obtiene con mucha, mucha calle. Maigret es algo deductivo, que por algo es un comisario de criminalística, pero el centro nunca es el misterio deductivo. Este toque de realismo, por supuesto, saca al personaje de la soledad de un Holmes o un Marlowe, lo pone en un equipo de policías y funcionarios, le da rivales y novias, jefes y politiquerías, formularios que llenar y reglas que seguir. Poco percibido, es también un modo de universalizar la historia policial, porque un Holmes es posible sólo en la Inglaterra post victoriana y un Marlowe en la California de posguerra, pero uno se olvida casi siempre de que Maigret es francés y de los años cincuenta. La percepción de Georges Simenon haría una rica carrera en muchas lenguas y culturas.

Nada de esto decanta en Camilleri por muchos años. De hecho, el productor y guionista busca arrancar una carrera literaria convencional con El curso de las cosas, escrito en 1968, publicado recién en 1978 y recibido con una indiferencia perfecta. En 1980, el hombre reincide con Un hilo de humo, y hace sapo otra vez. Ahí vienen doce años de silencio y un cambio que hizo toda la diferencia: con 66 cumplidos, Camilleri se siente jugado y simplemente se pone a escribir sobre lo que sabe, Sicilia. Se inventa un pueblo ficticio, Vigata, y se busca a la excepción a la regla, una de las editoriales más refinadas de Italia –lo que es decir mucho– que se llama Sellerio y tiene base siciliana. Es su editorial todavía, una que acostumbró a los fans a arreglárselas sin las señales convencionales del género porque los libros de Montalbano son idénticos a los de poesía, teatro o ficción, de tapa azul plomo, pequeña ventana con una pintura bella pero desconectada del interior, páginas de hermoso papel crema y una tipografía de autor. Para sorpresa general, este tercer libro, La temporada de caza, es un éxito de crítica y ventas que ya anda por los cien mil ejemplares. Camilleri se transforma en una maquinaria editorial, un autor de más de un libro por año, un jovato decidido a recuperar el tiempo perdido y decir mucho. Y ahí se le ocurre Montalbano.

El gran salto

La culpa es de Manuel Vázquez Montalbán y su Pepe Carvalho. Camilleri nunca explicó exactamente qué lo decidió de la obra del español, aunque se infiere que su uso de la geografía de Barcelona y su obsesión culinaria fueron parte. Pero la influencia no es ninguna deducción filológica, porque el italiano la cuenta a su manera en su segunda novela. Bien de arranque, el comisario Montalbano, que siempre lee policiales, reflexiona que en cuestión de gustos está más cerca de Maigret que de Carvalho, que “se llenaba de platos que le hubieran prendido fuego a la panza de un tiburón”. Montalbano hasta confiesa que le encanta el nombre del escritor, “la versión española del mío”.

Pero el personaje siciliano vive en la misma Vigata que ya había inventado Camilleri, un pueblo de la costa sur lejano de Palermo, cercano a la igualmente irrelevante pero mayor Montelusa y dominado por el campo más seco que se pueda pensar. Es el fin del mundo europeo, el balcón al Africa, el sur más sureño de Italia, un mundo desconfiado y cerrado que se quema al sol. Montalbano es nacido y criado, vecino de todos, amigo de la infancia de criminales y honestos, funcionarios y comerciantes, campesinos y farmacéuticos, y todo el tiempo termina teniendo una fuente en un caso porque alguien hizo la primaria en el banco atrás suyo. El personaje ni bucea, sino que simplemente vive en este universo: come lo más refinado que se pueda pensar en un bodegón del centro o una casilla de la costa, come en silencio para no distraerse y con vino porque así se hace, se cabronea de esa manera tan familiar para un argentino que se pasa enseguida de los gritos y las puteadas, y es capaz de hablar con cualquiera pero se siente más cómodo hablando con esa gente de campo ceremoniosa, sarmentosa y medio turuleca de vivir entre piedras al sol. Sus modales son notables.

Montalbano no es un estereotipo gracias a los detalles. Podría ser un comisario más resolviendo asesinatos, una figura lavada llevada por la actual ola del policial internacional, si no fuera por su raíz localista. Los libros fueron escritos en un siciliano light, entendible para los italianos pero que aceptan con justicia el diagnóstico de que “eso no es italiano” de, por ejemplo, la profesora Ada Nazzaro. Es un lenguaje fascinante que ayuda a revelar una pulsión de la isla, la completa desconfianza hacia la autoridad. Montalbano desconfía del juez, el juez del comisario, ambos de los Carabinieri, los Carabinieri de la policía criminal, los subordinados de los jefes, los civiles de los uniformados, y absolutamente todos del gobierno en cualquier lengua y nivel. Por algo existe la mafia, que en los libros de Camilleri se mueve como una fuerza exterior, una suerte de ministerio del crimen que raramente tiene la culpa de un asesinato extraño o impulsivo porque los “firma” y porque siempre son por negocios. Montalbano, mal que mal, habla con todos porque todos lo conocen y porque el anarquismo vital no llega a tanto: el comisario es un tipo de códigos que no manotea al primero que encuentra para cerrar el caso. Y una vez que alguien labura...

Agregar a la receta una novia norteña y neurótica a la que el comisario le es fiel pese a las muchas tentaciones, una vecina sueca putona y buena persona, un subcomisario mujeriego, un cabo retardado, un detective capaz y serio, un médico legista fullero y sardónico (un verdadero manual de palabrotas durísimas) y un fiscal de distrito culto y aristocrático terminan la receta. Montalbano es un mundo insular de gran riqueza, humoroso y sutil, un disfrute que hay que agradecer.

Los casos de Montalbano I
Las formas del agua
El perro de terracota
El ladrón de meriendas
Andrea Camilleri
Salamandra
606 páginas

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