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Domingo, 3 de abril de 2016

JERKER ERIKSSON Y HåKAN AXLANDER SUNDQUIST

EL ÁRBOL DE LOS SUECOS

Con una trilogía oscura y bastante truculenta, plagada de casos de abusos sexuales y sadismo, los escandinavos Jerker Eriksson y Håkan Axlander Sundquist convirtieron a Erik Axl Sund –firma conjunta que suscribe la trilogía que compone Los rostros de Victoria Bergman– en un best seller inesperado, ampliando el umbral de la novela negra nórdica y sumándose a la crítica social al Estado de Bienestar, y sus consecuencias ocultas detrás de sus beneficios.

 Por Luciano Lahiteau

En un pasaje de Persona, la primera parte de la trilogía Los rostros de Victoria Bergman (Reservoir Books, 2015), la detective Jeannette Kihlberg rebusca en la biblioteca de su interlocutora, una psicoterapeuta con un pasado oscuro y una mente sádica y retorcida. “¿Así que te gusta Stig Larsson?”, pregunta la primera. “¿Cuál de los dos?”, retruca la segunda, “¿El malévolo o el bueno?”. “¿El malévolo, supongo?”, dice la otra, mostrando un ejemplar de Año nuevo, del novelista, poeta y dramaturgo Stig Larsson, que aún vive en Estocolmo. Este Larsson –cuya obra no ha salido de Suecia–, posee un instinto para la violencia psicológica y emocional comparable a la de los canónicos August Strindberg e Ingmar Bergman, según sus críticos coterráneos. Y tal vez sea con éste con quien se comparen más a gusto los autores de Persona.

Con solo una novela publicada, pero que ocupa tres libros, Erik Axl Sund ya ha sido catalogado como “maestro del thriller psicológico”. Como el malo de Stig, parecen disfrutar desollando los recovecos de la psiquis y la moral, llevando las cosas a un extremo inquietante: ¿Hay mal si no existe el peso social de la culpa? ¿Tiene la víctima otra salida que no sea convertirse en verdugo? Y como el bueno de Stieg Larsson, el fallecido autor de la saga Millennium, Jerker Eriksson (1974) y Håkan Axlander Sundquist (1965) se han ocupado de deshacer el mito sueco del Estado de Bienestar y paz social en su primera trilogía: los crímenes son sucios e impunes, la policía es inoperante y la justicia corrupta, las familias tipo son cáscaras vacías que promueven redes de pedofilia, las víctimas son niños inmigrantes que a nadie importan, y los victimarios, de tan sádicos, logran invisibilizar su inicial condición de víctimas.

Como en Millennium, aquí también hay una protagonista abusada y una investigación intrincada; una prosa seca y una atmósfera helada y plomiza, donde no parece haber héroes ni refugio físico o moral. Solo que esta vez, en el marco de una sociedad machista e individualista como la sueca, la intriga no reside tanto en los motivos de los crímenes o el desenmascaramiento de sus autores, sino en el grado de crueldad e inescrupulosidad que puedan alcanzar.

“Los suecos hemos sido muy hábiles a la hora de exportar la imagen de país idílico, así que en algún momento había que pinchar la burbuja”, explicó Håkan Axlander Sundquist al diario ABC, en ocasión de la primera publicación de Persona en español. Para entonces, mayo de 2015, la trilogía ya había vendido tres millones de ejemplares en Europa y todavía no se había publicado en el Reino Unido, adonde llegará en abril de este año bajo el título The Crow Girl y en su formato original: un novelón de más de mil quinientas páginas. “Era un solo libro y el editor lo convirtió en trilogía para evitar lo que veía como un suicidio comercial”, contó Sundquist a El País.

Eriksson y Sundquist tienden a justificar su sadismo narrativo en las noticias (“Al final, la mayor parte del material sale de los diarios”) o un estado de cosas que escapa incluso a las mentes creativas más oscuras (“El crimen debe ser real y sucio, porque así ocurre en la vida real”). Sin embargo, no resulta casual que Erik Axl Sund replique el éxito comercial de Henning Mankell o Stieg Larsson, cuyos policiales negros han convertido a Estocolmo en el centro del género. La capital sueca y su distrito de Gamla Stad, con sus islotes y canales diáfanos que albergan a un par de millones de personas, se han ensombrecido con las historias criminales de una generación de amantes del género negro que la tomaron como escenario. Como ha señalado el editor peruano Santiago Roncagliolo, los novelistas negros se han convertido en escritores nacionales que se proyectan globalmente a base de no cruzar sus fronteras, de mantenerse fieles a las preocupaciones de sus países.

“Por supuesto que nuestros libros contienen comentarios sociales y, en muchas formas, son una parte de la tradición del género negro nórdico –aceptan los autores–. Pero en algunas cosas difieren. Al principio, esta trilogía no era una novela policial. Era un experimento psicológico entre nosotros y eso posiblemente sea todavía visible en el texto”.

La escritura de Los rostros de Victoria Bergman se inició en 2008, a cuatro manos. En la misma habitación, los dos cerebros de Erik Axl Sund escribían como una supuración. Eriksson en azul, Sundquist en rojo, “y para los desacuerdos un verde horrible”. “Cuando consideramos que el texto estaba, lo cambiábamos al negro y entonces se convertía en algo que no podemos determinar quién lo escribió”, explicaron al portal Crime Fiction Lover. En aquel momento, Eriksson era bibliotecario en una cárcel y Sundquist, músico y estibador en Estocolmo. Juntos investigaron redes de trata que comerciaban niños soldados provenientes de Africa y crímenes sexuales de todo tipo, a lo que agregaron sus experiencias personales. Eriksson y Sundquist se conocieron en los noventa, cuando el primero producía a la banda punk del segundo, I Love You Baby!, con la que giraron por Polonia, Ucrania y Bielorrusia. Durante esos viajes nació la idea de hacer un tándem literario. “Ya habíamos hecho tantas cosas juntos: música, arte plástico, proyectos web y fílmicos. Así que escribir se veía naturalmente como el siguiente paso”, según relata Eriksson.

El sueco Pär Lagerkvist, el alemán Heinrich Böll, el soviético Mijaíl Bulgákov y los más contemporáneos Kurt Vonnegut y Paul Auster figuran en una constelación de influencias que incluye, en igual medida, a músicos como Lou Reed, Iggy Pop o Joey Ramone y bandas punk y new wave como The Fall, Television y New Order. Entre los antecedentes de escritura conjunta, habría que retroceder hasta las obras coescritas por Charles Dickens y Wilkie Collins, un redactor de la revista Household Words. Fueron cuatro años de connivencia autoral (1858-1862) para los números navideños de la publicación que dirigía Dickens, sociedad que retomaron en 1867 para escribir Callejón sin salida, una novela que entrecruza identidades perdidas y niñez traumática, como Persona. Para entonces, Collins ya había escrito historias de detectives y suspenso con un estilo complejo pero preciso, obras por las cuales se lo considera uno de los iniciadores del género policial. Su creciente dependencia del opio lo alejó de Dickens y dio lugar a Ghostly Wilkie, una escisión de su propia personalidad que comenzó a firmar por su cuenta.

“Nuestro referente es la vieja literatura. Las películas de Werner Herzog y Fassbinder. En resumen, mucha cultura alemana”, dicen Eriksson y Sundquist. De hecho, su prosa áspera, casi antipática, toma un ritmo cinematográfico en varios pasajes ambientados con rigor y guiados por diálogos férreos y cortantes. El recurso visual es estructural: muchos capítulos poseen el mismo título, que refieren a las partes de la ciudad donde se desarrolla la trama. Mientras tanto, ya escriben una nueva saga con un título –Suicidio y black metal– que promete más oscuridades.

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