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Domingo, 30 de agosto de 2015

Detrás del decorado

 Por Laura Galarza

Menos es más, vale para la literatura pero también para la decoración. “Amueblar una casa consiste en quitarle muebles.” El dueño de esa máxima fue el famoso decorador Jean-Michel Frank nacido en París en 1885, de quien recientemente la galería Sotheby’s Paris subastó una pieza única (un gabinete patinado en bronce) vendida en 5 millones de dólares

En 1934, a pedido de Alejandro Bustillo, Frank diseñó todos los muebles del Llao Llao. No conocía la Argentina, pero tenía amigos argentinos que vivían en París. Así que sin saberlo y a la distancia, creó lo que hoy se conoce como el “estilo Bariloche”: muebles hechos en madera tallada de la zona. Pariente lejano de Anna Frank y lector apasionado de Proust, Frank queda huérfano de joven y decide con su herencia, abrir un distinguido local de decoración. Desde ahí se relaciona con la alta sociedad parisina y un círculo muy selecto de artistas: Pablo Picasso, Igor Stravinsky, Gertrude Stein, Peggy Guggenheim, Isadora Duncan, Cole Porter. A ese mismo círculo pertenecía una chilena radicada en Europa, Eugenia Errázuriz, dueña de un gusto refinado y que fue de gran influencia en ese estilo tan personal que desarrollaría Jean-Michel Frank, haciéndolo un creador único. Errázuriz también ofició de puente entre Frank y sus clientes sudamericanos: los Martínez de Hoz, los Born (Jean-Michel les decoró una casa en San Isidro), Adela “Tota” Atucha, marquesa de Cuevas de Vera, Victoria Ocampo, entre otros.

Cuando Hitler invade Francia, lo primero que se le ocurre a Frank es llamar a Nelson Rockefeller (a quien le había decorado su departamento de Nueva York), para que lo ayude a obtener una visa estadounidense. Pero Rockefeller no pudo o no quiso ayudarlo. Fue uno de aquellos clientes argentinos, Ignacio Pirovano, dueño de la prestigiosa Casa Comte (la fábrica de muebles y objetos decorativos más importante de la Argentina de mitad del siglo XX) quien ayuda a Frank a salir de París y refugiarse en Argentina. Pirovano admiraba a Frank y le ofreció integrarse a Comte. Con su llegada, la marca se potencia y al Llao Llao le siguen el mobiliario del casino de Mar del Plata y del Banco Nación de la Plaza de Mayo, el edificio de YPF en la Diagonal y el Kavanagh.

Antes de poder subir al barco que lo llevaría a la Argentina, Frank debió permanecer unas semanas en Lisboa. Aquí es donde Leavitt se inspira para escribir Los dos hoteles Francfort. Imagina cómo será ese verano de 1940. El hacinamiento y la convivencia de los refugiados en los hoteles de los balnearios de Lisboa habitualmente llenos de turistas. Aquello que los franceses llamaron résidence forcée. “Un nombre muy fino para un campo de concentración”, hace decir Leavitt irónicamente a uno de los personajes de su novela.

Frank –cuyo estilo se caracterizaba por destacar tan sólo un objeto precioso o un cuadro en una pared (Picasso, Dalí eran colaboradores habituales)– pasa desapercibido en la novela de Leavitt. Aparece como el decorador del departamento de los Winters (la pareja protagonista). En la novela, Julia le cuenta a Iris cómo lo acababa de decorar cuando tuvo que huir de París: “Conocí un decorador maravilloso, un genio. Dejó las paredes desnudas. Sin nada en absoluto. Esa es su firma”. Y renglón seguido la cámara de Leavitt enfoca la Vogue abierta sobre su falda. La casa de Julia salió fotografiada en ese número y se lee al pie: “Menos de todo Colette en lugar de Proust! ¡Matisse en lugar de Ingres!”

De temperamento melancólico (aseguran que sólo vestía pana gris) durante su exilio Frank añoraba la vida parisina y sobre todo a un joven norteamericano que lo había enamorado: “Thad Lovett, un personaje fascinante y extraño y, como yo, nativo de Palo Alto”, cuenta Leavitt. Frank finalmente obtiene la visa y viaja a Nueva York. Cuando se entera que su enamorado no le corresponde, se mata de la misma manera que lo había hecho su padre: se arroja desde la ventana del hotel.

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