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Domingo, 31 de agosto de 2003

Las palabras y las cosas *

POR MARCELO COHEN

Esto empieza de repente. El ómnibus que lleva al escritor JD de vuelta a su ciudad ha parado en una estación de servicio. Camino al bar JD echa una mirada alrededor y en la tarde otoñal, por encima de los vahos y el monótono fragor de motores, ve que en la escalera del puente que cruza la autopista hay cinco figuras absortas mirando pasar los coches. Tres son chicos reclinados en los codos y más o menos despatarrados. Otro, que está muy al borde de un escalón con el torso inclinado adelante, es un viejo fornido con un aplomo como de pescador; muy al lado de él, una muchacha opulenta y lustrosa, enfundada en una campera granate, entrecierra los ojos como si escrutara un mensaje en los algoritmos del tráfico. Apenas se mueven. Qué raro, ¿no? JD se pregunta qué estarán haciendo; también se pregunta si están tristes, hastiados o entretenidos, y en todo caso según qué criterios. Bien podrían estar mirando olas desde un espigón, o la partida de un barco mercante. De hecho un vientecito medio marino parece agitarles de vez en cuando el pelo, pero la verdad es que lo que ellos miran, casi contemplan, es el estrepitoso discurrir de los coches, esa rauda repetición de la autopista que aniquila las opciones. Cualquier símil que se les pueda aplicar, desde luego, pertenece al apresurado pensamiento de JD. La muchacha y el viejo miran el tráfico y están muy juntos; quizá no sientan más que su cercanía mutua, porque da la impresión de que mientras miran en silencio se comunicaran. Pero aunque a JD le cueste detener la cadena de asociaciones, y el pensamiento enturbie la serenidad de las figuras tanto como las vela el smog, la luz es irisada; y esas figuras que están ahí para que la luz se manifieste son también para JD una manifestación, como toda imagen, no sabe de qué.

¿Qué pasa cuando lo que se ve, aunque sea a distancia, parece tocarnos por un contacto asombroso, cuando lo que se ha visto se impone a la mirada como si estuviese tomada, tocada, puesta en contacto con la apariencia? A JD se le ha dado una imagen. A lo mejor es algo que le incumbe. JD procura no pasar de largo. Aunque las secuelas transcurran en su conciencia, no podrá neutralizar lo que la vista captó, con lo que añaden el olfato y el oído, ni la fascinación que para él se debe tanto a la huella que dejó la imagen como a otras huellas que parecen haberse avivado, aunque quizá no termine de avivarse nunca, como armónicos perezosos de una nota imprevista. Flacos, inhibidos recuerdos afloran a la conciencia y enseguida se van a pique.
Pero narrar es hacer abuso de las debilidades de la memoria. Una gula de contar le dice a JD que en esa imagen se condensa una historia interesante. La gula es cosa suya, claro; sin embargo, la fuerza proviene únicamente de esa imagen que está ahí y que, tal como es, JD resigna no bien el micro arranca, pero que en el mismo momento gana en resplandor por el poder de la pérdida. JD empieza el largo camino en busca del contenido que su mente y su cuerpo tienen para esa imagen. Hacer una historia de algo que se ha visto no es engordar el tórrido mito del “creador” –porque JD sabe bien qué incierta es la índole de toda experiencia– sino beneficiarse de una constricción, una regla o mojón que fuerza el origen de la historia, y luego modula y en todo momento la obliga a transformarse; tal como cuando alguien se propone escribir un cuento sin frases subordinadas o un soneto amoroso sin la palabra amor. O como cuando Raymond Roussel fraguaba con paciencia la conexión extravagante, aparatosa (nunca mejor dicho) entre dos palabras de sonido casi igual y significado muy diferente. JD cree que, tanto como confiarse a una fuerza ajena o administrar bienes verbales en pro de una idea previa, escribir es hacer libertad de una exigencia. Como nunca se escribe gratuitamente, pero se escribe porque sí, bien valen las excusas que parecen dispositivos.
Pero de algo no hay duda: por mucho rato, las figuras que miraban coches desde el puente siguen parpadeando en el cerebro de JD, como si otra imagen desplazada y cubierta la excitara por poder revivir. Claro que suponer que distintas impresiones interactúan entre sí es una fantasía. Pero quizás esto sea lo fantástico: usar sin escrúpulos el motivo ausente por el que una percepción no se borra. Usarla como atractor.

Si las cinco figuras que miraban los coches desde el puente de la autopista insisten tanto en la mente de JD, debe ser porque agitan algo olvidado, irrecuperable, un acontecimiento o una sensación que se le perdió. Un murmullo en el aparato del alma va cuajando en líneas. Todas las tardes la esperaba mirando pasar los coches - Subir escaleras, cuidar que el hormigón no gastara los zapatos, bajar escaleras - La mente transformada en un diagrama de circulación - Valseando en la música atonal de los cambios de revoluciones de los motores - Casas truncas y abroqueladas, pasto polvoriento, mustios corrillos en la estación de servicio, turbulencias en la parada del colectivo, humo de parrilla, una rasa criptografía del abandono hendida en dos por el destello veloz constante de vidrios polarizados la vertiginosa servidumbre al traslado por razones de trabajo o de familia - Decime algo, decime algo en el límite tornasolado donde los humos se trizan en el atardecer - Sin párpados tus ojos abiertos a la distancia, y a veces te esperaba como si no fuera a verte más. Estas frases transcurren como los coches y ni siquiera anotadas permanecen. Al cabo la imagen misma termina por embeberse de pérdida y JD piensa que algo habrá perdido también esa gente, en la realidad suya que a él le es inaccesible, y la imagen se vuelve una imagen de la pérdida. Un hombre, una mujer y tres chicos miraban el tráfico desde un puente buscando recuperar algo; quizás nunca lo tuvieron. Cierto que lo que se les perdió u olvidaron tal vez fuese un hecho alegre, y hasta las figuras podrían haber estado contentas, ahí sentadas en el puente, pese a las presunciones de JD.
El micro de JD llega a la ciudad. Pasan días, desayunos, cuentas, un brindis; se suben y bajan persianas.

De golpe, un día, JD se imagina al viejo sentado en el puente, pero solo. Al rato la que se le figura sola es la muchacha. La mente es incorregible. Veta, añade, recorta, reemplaza; edita. Cualquier realidad se vuelve virtual en cuanto es vivencia, cosa de un cerebro. Pero la sensación deja su vestigio (se ha impreso) y llama. Muchas veces pasamos una sensación por alto. Otras nos hacemos una idea de lo que deberíamos estar sintiendo. Pero hay veces en que sentimos de veras. En otra imagen que se le aparece a JD el viejo y la chica están estrechamente unidos entre sí por el pensamiento, intercambiando frases más sinceras que las que pueden articularse en una charla en voz alta. Miran la fuga recurrente de los coches de la autopista y dialogan en silencio. Puede que estén alucinando, pero ellos sienten que ese diálogo los reconforta. JD se acuerda de que la chica tenía el pelo corto y negro sujeto por una hebilla, la frente arcádica muy despejada.

La mente de JD trajina, el cerebro sobrevuela todas sus conexiones, la conciencia lo subyuga con fórmulas repetidas. La conciencia es automática, se enciende con el despertar y no para sino en el sueño sin sueños. Los mensajes circulantes, virales, cristalizan el mapa de la conciencia en grupos de tópicos. Pero de vez en cuando una entre miles de percepciones nuevas agita el surtido de vivencias almacenadas y conforma una red neuronal nueva, como si hiciera brotar matas silvestres en un campo labrado, y abre una comprensión diferente, al menos una hipótesis. En ese sentido la creación es más constante que el conocimiento de la realidad. Pero en lo que JD quiere inventar, el contenido de un hecho real –que se perdió– debería estar tan en juego como los contenidos de su mente. Más: el plan de JD es honrar la realidad perdida de la imagen del puente de la autopista; va a dejar que la imagen haga uso de todos los contenidos de su mente, a ver si así la mente se le vacía un poco. Si contenidos muy diversos se ponen en relación, empezará a formarse una historia; sabe por experiencia que así sucede: como una síntesis química entre sustancias combinables. A JD no le interesa pintar una realidad. Tampoco quiere develar nada. Escribe contra la desconfianza que le causa su pensamiento, siempre propenso a ser siervo, plácido cautivo de historias con garantía de comprensión porque ya han sido contadas –pero que por eso mismo no satisfacen de veras a nadie. A su modo JD es ambicioso. Quiere una historia original que satisfaga y lo satisfaga.

* Tomado de “¡Realmente fantástico!”

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