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Domingo, 24 de abril de 2016

FEDERICO AXAT

EL CLUB DE LOS SUICIDAS

Presentada como un éxito editorial y un thriller psicológico, La última salida de Federico Axat satisface plenamente estas expectativas: dinámica y oscura, condensa las líneas más actuales del género negro con mucha acción y conspiraciones. Y también ofrece una ocasión de reflexionar en el cruce entre la literatura, el cine y los productos editoriales masivos.

 Por Federico Reggiani

Los géneros son, entre otras cosas, etiquetas. Voluntad adánica de los productores culturales que van por ahí escribiendo “policial”, “ciencia ficción”, “comedia romántica” sobre diversos objetos que en algunas ocasiones se encuentran hechos, pero que en otras se construyen ex profeso para recibir el honor mismo del etiquetado. A La última salida, la novela de Federico Axat, le ha tocado la etiqueta de thriller psicológico, así que nos ofrece psicópatas, psicólogos, confusiones entre la realidad y el delirio, amnesias selectivas, sorpresas de último momento, sangre, fuego y muerte.

Por una cuestión de cortesía, tanto para el lector como para el autor, no es posible contar con demasiado detalle la trama de un libro de este tipo, porque la preocupación por realizar giros violentos que cambian el sentido de lo que leímos está en el centro de los posibles placeres de la lectura, y comienza a exhibirse aún antes de llegar a la página cien. Digamos, sin alejarnos demasiado de lo que se adelanta en la contratapa, que todo comienza cuando Ted McKay, que está a punto de suicidarse, es interrumpido por un desconocido que le ofrece sumarse a una suerte de club de suicidas en cadena, a cambio de matar a alguien que se lo merece y escapó de la justicia. Luego, tendrá que matar a otro suicida y esperar su turno y así su familia sólo lo llorará como víctima de un asesinato. McKay visitará a su psicóloga, matará a sus hombres, soñará con una zarigueya ominosa. Cuando empezamos a imaginar una conspiración, descubrimos que todo lo que nos contaron empieza a derrumbarse, y las desconcertantes contradicciones del narrador se nos muestran como contradicciones en la percepción que los personajes tienen de la realidad.

La última salida, como es constitutivo del género, gira alrededor de la noción de verdad (¿quién miente? ¿qué es lo que verdaderamente pasó? ¿quién es el asesino?) y se organiza mediante la acumulación de misterios que se encadenan y son, finalmente, resueltos. En ese sentido, se puede notar la herencia de algunas series (Lost es la que usó y abusó del recurso con más regularidad) en el modo de trabajar con la intriga, que se desplaza al polo de la enunciación. No nos importa tanto lo que vaya a pasarle a los personajes, que son poco más que excusas de “psicología” previsible, sino lo que va a pasarle al relato. No nos preguntamos: “¿cómo sigue?” sino “¿cómo se las va a arreglar el autor para resolver semejante embrollo?”.

El riesgo de este tipo de construcción es el que suele acechar a las explicaciones: la decepción. No es novedad que la solución de un misterio suele ser inferior a su formulación. La habilidad con que se acumulan incongruencias en la primera parte de la novela está en el centro de la velocidad y el entusiasmo con que se lee. Cuando llega el momento en que los caminos abiertos empiezan a confluir todo se hace más lento, y no ayuda la acumulación de episodios psiquiátricos, flashbacks y traumas infantiles. La cultura de masas norteamericana actualmente no parece poder pensar un modo del Mal que no surja de algún tipo de abuso en la niñez ni otro dilema moral que el adulterio.

Como si fuera el autor de un thriller psicológico, acabo de insinuar un problema cuya solución será, sin dudas, decepcionante. ¿Por qué hablar de la cultura de masas norteamericana, si Federico Axat es un escritor argentino? Es que en esa cuestión está el principal interés, en tanto objeto cultural, de un libro argentino cuyos personajes viven en unos poco detallados Estados Unidos. No es eso en sí un problema, el nacionalismo es una pésima herramienta de lectura. Pero es sorprendente el nivel de obediencia a las tradiciones de un género, sobre todo en sus modos cinematográficos. No falta nada: ni las mujeres hermosas, ni la sala del hospital psiquiátrico y sus locos pintorescos, ni la subtrama amorosa, ni la caminata por un bosque sombrío, ni la fiesta universitaria en la casa de una hermandad, ni el incendio, ni la coda final después del climax de revelaciones y muertes. La prosa es plana, puesto que se ha ofrecido todo interés por la frase en el altar de la trama, y es indistinguible de una traducción, salvo por un adorable “como si lo hubiera parido” que se le ha escapado a los editores. El libro sólo se ha permitido un par de guiños (unas partidas de ajedrez realizadas en Buenos Aires, Borges leído en la universidad) que parecen distribuidos para que digamos “uy, dijo Argentina”.

Los reportajes al autor, las gacetillas, las solapas, insisten en el éxito editorial. Decenas de traducciones, la venta de los derechos para una superproducción de Hollywood. No es una sorpresa, la novela tiene con qué sostener un suceso semejante. Lo que quizás sorprenda, o permita reflexionar sobre cómo proyectan las grandes editoriales a sus lectores, es la falta absoluta de desvíos. La última salida es competente, sólida, casi siempre entretenida, pero nada le sobra, no tiene resto. Cualquier atisbo de indefinición en sus sentidos será rápidamente clausurado. Baste hacer dos subrayados, marginales pero sintomáticos: en la página 73, cuando un personaje muestra su desprecio por los latinos, el narrador se apura a aseverar que el protagonista no piensa así, que todos son descendientes de “inmigrantes en busca de oportunidades”, como si temiera que una sombra de ideologías dudosas recorra el libro. En la página 325, un personaje lee a Sylvia Plath, y el narrador tiene que aclarar de inmediato que fue “una autora local” (¿pero local de qué localidad?) y que “vivió gran parte de su vida deprimida y que se suicidó a los treinta años”. Como si temiera que sus lectores no puedan googlear o, sencillamente, no puedan seguir leyendo sin entenderlo todo.

La última salida. Federico Axat. Destino 447 páginas.

En el prólogo a su novela póstuma, La introducción, Fogwill detalló las tres instancias del sistema editorial: “la compra, la lectura, el olvido”. La última salida construye una maquinaria narrativa de una eficiencia extrema: su preocupación por no dejar ningún cabo suelto y no ofrecer ninguna frase inútil y ningún sobrante parecen apuntar a acelerar al máximo ese proceso.

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