libros

Domingo, 22 de febrero de 2004

RESEñA

Combo express

TODO ES EVENTUAL:
14 RELATOS OSCUROS
Stephen King


Plaza y Janés
Buenos Aires, 2004
476 págs.

 Por Mariana Enriquez

Stephen King declaró una vez que su trabajo era el equivalente literario a un Big Mac. Fue una provocación, pero la desafortunada definición resultó inolvidable. Quiso distanciarse de la dicotomía alta/baja literatura, y lo logró: sus libros nunca fueron considerados “novelas literarias”, y aun así hace menos de un mes la National Book Foundation lo condecoró por su “distinguida contribución a las letras americanas”, galardón que comparte con Saul Bellow y Philip Roth, entre otros. King triunfó: ahora su literatura es comercial hasta el paroxismo y legítima. Nunca buscó el favor de la crítica; es cierto que no la tiene a sus pies, pero está claro que su situación ha cambiado radicalmente.
Aunque fue escrito mucho antes del reconocimiento, Todo es eventual: 14 relatos oscuros es el primer libro post-canonización de Stephen King. Y, como viene sucediendo desde hace tiempo –a excepción del extraordinario folletín El pasillo de la muerte, su obra maestra–, es más de lo mismo: una desconcertante mezcla de genio y vulgaridad, cuentos fabulosos conviven con páginas más que olvidables, un escritor que se regodea en sus peores vicios deslumbra a continuación con un relato magistral. Lo terrible es que los dos King son uno; la buena noticia es que, en los relatos –a diferencia de las novelas– es capaz de desdoblarse.
Hay en esta colección cuentos excelentes. El hombre del traje negro visita los terrenos que King maneja mejor: la infancia y la vida campesina de la América profunda; terrible y emocionante, es el relato de terror que Mark Twain nunca escribió. Montando la bala, que fue publicado en versión e-book y luego como libro común y corriente, no ha perdido un ápice de su encanto a pesar de tanto manoseo: es una historia sencilla, basada en la leyenda urbana del autoestopista fantasma, pero sostenida en la culpa (y el temor) ante la muerte materna. En ambos aparece el mejor King, que no suele ser el escritor de género. Es hora de reconocer que, en su amplísima producción, King se construyó como el mejor escritor realista norteamericano; sus relatos brillan en especial cuando se alejan de lo macabro y detienen la mirada en la cotidianidad del americano medio, donde con frecuencia se unen lo abyecto y lo encomiable. Así, el relato La teoría de L.T. sobre los animales de compañía tiene un final que bordea el terror, aunque lo mejor es la piadosa pero fiel descripción de un matrimonio white-trash que se desmorona; ni siquiera la penosa traducción acaba de arruinar la increíble habilidad de King para el registro coloquial. El mejor cuento de esta colección, sin embargo, es Todo lo que amas se te arrebatará, sobre un viajante de comercio suicida que colecciona en un cuaderno las anotaciones vistas en baños durante años de recorrer el país: insólitamente, recuerda a Hotel Comercio de Bernardo Kordon, sólo que el relato de King nunca toca lo sobrenatural; se trata de una narración puramente realista, muy triste y muy nor-
teamericana, en su elección del motel de ruta como símbolo de desolación, y la granja cercana que el suicida ve desde la ventana como talismán de salvación.
Que a esta altura de su carrera King haya gastado los mecanismos que lo hicieron un escritor de horror incomparable –ya no consigue esos crescendos aterradores y notables de Cementerio de animales o El resplandor– no significa que sea incapaz de pergeñar relatos de terror efectivos. 1408 o El virus de la carretera viaja hacia el norte no mueven al género ni un solo casillero hacia adelante, pero un Stephen King de cabotaje es mejor que los excesos del gore y el “terror erótico” en boga. El primero es un cuento sobre una habitación encantada en un viejo hotel de Nueva York; el segundo, la vieja historia de un cuadro maldito que cambia de forma y provoca consecuencias en el mundo real. Los climas que King crea (una conversación con el conserje, una feria americana en el patio de una casa de Maine) sólo pueden pertenecer a alguien que conoce su oficio y se enorgullece de ejercerlo.
El resto de Todo es eventual... va de lo mediocre a la catástrofe. Cuando intenta un juego temporal fantástico (“Esa sensación que sólo puede expresarse en francés”), King fracasa; cuando se quiere hacer el gracioso, escribe su peor cuento –y es decir mucho–: Sala de autopsias número 4, humor-terror escatológico, en línea con los desbordes vulgares de Dreamcatcher, su última y horrible novela. Las hermanitas de Eluria, una precuela de su saga La torre oscura, parece el trabajo de un mal discípulo de Clive Barker (Hellraiser); La muerte de Jack Hamilton es un cuento estilo novela negra sobre la banda de Dillinger, que sería rescatable si King se hubiera tomado la molestia de imitar mejor a Dashiell Hammet; La habitación de la muerte es irritante y rayano en la xenofobia (involuntaria, eso es lo peor, de pura pereza). Para colmo, desde el accidente automovilístico que casi le cuesta la vida, Stephen King se ha puesto un poco gagá. Con intentos autobiográficos –Mientras escribo– o con las notas explicativas al final o al principio de estos 14 relatos oscuros busca acercarse al lector con estilo campechano, de hombre común a hombre común; es innecesario y francamente insoportable.
Es redundante señalar que Stephen King es una marca; sus libros se consumen y editan sin mayor reflexión, como cualquier best-seller. El problema es que Stephen King no es un autor industrial del montón: es uno de los escritores más importantes de EE.UU., sólo que insiste en exagerar su pose de mercenario, como si su única legitimidad la constituyera el éxito de ventas. De a poco –y a pesar de los pataleos de Harold Bloom–, la crítica antes detractora contempla su obra con mayor seriedad y encuentra elementos para considerarlo un escritor central. Es coherente y legítimo que King se mantenga distante de los intentos de canonización y reclame su corona de escritor popular, que comparte con Charles Dickens y pocos más. Pero es pura necedad que arruine un libro como 14 relatos oscuros entregando a la imprenta un material tan obscenamente desparejo. De llamarse 7 relatos oscuros, estaríamos frente a un libro sólido. Pero así las cosas sólo se confirma lo evidente: si King quisiera, su literatura sería exquisita. Pero con demasiada frecuencia elige preparar indigestas y chorreantes hamburguesas dobles.

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