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Domingo, 9 de noviembre de 2003

ENTREVISTA

Los racismos del mañana

Étienne Balibar, profesor de la Universidad de París X, discípulo de Louis Althusser, junto a quien coescribió en los ‘60 el clásico Para leer el Capital, estuvo en Buenos Aires invitado por el Centro FrancoArgentino de Altos Estudios, de la Universidad de Buenos Aires, para dictar un seminario de doctorado sobre los “racismos del futuro” (aunque indudablemente contemporáneos).

Por Verónica Gago

Militante del Partido Comunista durante dos décadas (‘61-’81), Étienne Balibar se ha dedicado en los últimos años a vincular las problemáticas de la nacionalidad, las migraciones y la crisis de la soberanía estatal. A esta línea de trabajo pertenecen los libros: Sanspapiers: el arcaísmo fatal, sobre los migrantes senegaleses y malasios sin papeles organizados en Francia; Derecho de ciudad, y el más conocido Raza, nación, clase. Las identidades ambiguas, coescrito con Immanuel Wallerstein.
¿Cómo se manifiesta el racismo hoy?
–Para muchos de nosotros la conciencia de la importancia del problema del racismo en las sociedades actuales nos llevó a buscar nuevas definiciones e interpretaciones de los aspectos contemporáneos del racismo, ligado, especialmente en Europa, al problema de las migraciones y la respuesta que ha dado el cuerpo social. La hostilidad hacia los inmigrantes es una forma típica del nacionalismo en épocas de crisis de las naciones.
¿Por qué, entonces, sería un racismo “posnacional”?
–En el sentido de que hace manifiesto la transnacionalización y la globalización de las causas y los efectos. Entonces, el migrante como figura más o menos típica, estereotipada, habría tomado el lugar de blancos típicos anteriores que fueron la base de las definiciones clásicas del racismo: el judío, el negro en regímenes de apartheid y poblaciones coloniales. Tomando progresivamente en cuenta otros aspectos de la coyuntura actual, en el marco de una economía global de la extrema violencia, me parece que hay otros fenómenos que son tan importantes como la migración.
¿Por ejemplo?
–La noción de racismo que utilizamos es una definición institucional que fue adoptada inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial por la ONU y la Unesco y que asocia las lecciones del nazismo, del antisemitismo nazi, de la colonización y la descolonización y de las luchas alrededor del problema de derechos civiles en América. Entonces, había tres grandes formas del racismo: el antisemitismo, el racismo colonial y la supremacía blanca (white supremacy) heredada de la esclavitud de los negros. Y todo esto fue combinado con una crítica de la idea misma de raza que había servido de varios modos a legitimar y justificar la exterminación de los judíos en el nazismo, la dominación colonial por la llamada superioridad de los países europeos sobre el resto del mundo y la discriminación racial en Estados Unidos. No digo que estas formas tradicionales de racismo no existan más. Ningún racismo desaparece, sino que es una especie de mutación. Yo propongo otra tríada para los fenómenos actuales que tiene que ver más precisamente con el fenómeno estructural de la exclusión interior en el mundo globalizado.
¿A qué se refiere con “exclusión interior”?
–El mundo globalizado es un mundo que no tiene exterior. Pero el hecho de que no hay afuera es también sumamente ambivalente: también significaque no hay interioridad, es decir, no hay comunidad, o ella está amenazada permanentemente. Volviendo, veo hoy tres grandes categorías, también probablemente de forma esquemática. Hay lo que yo llamaría la mercancía humana. Son los seres humanos que están completamente reducidos al estatuto de cosas. Incluye fenómenos de extrema pobreza hasta fenómenos de migrantes en busca de lugares donde ser utilizados y fenómenos muy perturbadores de explotación biológica, como la venta de órganos, de sangre, etc. Todo esto es un conjunto muy complejo pero que es parte de, como diría Marx, la reificación del ser humano. Hay un segundo aspecto que tiene que ver con los genocidios y los conflictos étnico-religiosos; todo lo que teóricos como Huntington han llamado “choque de civilizaciones”. No concuerdo en ningún sentido con la explicación de Huntington, pero es indudable que la mundialización ha intensificado fenómenos de incompatibilidad y ha histerizado odios étnico-religiosos que producen e inducen un racismo de tipo cultural. Es el caso del conflicto entre judíos y árabes, pero también lo que pasa en India. Esto puede producir migraciones o fugas pero es otro tipo de intensificación del racismo que está muy ligado a la globalización. Finalmente hay un tercer ejemplo que es muy directamente visible en esta parte del mundo, que es el fenómeno de la exclusión de los sobrevivientes de los grandes genocidios de la historia humana: los indios de América y los negros de Africa. Esto se combina con el resto, es decir, tiene que ver con la extrema pobreza y demás. Pero hay un núcleo de significación y de representación simbólica de la alteridad, de la incompatibilidad cultural, que tiene otras raíces. Esta sería mi nueva trilogía: los sobrevivientes, la mercantilización de los seres humanos –los pobres extremos– y los conflictos étnicoreligiosos intensificados por la globalización.
¿Cuáles elementos de la política exterior norteamericana no se corresponderían, desde su perspectiva, con el imperialismo clásico?
–Lo nuevo sería precisamente el proyecto de soberanía global. Y la razón por la cual es difícil resistir a semejante proyecto, aunque tenga sus debilidades obvias, es que hay un problema general de regulación del plano internacional. Y los Estados Unidos empujan por dos lados: por una parte, para debilitar a la autoridad de la ONU y, por el otro, explican que ellos toman las medidas que la ONU está incapacitada de tomar. Mientras no haya una propuesta alternativa, para decirlo de alguna forma, es una pretensión que tiene cierta justificación. Para volver al principio: todo esto es una especie de dialéctica progresiva de los viejos y nuevos aspectos de la guerra, pero la guerra no es toda la violencia del mundo de hoy. Incluso la guerra no es la forma extrema de la violencia de hoy. Esto no significa que la guerra no sea violencia, ni que la guerra que se está haciendo en estos momentos no intensifique otros aspectos de violencia que tienen que ver con la pobreza, los conflictos étnicos y religiosos, y todo lo que mencioné antes. Pero, precisamente, la guerra es uno de los eslabones de esa economía de la violencia global y para mí es menos posible enfrentarse a los problemas de seguridad colectiva, por llamarlos de alguna forma, que plantear la guerra sin tomar en cuenta ese complejo, esa red de fenómenos de violencia.

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