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Domingo, 7 de marzo de 2004

Padre nuestro que estás en los cielos

POR DANIEL LINK

Foucault murió en 1984 (¡atención, cazadores de efemérides!) y, desde entonces, su pensamiento no ha hecho sino ganar en intensidad y en complejidad. Hay ya corrientes de “foucaultianos de derecha” opuestas a los auténticos “foucaultianos de izquierda”. En nombre de Foucault, por ejemplo, se pretendió durante los años noventa ¡desmantelar el sistema de previsión social y de salud en Francia! Políticos y “pensadores” de derecha lo reivindican para atacar a la izquierda tradicional, que lo critica precisamente por permitir semejantes manoseos. Pero no se trata aquí de debatir la actualidad, la potencia y la coherencia de sus ideas sino de constatar la adhesión pasional que su figura y sus palabras siguen suscitando a ambos lados del Atlántico.
El San Foucault (para una hagiografía gay) de David Halperin (reeditado ahora por El Cuenco de Plata a partir de una coedición anterior de Cuadernos del litoral y las ediciones de la École lacanienne de psuychanalyse, Edelp) es bien notable en ese punto: allí el autor no sólo coquetea con todas las identificaciones imaginarias posibles (Michel Foucault c’est moi) sino que postula a Foucault como santo patrono de una causa: la causa queer, la causa de los raros. Es un uso “norteamericano” de Foucault, y sería sólo un episodio penoso (de identificación narcisista, de cólera, de voluntarismo político, de abuso teórico) si la realidad no viniera a gritarnos en la cara hasta qué punto el libro de Halperin sigue siendo extremadamente actual y necesario (y con él sus identificaciones, su rabia, su voluntad política, etcétera).
En San Francisco, ayer nomás, el consentimiento de las autoridades de la ciudad al casamiento gay ha desatado las iras de la derecha provincial (el ciborg austríaco que gobierna California) y nacional (el presidente que, ciego a los avatares de la historia, pretende impulsar una reforma constitucional para evitar que personas del mismo sexo puedan llamarse “esposos”). Lo que está en juego, puede comprenderlo cualquiera, no es meramente simbólico sino material, y es precisamente eso que en la San Francisco latinoamericana (léase Buenos Aires) los legisladores se cuidaron muy bien de guardar: el derecho a la herencia y a la paternidad. La payasada llamada “Ley de Unión Civil”, entre nosotros, excluye puntualmente la posibilidad de que el viudo o la viuda del mismo sexo que su cónyuge muerto cobre la pensión que sí le correspondería por ley, de haber aceptado las mieles de la heteronormatividad. De adopción, por cierto, ni hablar. Más vivos que los norteamericanos, como es sabido, los argentinos nos salvamos de ese modo un debate jurídico a esta altura insoslayable sobre la universalidad de los vínculos conyugales y la forma legal de la familia. Y todos contentos.
No hay dudas de que la hipocresía política y la homofobia que reinan entre nosotros necesitaban de un sacudón como el que, de la mano del padrecito Foucault, Halperin viene a darle. La primera parte del libro examina la “política queer de Michel Foucault” a partir, sobre todo, de algunos textos marginales de su obra y entrevistas sobre la sexualidad. La segunda parte confronta las tres grandes biografías de Foucault, el parco relato Michel Foucault (1989) de Didier Eribon, el completísimo Las vidas de Michel Foucault (1993) de David Macey y la biografía gótica (y fatalmente heterosexista, como las crónicas de esos sedicentes periodistas héteros que se meten en los cines porno para describir “antropológicamente” las prácticas que allí se desarrollan) La pasión de Michel Foucault (1993) de James Miller, a partir de la paradoja de ponerse hablar de la “vida” de un “autor” que no se cansó de proclamar “la muerte del autor”. Foucault (el mito), de todos modos, bien vale una traición semejante.
Durante junio del 2000, bajo la dirección de Didier Eribon (uno de los tres biógrafos, autor además del monumental Reflexiones sobre la cuestión gay), se desarrolló en el Centro George Pompidou un coloquio sobre “El infrecuentable Michel Foucault. Renovación del pensamiento crítico”. Las exposiciones de ese coloquio, firmadas por Eribon, Halperin, Paul Veyne y Pierre Bourdieu, entre otros, acaban de ser publicadas en nuestro país con el mismo título del coloquio en coedición de Letra Viva y Edelp. El volumen no escatima las referencias elogiosas al San Foucault, lo que (una vez más) demuestra su pertinencia.
Para Didier Eribon, Foucault ha resistido y resiste todas las maniobras de neutralización de su pensamiento que se han venido dando desde su muerte. “El libro de David Halperin –escribe– nos ofrece un ejemplo magistral de la manera en que Foucault nutre y fecunda hoy en día el pensamiento intelectual y el compromiso político.”
Jean Allouch razona que “la santidad de Foucault que indica Halperin nombrando a Foucault fucking saint no es la del fiel devoto que se prosterna delante de una estatua, deseando tocarla, incluso besarla, haciéndola mediadora de plegarias dirigidas a un gran Otro supuesto hacedor de la lluvia y del buen tiempo. La relación de Halperin con Foucault no es de devoción. Si a pesar de todo se convoca a la religión, no podría ser más que en la dimensión de la herejía, comenzando por esa herejía frente-a-sí-mismo que Foucault llama pensar, pensar ‘contra sí mismo’. ¿Cómo frecuentar a alguien que piensa contra él mismo? Precisamente lo que nos indica Halperin es que eso no es posible, pero que tampoco está excluido”.
Por su parte, Éric Fassin señala que “el Saint Foucault de David Halperin se entiende por lo tanto menos como el punto de llegada de una canonización que como reacción al martirio del filósofo”.
Foucault se llamaba a sí mismo “archivista”. En un libro luminoso, Deleuze lo reconocía como tal y también como cartógrafo. Veinte años después, ya es (con justicia) el filósofo, el mártir, el santo o el padre de todos nosotros. Y su palabra corre, despavorida, abriendo caminos, siempre adelante de sus exégetas.

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