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Sábado, 30 de junio de 2007

NOTA DE TAPA

Atando trapos

Hasta el 8 de julio, el Buenos Aires Design alberga al intercambio entre diseñadores de joyería argentinos y japoneses para el desarrollo y crecimiento del Proyecto Nido. Emprendimiento social, refugio, que brinda la etiqueta Juana de Arco a manos desocupadas.

 Por Luján Cambariere

En los antípodas, el “trapo” suele tener desde las connotaciones más negativas o peyorativas (está hecho un trapo) hasta las más frívolas como las de las “locas por los trapos”. En el medio, también hay lugar para algunas metáforas más vivificantes. Tal el caso de una iniciativa social, que uniendo, anudando, atando, nada más ni nada menos que pedacitos de trapos con los que producen alfombras, juguetes y todo tipo de accesorios para el hogar, da una posibilidad a mujeres desocupadas. La contención, el refugio, que provee un oficio. Hablamos del Proyecto Nido, emprendimiento que nace puertas adentro de la etiqueta Juana de Arco. Más precisamente en el taller capitaneado por su creadora, la diseñadora Mariana Cortés, quien le dio vida post crisis 2001. Y que hoy las relaciona nada menos que con la Escuela de Joyería en Japón –el Tokio Hiko Mizun College– y los diseñadores de joyería argentina Gabriela Horvat, Magalí Anidjar, María Boggiano, Silvina Romero, Tamara Lisenberg y Dani Vega, con los que presentan una muestra de joyas hechas con trapos en el Buenos Aires Design para, teniendo más visibilidad, seguir creciendo. Haciendo nudos. Tejiendo un nido. Cosiéndose un futuro atando trapos. Ningún trabalenguas, más bien una alternativa más desde el diseño a la desocupación.

La historia de Nido es sin duda la de Cortés y la de la Argentina. Egresada de la carrera de Diseño de indumentaria de la UBA, el no encontrar trabajo en ninguna empresa del rubro la obligó a abrirse camino por su cuenta. Así en 1998 nace Juana de Arco. Oriunda de Arribeños, pueblo de la provincia de Buenos Aires, buscaba “un espacio y un estilo de vida” y lo encontró en el Palermo de antes, el de hace unos pocos años, donde aún se podía andar en bicicleta. Hoy sobre la calle El Salvador funciona su local y sobre Costa Rica, con un botón por timbre, su casa de arte. Es justamente hasta allí, un espacio de estética hogareña inundado de vivo colores y formas caseras, donde se acerca para contarnos cómo nace Nido y qué es este ida y vuelta a Japón que auspicia un crecimiento sostenido en el tiempo.

–¿Cómo comienza Nido?

–Tengo una imagen de estar todavía en el sótano de Juana. Teníamos muchas bolsas de rafia, de telas, de recortes de lo que íbamos haciendo. Yo las guardaba porque la verdad en ese entonces todo era muy día a día para mí, me costaba mucho todo y eran pedacitos que podían ser potenciales para otra cosa, como de hecho las bombochas que salen de esos retazos. O los primeros collares. Siempre fue natural en mí buscarles una segunda vida a las cosas. Además de arreglármelas con lo que tenía al alcance. De chica era de coser, recortar, armar cosas con papel. Por eso en un punto la universidad para mí fue un lugar donde se desarmó todo. En todo lo que creía no creí más y después me tuve que volver a formar. Por eso ahora digo que soy autodidacta. Porque la facultad está más pensada para un diseñador ideal que no existe en este país. Volviendo a Nido, corría el 2001, plena crisis, tenía todo hecho, no estaba vendiendo, tampoco tenía plata como para ir a comprar más tela, entonces empezamos a incursionar con eso que sobraba.

–¿Qué fue lo primero que hicieron?

–Yo até tres trapos diez por diez. Pero vale aclarar que Nido no es algo que yo inventé. Cuando la crisis del cacerolazo, me fui a Brasil. Junté mis ahorros y partí a lo de una amiga. Estaba todo tan mal, no tenía nada que hacer, entonces aproveché para visitarla. Ella vivía en Bahía, en una playa llamada Itacaré. La abuela de su novio bahiano hacía esta técnica de unir retazos. Unir trapos que tenía en su casa para cubrir sus propias necesidades. Me encantó y la aprendí. Por otro lado, a mí siempre me interesó la temática de la cocina, la estética de la casa, lo que hacen las abuelas. Justo cuando volví a Buenos Aires, tuve un casamiento en el campo donde daban esas bolsas para jugar al embolsado y me las traje para usarlas de base. Llegué y estaba Cari, quien hoy coordina el proyecto Nido, que estaba muy mal porque toda su familia de Florencio Varela estaba sin trabajo. Entonces de forma instantánea me acordé de esa técnica, se la enseñé y empezaron a trabajar con lo que teníamos. Cero tecnología y descartes. Hasta la trama es descarte, porque son esas bolsas que te dan en la verdulería. Enseguida las hicieron perfecto. Les empezamos a dar formas, dibujitos, las pintábamos. Y el proyecto empezó a rodar. Esto fue ya en el 2002. Se desarrolló en ese verano y empezaron a vender.

–¿Cómo continúan?

–El proyecto siempre se autosustentó. Después Easy Home nos encargó una línea de delantales en patchwork y alfombritas. Para ellas, además, cuentan, es muy gratificante porque es como una terapia, una laborterapia. Carina es el nexo y sumó a su familia y vecinas. Fijas hay 6 mujeres a las que se suman más cuando tienen mayores encargos. Nos han pedido mucho merchandising para películas. Desde Juana lo diseñamos y ellas lo hacen de manera absolutamente artesanal.

–Hoy ¿qué descartes usan?

–El de Juana y también la empresa Guilford, de la que somos clientes con Juana, nos empezó a donar un descarte que es como una especie de tira que se complementa perfecto con nuestros retazos de colores.

–¿El nombre Nido?

–Tiene que ver con un refugio que nace desde un empleo. Pero también y básicamente con el nudo. La palabra nido-nudo nos interesa. Eso de atar. Me pasó de ir a una villa y que un nenito me preguntara: pero esto es un nido o un nudo, un nudo o un nido. Tiene que ver con eso. Con lo que se arma de la nada, también con tu casa. Ahora las chicas intentan formar una cooperativa.

–¿Hay un manifesto detrás de Nido?

–Para mí es algo natural. Siempre me interesa eso de la mano. Además si lo tienen que hacer ellas, eso de la no tecnología, está implícito. Cuando la cosa se complejiza no lo pueden hacer simplemente porque no cuentan con las herramientas a su alcance. A mí igualmente me interesan las cosas simples. A veces pienso que el diseño no es tan complicado. Como que ese estilo rebuscado me empalaga. Y muchas veces hasta me asusta hacia dónde va el diseño muchas veces.

–¿Cómo surge el intercambio con Japón?

–Yo fui dos veces ya a Japón por Juana. Tenemos local en Tokio. Y la primera vez hice unas pelotas, como un pequeño mundito, de retazos que les fascinaron. Cuando ellos te compran, compran toda tu filosofía. Captan la ideología en su totalidad. Les interesa la tienda, la galería de arte, Nido. Además porque suelen tener sectores de consumidores más conscientes. Así que fue Yumiko Takemoto, mi coequiper japonesa, la que empezó literalmente a tender los hilos. Ella representa a Juana allá y estudió mucho tiempo joyería en España. De hecho aprendió español así. Y da clases en la escuela de joyería de Tokio, donde surge el intercambio. Los chicos de la escuela sabían del proyecto y les interesaba trabajar con estos materiales y el concepto. Así empezaron a trabajar con descartes de Juana en Japón. Eso es lo que se expone, además de otras versiones hechas por joyeros argentinos como Gabriela Horvat, Magalí Anidjar, María Boggiano, Silvina Romero, Tamara Lisenberg y Dani Vega, a las que convocamos especialmente.

–¿La meta de la exposición es que el Nido crezca?

–Me gustaría que tenga su propio vuelo, pero no estoy ansiosa porque estoy acostumbrada a los procesos lentos. Juana es más yo sola. Lo que me gusta de Nido es que es compartido. Más solidario, más cooperativa, más democrático. Y que se ve el crecimiento sostenido. Cari creció mucho en Juana. Empezó pidiéndome trabajo para limpiar y ahora es la coordinadora del proyecto. Esta expo igual está en un proceso de laboratorio. Hay mucho concepto y veo la estética y es comercial. Sin dudas va a tener su autonomía. A mí una cosa que me encanta es que el arte es como un camino. Igual que en Nido, que van aprendiendo despacito y ves cómo van mutando, aprendiendo de colores, formas. Solas. Me maravilla ver cómo alguien que nunca estudió color, diseño, logra semejantes cosas. Yo no lo podría hacer. Es como que algo se va moldeando. Y a mí me súper emociona. Por eso, ahora además de lo que hacen siempre, todo tipo de alfombras, carpetas y accessories como apoyapavas, reciben todo tipo de encargos especiales.

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