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Sábado, 2 de agosto de 2008

RIESGO DE DEMOLICIóN

Otra vez con el Hospital Rivadavia

Si las ciudades tienen un inconsciente colectivo, también tienen neurosis. La nuestra tiene una de lo más llamativa, la pulsión pavota de querer demoler el Hospital Rivadavia. Según cuentan los médicos que más llevan en el lugar, cada no más de cinco años reaparece la idea de destruir el lugar y construir un megahospital, siempre de alta complejidad, siempre modernísimo. Se entiende que el Rivadavia les resulte irresistible a los políticos, porque viene a quedar en Las Heras y Austria, esquina de oro y muy visible. Cortar la cinta en ese barrio vale lo suyo.

Lo que no se entiende tanto es la pasión por demoler el espectacular complejo de edificios a la francesa que conforman el hospital. En estos días, la idea volvió con fuerza, con una funcionaria porteña declarando que el Rivadavia es irrecuperable y sólo le queda la piqueta. Como dicen en Brasil, bobagens, minha filha, bobagens.

Que el Rivadavia está todo roto y sucio es evidente. Se puede agregar que sus interiores son calamitosos y no tiene un centro de alta complejidad. Hasta Aníbal Ibarra había notado eso, lo que demuestra qué tan evidente era, y le repasó a Jorge Telerman un estudio en marcha que terminó en una licitación para demoler los edificios nuevos, una serie de porquerías mal construidas, para reemplazarlos por quirófanos y UTIs. Con el cambio de gobierno, el tema quedó en veremos y ahora vuelve declaratoriamente a lo de siempre, demoler el lugar. Es una idea pésima, excepto para gastar un dineral y perder un edificio de muy alto valor patrimonial que perfectamente puede tener nueva vida.

El Rivadavia es otro de los grandes hospitales construidos cuando Buenos Aires era opulenta y moderna. Montado sobre cinco manzanas y media, sigue la escuela del hospital-jardín –como los de Chacarita y Barracas– llenos de aire y verde entre pabellones relativamente pequeños, de modo de ayudar a los pacientes a tener ganas de seguir viviendo. El hospital tiene un aire a palacete, una capilla valiosa y un jardín encargado por el legendario intendente Alvear con especies nativas. Nada que se pueda proyectar y pagar hoy en día puede superar un conjunto así.

Obviamente, lo que necesita el Rivadavia es el mantenimiento que no recibe desde hace años. Un buen reciclado, la demolición de porquerías diversas –como la entrada nueva sobre Austria y la de la guardia sobre Las Heras, dos casamatas de hormigón al mejor estilo militar– y un proyecto de reequipamiento y refuncionalización serio permitirían reinaugurar el hospital y salvar su arquitectura.

El grupo Basta de Demoler ya está en esto. Luego de salvar la casa Bemberg en Montevideo 1250 con dos fallos judiciales históricos y de ayudar a que la Ciudad sancionara a los vándalos que demolieron la casa Benoit en Independencia y Bolívar, los Basta de Demoler están queriendo proteger el Rivadavia. Hoy a las tres de la tarde invitan a una visita especial con el personal del museo del hospital que va a recorrer los pabellones antiguos, la capilla, el museo en sí, el formidable jardín y hasta los misteriosos túneles del lugar. El encuentro, con guías del hospital, servirá también a modo de abrazo simbólico. Para ver los valores arquitectónicos e históricos del hospital, Basta de Demoler montó la página http://hospitalrivadavia.blogspot.com.

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