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Domingo, 10 de febrero de 2013

> PHILIPPE SOLLERS HABLA DESDE PARíS

El hombre que ríe

 Por Pablo E. Chacon

“Al principio, leí los últimos libros de Céline, De un castillo al otro y Fantasía para otra ocasión. La gran poesía que emana de su prosa me pareció extraordinaria. Nada que ver con la novela realista y naturalista. Su estilo enfrentaba directamente a la Historia, y por esa razón se convirtió en un chivo expiatorio. Su estilo: una especie de martilleo musical. Y la risa, algo totalmente nuevo. No hay nada más divertido que Conversaciones con el profesor Y. El francés `desea’ profundamente esta risa que Molière y Voltaire simbolizan como un desafío constante del espíritu a la pesadez del resto de los hombres del planeta.”

Philippe Sollers responde sobre Céline desde París en medio de la gira de presentación de su último libro, Portraits de femmes (Retratos de mujeres), continuación por otros medios de Femmes (Mujeres), la novela –publicada en castellano en 1986– donde completa el giro desde el hipervanguardismo de la revista Tel Quel al “clasicismo” de L’infini, siempre un paso delante de sus colegas.

“Los panfletos de Céline siguen prohibidos en Francia, pero desde el año pasado se puede conseguir una edición crítica canadiense irreprochable; leer, o fingir que se leen esos panfletos sin una edición crítica, es una impostura constantemente manipulada. Los dos autores más escandalosos del planeta son Sade y Céline. Escribieron en francés, ¡qué casualidad!”

En los últimos años, y sobre todo a raíz de los cincuenta años de la muerte de Céline en 2011, cuando el Ministerio de Cultura le negó los festejos nacionales, se terminó de expulsarlo del panteón, o por lo menos, se dejó en claro que su reivindicación como escritor no incluirá jamás a su persona. “Yo también creo que los automatismos biempensantes en la actualidad son un peligro. Existe una subestimación de las pasiones bajo la ilusión de que se las podría aplastar con el peso del consenso. Bueno, Céline hizo todo lo contrario. Se convirtió en el tipo que denunció con mayor precisión la violencia, la institucionalización de las disciplinas, el temor y el temblor de un siglo que empeoró todavía más cuando él se murió. Céline habla de lo que conoce, y no diría que su antisemtismo era sólo una provocación. Era algo más que eso. Pero la gran mayoría de los franceses eran antisemitas, incluso algunos miembros de la Resistencia, y muchos ingleses también. Cuando en 2011 el gobierno francés decidió no saludar oficialmente el cincuentenario de su muerte, sólo estaba cometiendo una ridiculez, ejerciendo otra vez ese automatismo biempensante al que es tan aficionado por derecha o por izquierda, si es que esos términos todavía dicen algo.”

Amigo de Roland Barthes, Louis Althusser, Jacques Lacan, Régis Debray, padre de un hijo de Julia Kristeva, ex maoísta en los ’60 pero siempre “chino”, hombre culto, de mil flores y mil amantes, Sollers se ocupa de Casanova, Venecia, Pascal Quignard, Mozart, Céline, Matisse, Proust, el psicoanálisis, siempre, sin ahorrarse críticas a los herederos del autor de los Escritos. Y en estos días, ahora mismo, promoviendo desde sus columnas semanales en Le Point, críticas ácidas, bien fundadas, al socialismo de François Hollande; involucrado en la aprobación de una ley de matrimonio homosexual y en la legalización de la marihuana, con la boquilla de fumador y trasfondo de espectáculo, después del suicidio de Guy Debord, el teórico de esa sociedad que en la pluma de Sollers parece que fuera su invento. Este hombre, que ha leído y ha escrito mucho, se las arregla. Sus clásicos, sus amores, su falta de resentimiento, su sentido del humor, su jovialidad, su desprecio por el poder y las burocracias lo han inmunizado contra las proporciones del miedo que asalta hoy al macho alfa. Céline es el hombre que ríe. Sollers es un hombre que ríe. ¿Céline colaboracionista? ¿Y el resto de los franceses, dispara? Se salvan algunos. Sollers siempre está de moda. Y conoce el truco para que no sea evidente. Así lo cuenta en el flamante Portraits de femmes. “Supongamos alguien refractario de nacimiento. Muy pronto se va a dar cuenta de que hay un trucaje masivo. Su familia es un montaje azaroso; su país, una fábula; la escuela, una prisión de futuros cadáveres; la armada, una comedia penosa; la religión, cualquiera sea, un opio de mala calidad. Lo que entiende aumenta sus dudas, la publicidad incesante le da náuseas (...) ¿Se ocupará del dinero? No. ¿De política? Tampoco. ¿De la feria de las imágenes? No hay tiempo; sólo, quizá, como medio de sobrevivir en el país de los locos y las locuras. Este hombre, ¿no es entonces ‘humanista’? No cometerá la estupidez de declararse antihumanista. ¿Es ateo entonces? No, el papel es ingrato, y reclama convicciones. Pero entonces, ¿Dios, la fe, la verdad, el porvenir de la humanidad, la ciencia? Las ciencias, por qué no, las matemáticas primero.”

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