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Sábado, 27 de enero de 2007

NOTA DE TAPA

En la máxima desigualdad

La diseñadora industrial Paula Dib trabaja con comunidades históricamente vulnerables y olvidadas de Brasil, en proyectos que transforman su realidad dentro de la economía del Comercio Justo. Acaba de recibir el premio IDEY en Londres, de manos de Tom Dixon, por su proyecto más reciente, en el quilombo de Helvécia, al sur de Bahía.

 Por Luján Cambariere

Brasil nos lleva la delantera en esta cuestión de un diseño más real, con experiencias de uniones fructíferas entre profesionales y comunidades de artesanos en pos de un diseño socio-ambiental de enorme potencial. El más reciente proyecto de la diseñadora industrial brasileña Paula Dib lo engloba todo de un modo paradigmático.

Las mujeres del “quilombo” de Helvécia mostrando sus productos.

Básicamente porque se propone llevar justicia y condiciones de vida dignas a una de las poblaciones más inhumanamente tratadas y relegadas de Brasil, cuyos miembros han vivido durante años sin ningún tipo de derechos. Se trata de los quilombos, ahora llamados remanentes quilombolas, los asentamientos de descendientes de esclavos en zonas alejadas y casi ocultas. Así, en un rescate de sus raíces y sabiduría, ensaya en el extremo de la injusticia los lineamientos de la nueva práctica de producir, vender y consumir del Comercio Justo.

Básicamente: una distribución de los ingresos que aseguran condiciones de trabajo justas y dignas donde existe igual ingreso por igual trabajo para las mujeres y se combate la explotación infantil; el estímulo al cuidado del medio ambiente y las actividades productivas sustentables; el privilegio a productores marginados o con poco acceso a la comercialización; una mínima cadena de intermediarios; un precio justo a los productores, pago al contado o en plazos razonables para ambas partes, en términos previamente acordados; un compromiso de las organizaciones civiles de mejorar las condiciones de vida de los productores, tanto en los aspectos materiales como culturales, a largo plazo ya que el objetivo principal del movimiento es la reducción de la pobreza.

Como si fuera poco, del lado del diseño, la joven Dib es todo un referente en su país con proyectos que impactan al mundo. Acaba de recibir de manos de Tom Dixon, una de las figuritas más preciadas del design mundial, el International Young Designer Entrepreneur of the Year 2006, un premio con el que se busca identificar a la nueva generación de líderes del sector. Dib lo ganó con su último trabajo en Helvécia, quilombo al sur del Bahía, con el que bajo el formato de cooperativa produjeron piezas con descartes industriales de la zona. Una experiencia que M2 investigó por lo emblemática y su creadora contó de primera mano.

ANTECEDENTES

Dib se define como una diseñadora multidisciplina con una fuerte orientación social. Es que luego de terminar la facultad en 2000, tuvo la oportunidad de viajar al norte de Brasil y conocer el design popular, lo que transformó su visión del diseño. Comenzó a investigar en esa dirección cuando le surge la posibilidad de estudiar en Europa. Trabajó en España con Javier Mariscal y en Holanda con Hella Jongerius. Estando allá descubre el valor de conectar diseño, sociedad y ecología. Por eso, cuando en mayo del 2003 vuelve a Brasil, empieza a direccionar su trabajo como herramienta de transformación social.

La experiencia dirigida por Paula Dib organizó el trabajo, la cadena de comercialización y el diseño, y multiplicó por diez el ingreso de los participantes.

Conversa con antropólogos, diseñadores y artesanos sobre técnicas, historia y mercado para este tipo de productos, y comienza a involucrarse en múltiples proyectos donde el aspecto social fuese el hilo conductor. Organiza una exposición itinerante sobre arte popular brasileño junto al diseñador Emile Badran, especialmente ideada para que las regiones donde nace el artesanato revaloricen ese don. Trabaja para distintas ONG en favelas de la periferia de San Pablo, con descartes. Las premisas de su acción son el vivir el día a día en las comunidades, no direccionar los productos sino trabajar sobre manifestaciones genuinas, hablar de intercambio, de troca y de la valorización y rescate de los saberes populares.

Así llega la creación de Trans.forma, en 2005. Por encargos de empresas subidas a la ola de la responsabilidad social empresaria, Dib decide profesionalizar su pasión y crear una metodología de trabajo para transferir diseño a distintas comunidades. Y transformar, como ella explica, a través de la forma. Así, comienza uno de sus proyectos más ambiciosos. Convocada por el Instituto Super Eco, una ONG cuya misión es conservar el medio ambiente aliada al desarrollo humano, comienza un proyecto de generación de empleo a través del uso de descartes de Suzano Celulose, una de las mayores industrias de papel y celulosa al sur de Bahía.

La prueba piloto se hizo en Sao José de Alcobaça, donde desarrollaron una amplia línea de objetos con hojas, cáscara y pedazos de eucalipto, y donde hoy el grupo de artesanos ostenta un amplio catálogo, comercializa sus piezas en el exterior en forma de asociación, exhibe en Design Possível del Fuori Salone de Milán y, lo que es más importante, triplica sus ingresos. En el inicio, el salario mensual de la mayoría de las familias involucradas era de 80 reales (unos 40 dólares), pero para diciembre de 2005 ya había superado los 750 reales.

“Con todas estas experiencias, veo que la realidad brasileña, desde un punto de vista mercadológico y social, se estructura a través de un modelo de desarrollo excluyente. De un lado tenemos el Brasil emergente de los grandes centros urbanos que basan su desarrollo en modelos extranjeros, y del otro el Brasil regional, muchas veces subdesarrollado o subvalorizado, pero con las más ricas expresiones culturales y sociales. Mi propuesta pasa por unir a través del diseño estos dos polos sociales brasileños, desarrollando productos que generen ingresos y autoestima en las comunidades artesanales y les permitan valorizar su cultura e identidades originarias”, detalla.

Trabajando también con descartes de eucalipto, especie propagada por las empresas de celulosa y papel, llegaron a varios productos: preciosos collares, brazaletes y objetos como cuencos, macetas y paneras.

EXPERIENCIA QUILOMBOLA

A raíz del suceso de todos estos proyectos, en el 2006 llegó el gran desafío, la posibilidad de trabajar en Helvécia, un “remanente quilombola”. Se trata de una población formada por descendientes de esclavos fugados, con la que se propuso valorizar su cultura ancestral. “Tradicionalmente –cuenta Dib–, los quilombos (término africano) eran periféricos a las regiones de gran concentración de esclavos, apartados de los centros urbanos y en localidades de difícil acceso. Reunidos en grupos, esos núcleos de fugitivos escapados de sus señores en la época de la colonia, trataban de unirse para subsistir en situaciones de extrema necesidad y abandono.”

Con ellos, Dib replicó su metodología de trabajo. Trabajando también con descartes de eucalipto, especie propagada por la empresa de celulosa y papel, llegaron a varios productos: preciosos collares, brazaletes y objetos como cuencos, macetas y paneras. Pero sin duda lo más valioso es que el emprendimiento pudo dar pie a la creación de una cooperativa donde empezaron a descubrir que es posible un trato justo por su trabajo, en particular la mayoría de mujeres. “Demostrarles con hechos concretos el valor que tienen literalmente en sus manos”, cuenta Dib. “Donde descubren que es posible recibir una paga acorde a sus dones y esfuerzo y una actividad donde además pueden desarrollarse como personas”, remata Dib.

El jurado del premio de Londres también lo entendió así, resaltando que este trabajo sorprendía por mezclar realismo con idealismo. “Una vez –dice Dib– leí que Gaudí sostenía que innovación es volver a los orígenes. Cuando un premio como éste destaca el trabajo artesanal comunitario dentro de tantas posibilidades, reafirma esta idea que tenemos algunos de que no debemos buscar nuestro norte fuera. Eso para mí significó un estímulo muy grande para seguir intentando un design con enfoque social.”

–¿Qué la movilizó a empezar a investigar el aspecto social del diseño?

–El diseño que siempre me interesó fue el que pudiera mejorar la vida de las personas. Sea por lo ergonómico, la innovación, pero siempre la intención era mejorar. Pero en la facultad la importancia era dada a la estética y las tendencias venidas de otras regiones y eso me hizo cuestionar sobre el sentido real del diseño. Fue en ese momento que hice un viaje por el nordeste de Brasil y al convivir con familias de pescadores pude tener contacto con lo que yo considero la esencia del design: el diseño que nace para satisfacer una necesidad real. Allí, una lata vira en lámpara y una canoa en banco de madera. En aquel momento me di cuenta de que en la propuesta de esos pescadores estaba el verdadero diseño al dar nuevas utilidades usando materias primas renovables para suplir necesidades. Fue una investigación personal por encontrarle más sentido a lo que hacía.

–¿Qué es exactamente lo que se propone investigar: la relación diseñador-artesano, cómo transferir diseño a distintas comunidades?

–Mi propuesta pasa por llevar una nueva forma de trabajo a las regiones de artesanos. Un trabajo de transformación que sucede a través de la movilización de las personas y de la valorización de lo que tienen y de lo que hacen con sus manos. Otro modo, más real y literal, de hacer más con menos. Propongo un intercambio de saberes y habilidades.

–¿Cómo es su relación económica en cada proyecto?

–Hoy que los sellos de calidad exigen a las empresas una postura responsable en cuanto a los aspectos sociales y de producción de residuos, por ejemplo, esto abre las puertas para proyectos que creen alternativas para estos temas. Así los proyectos suelen ser financiados por empresas o por el mismo gobierno a través de organismos como el Sebrae donde actúo como consultora o directamente a través de ONG.

–Dice que necesitaba profesionalizar su tarea. ¿No hay antecedentes documentados de estas experiencias en Brasil?

–En un momento, empecé a recibir numerosas propuestas para colaborar en la elaboración de este tipo de proyectos para grandes empresas, entonces entendí que no se trataba más que de un trabajo intuitivo o personal. Y asumí ésta como mi dirección de trabajo y la empecé a documentar para que los proyectos se pudieran replicar.

–¿Qué cuestiones son las más difíciles y las más simples en estas experiencias?

–Todos son desafíos. Pienso que el primer momento, cuando uno llega a un nuevo lugar puede ser considerado como el más delicado. La postura con la que se presenta la propuesta al grupo puede definir todo el resto del camino.

–¿De quién es la autoría de las piezas?

–Las piezas son el resultado de un trabajo en conjunto. Es como el director de una orquesta donde todos colaboran con sus instrumentos. En este caso instrumentos como habilidades, para una puesta, un resultado final común.

–¿Todas las experiencias se alinean dentro de prácticas de Comercio Justo?

–Sí. Todos los principios más relevantes del Comercio Justo como el pago justo, la igualdad entre hombres y mujeres, el cuidado por el medio ambiente son consideradas cuando actuamos en la comunidad. En todos trabajamos sensibilizando a los futuros compradores y a la misma comunidad para que tengan conciencia de establecer relaciones justas entre ellos y con el mercado.

–¿Qué les contesta a los que piensan que estas uniones dentro del Comercio Justo son pura utopía?

–Respondo con esa poesía de Eduardo Galeano que dice algo así como: Yo doy un paso y ella se aleja dos. Doy dos pasos y ella se aleja cuatro. Para eso sirve la utopía, para seguir caminando.

Este artículo es parte del proyecto de la autora que ganó las Becas Avina de Investigación Periodística. La Fundación Avina no asume responsabilidad por los conceptos, opiniones y otros aspectos de su contenido.

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