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Domingo, 6 de septiembre de 2015

YA TIENE COMISARIO EL PUEBLO

 Por Sergio Kiernan

Salvo Montalbano, edad indefinida pero ni muy joven ni viejo, comisario del pueblo de Vigata, es a su manera una continuidad del robusto costumbrismo italiano. Un ejemplo es uno de los raros cuentos breves de Andrea Camilleri, “Gli arancini di Montalbano”, que mezcla el policial con líos sociales en un tono de género chico. La cosa empieza un 27 de diciembre, cuando el juez invita a su comisario favorito y amigo de la casa a pasar el 31 con ellos. Montalbano está por aceptar –su novia al norte tiene otros planes y la señora del juez tiene manos de ángel en la cocina– cuando le mencionan que también viene el dottore Lattes, un plomo paradigmático, un hombre que no para de hablar de trabajo y de pavadas. El comisario se excusa con toda la gracia posible, cuelga y tiene que atender a la signora Vasile-Cozzo, que ni cocina tan bien ni puede contener su vocación de casamentera. Corta y es el turno del intendente Burgio, que tiene fiesta en lo de la nieta. Montalbano huye a la oficina, sólo para encontrase con la invitación de su segundo Mimí Augello, soltero y aficionado a pasar las fiestas en restaurantes ruidosos. Como es el jefe, ni tiene que contestar: Augello se derrota solo, se va rezongando.

Por suerte, aparece una invitación que sí es irresistible. En casa espera una notita de Adelina, la mucama que es sistemáticamente comparada a un Bernini de la olla. Con mala gramática, invita al patrón a pasar año nuevo comiendo los arancini del título. La cosa es seria, Montalbano acepta enseguida y Camilleri hasta da la receta de estas increíbles croquetas de lechón, barrocas en su elaboración, imposibles de digerir, celestiales en su sabor. El único problema es que los dos hijos de Adelina son ladrones conocidos. ¿Estarán los dos libres? ¿No le arruinará él mismo la fiesta a la querida cocinera?

Por supuesto, es lo que ocurre, el mismo 31, cuando en la comisaría le dan la “novedad” de que Pasquale Cirrinció fue detenido por la escuadra móvil acusado de robar un supermercado el mismo día en que Montalbano recibía tantas invitaciones. El preso es interrogado por el policía, que lo conoce de jardín de infantes y, se implica, ya lo zafó de mil y una otras macanas. El muchacho se declara inocente y cuando le echan en cara la prueba indudable, su billetera con sus documentos encontrada a la puerta de la escena del crimen, se ríe amargamente. “¡Ahí la perdí! ¡Qué stronzo!” Como para cerrar el argumento explica que estaba cerca del supermercado, con amigos, planeando asaltarlo el 30 a la noche. Dos veces stronzo, por distraído y por demorado.

Montalbano está convencido y de hecho ya sabe a quién preguntarle quiénes robaron realmente el lugar. Un viejo ex convicto, ahora apacible vecino de Vigata, pasa el dato justo y hasta acepta pagar viejos favores haciendo una llamada anónima a la escuadra móvil. El resto es rutina, firmar papeles, sacar a Pasquale de la jaula y llevarlo a casa de su madre a comer los arancini. Con vino local, zíos y zías, auguri a medianoche y la más completa naturalidad en eso de que el comisario cene y festeje en casa de dos ladrones. Florencio Parravicini la habría filmado.

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