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Domingo, 27 de enero de 2008

Nueve gallinas y un gallo

Fragmento de Asombro y búsqueda de Rafael Barrett, que Anagrama acaba de distribuir en la Argentina.

 Por Gregorio Morán

Las putas gallinas tuvieron la culpa. Porque la verdad es que todo empezó por unas gallinas. Y la voz de Jerónimo Granda sacándome del cálido sopor de un sábado veraniego, en el trecho que va de prepararse el desayuno, a sentarse a la vida en día de asueto y la llamada del teléfono. Unas putas gallinas que además llegaron por teléfono, introducidas por la voz ronca, matutina, inconfundible en su sarcasmo, del amigo Jerónimo haciendo una pregunta de respuesta estúpida.

–¿Molesto? (...)

–Escucha esto –siguió Jerónimo sin apenas otra pausa que la obligada para respirar–. “Mientras no poseí más que mi catre y mis libros, fui feliz. Ahora poseo nueve gallinas y un gallo, y mi alma está perturbada...”

Acababan de aparecer las putas gallinas en mi vida. Hasta entonces yo me había limitado a comer los huevos; unas veces crudos, cuando de chicos teníamos la cara pálida, según apreciación de las madres de la época. Se aseguraba que concentraban vitaminas. También en pleno gozo satisfecho de la vida, con amigos o sin ellos, pero como un regalo, se comían fritos y siempre acompañados de algo; patatas, pimientos, chorizo, incluso, el dedo, huevos fritos con dedo y pan, densos, de yema espesa y clara sutil como el encaje. Eso y tratarlas a patadas si las encontrabas por el campo, o por las callejas de los pueblos, era toda la relación que tenía con las gallinas un niño hasta llegar a la adolescencia (...) Las pocas gallinas “libres” de nuestra edad de la razón se habían vuelto sabias y ya apenas salían del gallinero y, como sabias que eran, tenían terror del ruido y de los hombres. Los huevos perdieron el encanto de la yema y de la clara, y adquirieron un vago aroma a pescado en salazón, y a nadie se le ocurría romperles la cáscara para comerlos crudos, por riesgo, decían, de quedarse amarillo como los tísicos de antaño. Había cambiado todo, el valor sintomático de los colores, los huevos, las gallinas, las felicidades fritas o crudas, incluso nosotros.

–¿Quieres que siga? –insistía Jerónimo.

Una pregunta retórica que entre amigos significa: voy a seguir y te joderás el sábado, de eso estoy seguro, porque te conozco y te va a afectar, pienses ahora lo que pienses. Aunque es obvio que no intuía que esas gallinas iban a cambiar el curso de mi vida, malgastaba el último instante con posibilidades para hacer un gesto que evitara lo que se me venía encima. Es indudable que no lo hice porque ya suponía lo irremediable, conociéndonos, como era el caso, desde que hicimos la primera comunión, y no es metáfora; aquella ocasión inolvidable en que nos dieron la única hostia agradable de nuestra vida, con derecho a ampliar la felicidad vistiéndonos de guardiamarinas sin barco, más vistosos que los toreros. No de estridente grana y oro sino de oro y blanco almidón, y además el privilegio de las solemnes ocasiones, el chocolate en taza, y la opción a ponernos perdidos de lamparones, desde la boca al disfraz, sin que nadie te reprochara nada. Y quizá por eso, obsesos como éramos hacia todo lo que uno pudiera meterse por la boca, dado que nosotros no comíamos sino que engullíamos, alguien del grupo infantil, quizás el mismo Jerónimo, que era delgado y blanquito y algo más alto que nosotros, cosa liviana, porque entecos como éramos pensábamos en la gordura como en una condición privilegiada de la opulencia, admirándonos más de los gordos que de los largos. Por tanto, es posible que fuera él, y en aquella magna ocasión, quien pronunciara la frase inmarcesible que yo volvía a recordar ahora, traída con la cálida evocación de las gallinas.

–¿Os imagináis si en vez de esta hostia, que no sabe a nada, nos dieran el Cuerpo de Cristo bajo la forma de un huevo frito?

Y hubo un silencio cómplice, porque cada uno de la pandilla, casualmente la misma de siempre, lo cual no es casualidad sino costumbre, y que no voy a citar por sus nombres, apellidos y motes para no delatarlos ante la historia, fuimos culpables por haber estado durante varios segundos, interminables segundos pecadores, soñando con una hostia consagrada y sólida de huevo frito, entrando en la boca, empujándola con los labios y aplastándola suavemente con la lengua; usar los dientes nos habían advertido que se acercaba al pecado mortal. Pero la evocación del milagro duró tan poco como la voz de Jerónimo leyendo, con una entonación perfecta y cierto deje de ironía que me incitaba a atender los meandros de la dicción:

–“La propiedad me ha hecho cruel. Siempre que compraba una gallina la ataba dos días a un árbol, para imponerle mi domicilio, destruyendo en su memoria frágil el amor a su antigua residencia. Remendé el cerco de mi patio, con el fin de evitar la evasión de mis aves, y la invasión de zorros de cuatro y de dos pies. Me aislé, fortifiqué la frontera, tracé una línea diabólica entre mi prójimo y yo. Dividí la humanidad en dos categorías; yo, dueño de mis gallinas, y los demás que podían quitármelas. Definí el delito. El mundo se llenó para mí de presuntos ladrones, y por primera vez lancé del otro lado del cerco una mirada hostil.”

Una pausa larga. Ni él seguía, ni yo le acuciaba. Nos manteníamos en el teléfono ambos, de eso no cabía duda, pero quizás él, calibrando el efecto que me provocaban aquellas frases cortas, aquella narración escueta y sencilla como un estilete manejado por un niño, jugaba con mis sentimientos ya despiertos. Aquello no podía quedar así, aquel cabrón de amigo me estaba leyendo algo de alguien, quizá suyo, que exigía de mí la máxima atención, y de nuevo se me aparecían las gallinas, las putas gallinas, el animal quizá más despreciado de nuestra infantil humanidad si los términos no fueran contradictorios, infantil y humanidad, porque éramos tan crueles que hasta cuando, por un casual, debíamos echarles el grano, aprovechábamos para tirar el maíz con fuerza, simulando el efecto de un disparo graneado.

–Je, je, je. ¿Sigo?

Lo malo de los viejos amigos es que te disparan a la parte más sensible y lo hacen con precisión; te conocen tanto que nunca fallan y, si ocurre, sabes bien que se trata de un momento de debilidad, porque le tembló el recuerdo, no por falta de ganas o ausencia de motivos. Sólo por piedad.

–Je, je, je. Voy a seguir, entonces.

Pausa larga que sólo interrumpe su voz, más segura ahora, sin necesidad de acentuar la dicción, ni reforzar los sarcasmos. Levemente distante, como un historiador en trance de cerrar el ciclo del Imperio Romano (...)

–“Mi gallo era demasiado joven. El gallo del vecino saltó el cerco y se puso a hacer la corte a mis gallinas y a amargar la existencia de mi gallo. Despedí a pedradas al intruso, pero saltaban el cerco y aovaron en casa del vecino, reclamé los huevos y mi vecino me aborreció. Desde entonces vi su cara sobre el cerco, su mirada inquisidora y hostil, idéntica a la mía. Sus pollos pasaban el cerco, y devoraban el maíz mojado que consagraba a los míos. Los pollos ajenos me parecían criminales. Los perseguí, y cegado por la rabia maté uno. El vecino atribuyó una importancia enorme al atentado. No quiso aceptar una indemnización pecuniaria. Retiró gravemente el cadáver de su pollo, y en lugar de comérselo, se lo mostró a sus amigos, con lo cual empezó a circular por el pueblo la leyenda de mi brutalidad imperialista. Tuve que reforzar el cerco, aumentar la vigilancia, elevar, en una palabra, mi presupuesto de guerra. El vecino dispone de un perro decidido a todo; yo pienso adquirir un revólver.”

La historia me tenía enganchado, y la voz que la historiaba, ahora entregada, gozaba con mi estado de ansiedad notorio. No era difícil detectarlo incluso por teléfono. Siguió, dando con una inflexión la orden del punto final:

–“¿Dónde está mi vieja tranquilidad? Estoy envenenado por la desconfianza y por el odio. El espíritu del mal se ha apoderado de mí. Antes era un hombre. Ahora soy un propietario.”

(...)

–¿De quién es eso?

Esa pregunta que se hace entre gente que lee, como para exigir la identificación, la cédula personal donde debería estar todo, ese código de barras que nos abre todas las rendijas por las que penetrar en algún autor antes de sentenciar sobre la bondad, la manipulación o la trampa. Mirado de frente y al bies.

–Barrett. ¿Te suena Barrett? Rafael Barrett.

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