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Domingo, 14 de mayo de 2006

EN FOCO › JOSE HERNANDEZ POR HALPERIN DONGHI

El misterio de un periodista

En José Hernández y sus mundos (oportuna reedición de un libro originalmente publicado en 1985), Tulio Halperin Donghi investigó en el revés del autor de Martín Fierro, logrando una desmitificación cruda y sin precedentes.

 Por Rogelio Demarchi

En Proyecto y construcción de una nación (1846-1880), cuya primera edición es de 1980, Halperin Donghi describía a un José Hernández absolutamente distante del retrato “oficial”: si al concluir la fiesta del Centenario Rojas y Lugones colocaron al Martín Fierro como piedra basal de nuestra literatura, y en 1975 el Estado convirtió a Hernández en el sustrato del Día de la Tradición, Halperin, en cambio, lo presentaba como un periodista ambicioso que buscaba insertarse en la vida política y que no dudaba para ello en proponerle al partido federal una reformulación tal de su ideología que le permitiera inscribirse en la corriente liberal (que regiría el progreso argentino, de modo que había que impedir que se quedasen exclusivamente con esa bandera los triunfadores); un periodista que se declaraba a favor de la presidencia de Sarmiento (cuando siempre se nos había enseñado lo contrario) y lo apoyaba en el frenesí privatizador de aquellos años (porque había llegado a la conclusión de que no hay peor administrador de cualquier cosa que el Estado). Además, proponía leer el famoso poema en clave económica “para descubrir el lugar del héroe en la sociedad ganadera”. Estas consideraciones no conformaban el objeto central del libro, pero servían como advertencia de que Hernández estaba siendo atentamente analizado por el historiador. Y el resultado de esa indagación se conoció en 1985, cuando la primera edición de José Hernández y sus mundos, felizmente reeditado por estos días.

Apenas iniciado el texto, Halperin introduce de manera tangencial el misterio que motivó su investigación: ¿cómo es que un periodista del montón produjo la obra literaria que ha sido identificada tan fuertemente con la argentinidad? Lo más interesante que tiene su libro es que no agota el interrogante sino que, a medida que lo contesta, lo va sosteniendo: Hernández fue un constante misterio. Fue liberal pero es el símbolo del nacionalismo; se manifestó en contra de las facciones pero se volvió faccioso; rechazó la candidatura de Sarmiento y les propuso a los federales apoyar al candidato de Mitre, pero luego se volvió sarmientista e hizo de los mitristas sus principales enemigos.

Halperin rastrea la carrera periodística de Hernández y escudriña sus artículos para observar en detalle cómo van mutando o madurando sus ideas, con quiénes discute, a quiénes apoya: el periodista se muestra demasiado “sensible a las tendencias dominantes en el medio al que se incorpora”. El punto clave, entonces, es si sabrá leer a tiempo los cambios.

Para analizar la cuestión, nada mejor que su llegada a Buenos Aires y la fundación del diario El Río de la Plata, en 1869: se lo acusa de formar parte del Partido Sarmientista, como denomina La Nación Argentina al oficialismo, porque se muestra próximo al gobierno nacional y a cierta distancia del provincial, oponiéndose a Mitre. De hecho, trabaja a favor de que los federales construyan una amplia alianza que ponga en jaque los proyectos del primer presidente constitucional. Ese intríngulis basta para ver su incapacidad de leer el campo político: por un lado, deseoso de ser candidato a algo, propone que en 1870 los redactores de los diarios más importantes sean candidatos para reformar la constitución provincial, idea que le cae bien a Mitre, que convoca a todos los medios a su casa (incluido Hernández, que no acierta a negarse) y logra que conformen una comisión para armar la lista, previa renuncia de sus integrantes a ser candidatos; por el otro, Urquiza se reconcilia con Sarmiento, y él no forma parte de la delegación que viaja a Paraná porque no se encuentra lo suficientemente cerca de ninguno de los dos; y ante el asesinato de Urquiza evita un pronunciamiento contra López Jordán y lanza la exótica teoría de que Mitre sería el autor intelectual del crimen como parte de un supuesto proyecto secesionista de las provincias litoraleñas que favorecería a Brasil. Hernández pretende que el gobierno nacional persiga a los autores de ese plan siniestro en vez de castigar a unos pobres entrerrianos; en ese delirio gasta sus últimos argumentos y se ve forzado a cerrar el diario y a huir, reconvertido en jordanista. De modo que el fracaso es absoluto. Curiosamente, sólo podrá entender lo que entonces estaba en juego –la supremacía del Estado nacional sobre las facciones– cuando en 1874, en pleno cambio presidencial, la rebelión de Mitre sea la derrotada: comprender el valor del hecho, retornar al plano político y declararse a favor del presidente Avellaneda son tres pasos de la misma danza.

Ahora bien, en 1872 ha publicado la primera parte del Martín Fierro. Lo que Halperin nos presenta aquí es sorprendente: de una manera excéntrica, Hernández reitera, en sus artículos, y disfraza, en el poema, el discurso de la Sociedad Rural, o sea los intereses de la clase terrateniente de Buenos Aires. Habiendo perdido toda su encarnadura mítica, el Hernández de Halperin no es más que un hombre ambiguo que trata de forjarse un espacio en las primeras filas de las clases dirigentes.

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