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Sábado, 25 de noviembre de 2006

NOTA DE TAPA

Fuera de catálogo

Por alguna razón insondable, esta obra de Martín Noel no figura en ningún catálogo. Renovada con respeto y cariño, La Figura es un ejemplo exacto de su estilo más querido y una propiedad rural con nueva vida económica.

 Por Sergio Kiernan

La Figura es una obra fuera de catálogo. Literalmente: en la larga carrera de Martín Noel, nuestro hispanista más destacado, queda como caída de las listas. Esto no habla de la calidad de esta pieza sino, a lo sumo, de nuestra incapacidad colectiva de hacer historia, de catalogarla y escribirla. Y eso que la estancia está apenas a una hora del centro, en los pagos de Uribelarrea, y que es un tesoro, prima consanguínea de la casa de Larreta.

Una de las características modernas del patrimonio rural, aquí y en la China, es la desaparición de su base económica. Los chateaux, los estates y los demesnes, las haciendas y castellos, fueron perdiendo sus tierras, repartidas entre herederos o vendidas gradualmente, o simplemente perdieron rentabilidad por cambios incontrolables de la economía. Dentro de todo, a La Figura no le fue tan mal, ya que no es tan grande –un caserón pero no un castillo– y porque todavía tiene su tierra. Pero sus hectáreas –bajo cultivo– hoy en día mantendrían a una familia en una cómoda clase media sin ganas de maisones, por lo que el viejo casco se abrió con naturalidad a una nueva vida hotelera. La casa principal de La Figura luce viva, habitada y en un estado de conservación impecable, en manos de dueños que tienen una estética inteligente.

La obra de Noel es la tercera casona del lugar. La estancia nació hacia 1830, como primer hogar y emprendimiento de la familia Pellegrini, con un edificio bajo de adobes tradicionales, de techo de ala chata y decorada con pudor colonial apenas con algún bigote y alguna pilastra. Hacia 1880, el campo era de los Uribelarrea, que expandieron la casa con el simple expediente de alargarla, y en algún momento indefinido se agregaron unos ángulos que la dejaron más o menos con forma de U.

Como toda estancia de verdad, de trabajo, el casco conserva aquí y allá edificios periféricos de particular encanto, como unos galpones realmente notables –en particular el lanero–, un aljibe prácticamente industrial, pilares con herrerías de entradas que ya no se usan, y la rueca de baldes del Pellegrini presidente, inventor por estas pampas del riego en acequia. Sobre todo esto reina la casa andaluza de Noel, alzada entre 1920 y 1923 con el arquitecto en París, mozo de 32 años, mandando a su clientes planos, croquis, dibujos y detalladas instrucciones sobre qué hacer y como.

La fachada principal de la casa tiene los muros lisos y encalados por donde todo empieza en España, con ornamentos en la entrada, barrocos y como dibujando una espadaña, y en la línea de los tejados, en una cornisa de curvas abigotadas. Este frente mantiene una simetría inteligente de valores, aunque no es realmente simétrico. El cuerpo central está flanqueado a un lado por un gran balcón de maderas oscuras y al otro por una torre que se escapa un piso más y tiene un balconcito esquinero, como un mirador.

Como el paño central de la fachada está retirado respecto a su balcón y su torre, la fachada gana ritmo pero mantiene su orden por la estricta alineación de sus ventanas. Todas son grandes, oscuras y en madera, con el suficiente peso visual para calmar el conjunto. El resultado no es ceñudo, como puede ser la arquitectura española, por la blancura mediterránea de sus muros y porque la planta baja tiene una techumbre curvada de tejas también curvas, como curvo es el muro muy vidriado del jardín de invierno al frente. Como para terminar de hacer escándalo, a cada lado de los vitrales emplomados del ambiente, hay dos pequeñas ventanas de amorío, con base y techito de teja, y una reja española curva. Las tejuelas de sus mínimos aleros brillan en color cobre, porque en realidad son un pintoresco toque de mayólica.

Las fachadas laterales son más cortas y están cribadas de ventanitas muy enrejadas, con balconcitos. La posterior repite a la principal, más moderada pero también con un balcón corrido en el primer piso. Justo atrás aparece la casa vieja, la de Pellegrini y Uribelarrea, que Noel integró a la nueva con un gran patio arbolado, con piso de cerámico multicolor, aljibe modernista y murete de reja. Las casas tienen una unión física por una galería techada a teja y cerrada con anchas puertas vidriadas, que muestra como no lo harían ni diez tomos de ensayos el parentesco entre lo criollo y lo andaluz.

El interior de la casona es un ejercicio de estilo con protagónico absoluto de la mayólica y el azulejo, cálido y pintoresco. Para empezar, el jardín de invierno, donde hoy desayunan los huéspedes, decorado con mayólica azul y cobre, y con un pavimento color teja. El comedor y el living tienen el mismo pavimento, pero cortado con azulejos azulblancos con figuras medievales, y con finas guardas. El hall de entrada le agrega baldosas coloridas más grandes, como si fueran pequeños muralitos en un mar de teja.

Noel, se nota, era un interesado en los cielorrasos. El del gran living está peciolado a la medieval, con curvas y más curvas, mientras que el del comedor muestra grandes medallones de yesería y el del hall de entrada está cortado por viguerías de madera y de argamasa cortada y trabajada casi al plateresco.

El living tiene una escalera hacia el primer piso, de esas que engañan a la andaluza. A primera vista, es pequeña, con una digna baranda de madera torneada, pero poco más. Al acercarse se percibe que la alzada de cada escalón está formada por tres largos azulejos con escenas de caza, pintados a mano y poblados por liebres, perros, casitas de campesinos y cazadores de jubón y espingarda. Entre piso y piso deben llegar al centenar, pero no hay dos iguales. La cosa sigue, ya que la parte plana de cada peldaño tiene sus losetas terracota cortadas por alhambrillas, esos mínimos azulejitos granadinos con personajes o animales.

El living y el comedor –hoy living 1 y living 2– están separados entre sí por un muro pantalla con dos arcadas bajas. En el medio hay un artefacto muy peculiar, que de un lado es chimenea y del otro es una plana fuentecita interna de azulejos oro. La cosa es que el artefacto giraba sobre sí mismo y si los comensales pasaban del living al comedor, con mover una palanca se “llevaban” el fuego al lado de la mesa. El extraño mecanismo, lleno de engranajes, falleció hace años y no hubo cómo arreglarlo, por lo que hoy el hogar está de un lado y la fuente alegra el otro.

Junto al comedor está la vieja antecocina, un ambiente azulísimo, completamente revestido del añil subido de las mayólicas con diseño de una conchilla que quisiera la Shell. El pequeño ambiente, que hoy es un lindo barcito, sigue hacia la galería que conecta con la casa vieja, en un segundo ambiente también añil y con una espectacular pileta de lavar platos, doble, inmensa, enlozada y con cuatro canillas de bronce grandes como cañones. No asombra el piletón, ya que La Figura guarda una colección de artefactos y equipamientos de lo más elegantes, todos en funcionamiento. Por ejemplo, cada baño tiene sanitarios de un azul vivísimo, juegos que incluyen una mesita de metal enlozado en el mismo color. El magnífico departamento principal de la casa, hoy suite, tiene una bañera a la turca, empedrada de mayólicas, que le encantaría al sultán y a su Scherezade.

Noel logró en esta casa una distribución muy sabia y muy hotelera, de gran casa de la época. Es que La Figura abunda en departamentos, cuartos con su baño y vestidor, con un hall privado o un pequeño living. Es una idea común en las grandes residencias europeas, sobre todo del siglo 18, que permite ofrecer a los invitados a largo plazo su intimidad y no tenerlos todo el tiempo encima. Una ventaja accesoria es que este tipo de distribución crea muchos de esos espacios de distribución, descansos de escaleras y vestíbulos, que los arquitectos modernudos llaman “muertos” porque no saben qué hacer con ellos pero que Noel aprovechó para ornar la casa en gran estilo. Es un placer recorrer La Figura encontrando lámparas mozárabes, nichos, cerámicas al grés, revoques trabajados en textura. Para mayor encanto, resulta que el casco tiene casi una segunda circulación secreta, de pasadizos de castillo, con un piso entero que no se ve y permitió alojar las instalaciones técnicas sin romper nada.

Otra página bien tomada por Noel: su obra, plantada en medio del campo subtropical, es un manual de manejo de la luz, una casa luminosa pero que sabe defenderse del solazo argentino, casi comparable al andaluz.

En fin, decorada por Roberto Sanz en un estilo cómodo y sin competencias con sus estilos ornamentales propios, con anteproyecto de Hernán Barbero Sarzábal para su refuncionalización, y con un parque impecable y alegre, La Figura es una ocasión de alegría. Un casco de primer orden patrimonial que tiene una nueva vida económica y se abre al público.

La Figura está en Uribelarrea y funciona como hotel rural. www.lafigura.com.ar.

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El frente de La Figura, con su jardín de invierno, balcón y torre creando una sabia simetría de valores. Abajo, el patio andaluz, con el detalle de la viborita de agua en la foto de abajo. Una de las mayólica en tono oro del interior del jardín de invierno, la fuente rebatible del living, que gira con la chimenea. La casona de Noel es un verdadero muestrario de técnicas decorativas sabias, cálidas y con un hogareño sentido del humor.
 
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