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Sábado, 10 de abril de 2010

Artes y discusiones

Hoy se hace justicia con un semiolvidado, en la semana se habló de políticas urbanas, y en un blog se contaron cosas del agua.

 Por Sergio Kiernan

Epszteyn, Gómez Coronado, Blanco y García Espil en el encuentro.
Imagen: Sandra Cartasso.

El muy hermoso dibujo de la tapa es un diseño de Viktor Sulcic, un arhitekt de origen esloveno y complicada nacionalidad, que nació en 1895, fue otra de nuestras grandes adquisiciones inmigratorias y murió en Argentina en 1973. Curiosamente olvidado, Sulcic –que se pronuncia Sulchich– fue nada menos que coautor del Mercado de Abasto y de la Bombonera.

Muy a comienzos de la década del noventa hubo una exposición sobre la obra de este poeta, escritor y pintor. Fue en el mismo Centro Recoleta que recibe ésta a partir de hoy. Una de las tantas cosas que ocurrieron desde entonces fue que Eslovenia reapareció como país independiente, se unió a Europa y comenzó a redescubrir cosas de su propia historia, como algunos de sus grandes emigrantes. Por eso esta muestra tiene todo el apoyo de Eslovenia y muestra obras preservadas en la Galería Veno Pilon de la muy impronunciable ciudad de Ajdovscina.

Sulcic nació austrohúngaro, hizo la secundaria en Trieste –que todavía pertenecía a los Habsburgo y no a Italia– y se encontró de uniforme y en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Para fines de 1918 ya no existía el imperio y Trieste era italiana junto a todo el litoral cercano, aunque la población fuera más que nada croata y eslovena. El todavía joven Sulcic comienza a estudiar artes en Florencia, en 1919 cursando escultura y a partir de 1920 volcado a la arquitectura, que se enseñaba en la misma escuela como una rama de las bellas artes (¡qué tiempos!).

Sulcic estudia, viaja, se recibe –“licenza di disegno architettonico”– y se muda a Zagreb a trabajar. Pero Europa está sin aliento después de la terrible guerra y el joven architetto le hace caso a Luis Migone, el ingeniero con quien lo conectó, por carta, un amigo de los años de estudio, y se viene a Buenos Aires, con carpetas de dibujos y el título.

En 1926 tiene su primer golazo, cuando gana el concurso para el edificio del Banco Hipotecario. Nunca se construyó, por cambio de gobierno y de planes, pero es el hito que lo coloca en la escena porteña. En 1928, Sulcic diseña y sí construye la entrada del cementerio de Luján, un edificio onírico, muchas veces confundido con un Salamone, que muestra el entrenamiento escultórico del autor en las figuras de los lados del portal y en cierta volumetría dramática del conjunto.

En 1932, comienza la construcción de esa maravilla que es el Mercado de Abasto de Buenos Aires, la única cosa poética construida con hormigón entre nosotros, tan lindo que ni el abarrotado shopping consigue arruinarlo. Y luego le sigue una obra muy usada, sudada y querida, la cancha de Boca, a la que el mismo autor bautizó como Bombonera. Sulcic, pese a su formación clásica de preguerra, tenía una sensibilidad muy moderna, ya visible en la cancha. Su iglesia en San Justo es una prueba todavía sorprendente de su estilo.

Una de las tremendas ironías de la vida de este inmigrante de lujo fue que nunca pudo firmar un plano, porque las mezquindades criollas no le revalidaron el título.

En San Telmo

La revista Alerta Militante organizó esta semana una charla sobre los nuevos modelos urbanísticos y la preservación del Casco Histórico, que se realizó en Estados Unidos 501. Participaron Carlos Blanco, arquitecto y miembro de Basta de Demoler; el diputado porteño Eduardo Epszteyn (Diálogo por Buenos Aires), que fue secretario de Medio Ambiente y Planeamiento Urbano de 2002 a 2004; Enrique García Espil, arquitecto y secretario de Planeamiento Urbano de 1997 a 2002); y el defensor adjunto del Pueblo porteño, Gerardo Gómez Coronado. Estuvieron ausentes con aviso, por viaje, el diputado Patricio Di Stefano (PRO), que ahora preside la Comisión de Patrimonio de la Legislatura, y la ex diputada que fundó esa misma comisión, Teresa de Anchorena.

El primero en hablar fue García Espil, un hombre bastante flexible que sin embargo mostró la hilacha sin querer. De arranque, definió bien a las ciudades como creaciones colectivas que reflejan a las sociedades que las construyen. Luego, avisó que en los debates sobre urbanismo se deja de lado la escala de grises para construir slogans memorables y después se ganó a la audiencia al admitir, cosa rara en un arquitecto, que se destruye patrimonio para construir edificios “de escaso o nulo valor”.

La hilacha en cuestión fue cuando García Espil remarcó, alzando las cejas, que los arquitectos “sólo” pueden intervenir en edificios patrimoniales desde el lenguaje moderno, que es “la única arquitectura que mi generación puede hacer”. Tal vez sin percibir que eso es una invitación, entonces, a la pronta jubilación, el ex funcionario y profesor lo dijo con el tono de Mandamiento que ponen los que se educaron en el Alto Modernismo y no conciben otra capilla.

Mucho más interesante fue su crítica al Código de la construcción, al que con conocimiento de causa calificó como “innecesariamente complicado”. García Espil ejemplificó contando que hasta hay especialistas en interpretar esa escritura cabalística, de modo de ganar mucha plata comprando un terreno supuestamente habilitado para construir X, pero encontrar la interpretación que permita construir mucho más. Lo siguiente fue maravilloso: eliminar el FOT y dejarse de tratar la ciudad como si no estuviera construida, creando “zonificaciones” de decenas o cientos de manzanas. García Espil puso por ejemplo Rosario, donde se zonifica por cuadra y no existe el FOT, engendro que calcula la altura de un edificio sólo de acuerdo al tamaño del terreno.

El diputado Epszteyn abrió diciendo que vivimos en un estado permanente de emergencia, corriendo atrás de los problemas y encontrándonos con que “nos hacen cosas” inesperadas que arruinan la calidad de vida de la gente. El diputado coincidió en la crítica al Código, al que encuentra “abstracto” porque trata a Palermo igualito que a Mataderos. Epszteyn explicó un poco la historia del Plan Urbano Ambiental, contando que es muy laxo porque tuvo que ser negociado hasta la relatividad einsteniana, lo que lo dejó sin dientes. Y admitió que resulta muy difícil cambiar el Código porque significaría entre otras cosas definir el perfil productivo de Buenos Aires.

Todo esto hace más complicado lograr cosas como hacer sustentable el patrimonio, desde lo material, e intervenir en procesos de gentrificación –cuando la población de un barrio es reemplazada por otra más pudiente, como en Palermo Viejo– o de guetificación, cuando un barrio se desploma y se hace peligroso.

Carlos Blanco habló de la experiencia de Basta de Demoler, un proceso que definió como pasar de lo testimonial a la ofensiva en defensa del patrimonio. Para Blanco, las comunas pueden ser un instrumento de gobierno más local en el aspecto preservacionista también.

El defensor adjunto Gómez Coronado explicó que su mandato de defender a los vecinos en cuestiones ambientales y de identidad barrial son parte de una construcción de ciudadanía, de “internalizar como propio el espacio urbano”. El ombudsman contó que sólo de San Telmo y del Casco Urbano se recibieron 35 denuncias concretas en un año, que originaron 23 pedidos de informes al Ejecutivo, 10 resoluciones y dos proyectos de ley enviados a la Legislatura. Para Gómez Coronado, los problemas son muchos más: el hombre sabe que son relativamente pocos los vecinos con la pila de hacer algo sobre cuestiones que los afectan.

Luego se abrió un debate que varió entre lo inocuo –la culpa de todo esto, ¿no la tendrá el neoliberalismo?– a lo muy concreto, como las preguntas sobre qué hacer con edificios intrusados y por qué hay tantos problemas de vivienda. Al final, los vecinos de San Telmo Preserva pidieron firmas contra el horrendo Quartier que amenaza el barrio en la avenida Garay.

Más teatros

El arquitecto Fernando Lorenzi está muy enojado con eso de que le cambiaron el nombre al Opera para darle el gusto a una corporación, que encima hizo una obra ilegal. Pero Lorenzi señala que el Citibank no está sólo: sus colegas del Galicia se cargaron alegremente, hace ya años, el cine de Avenida de Mayo 1221, reemplazando hasta las puertas, para hacer una sucursal en su olvidable estilo. El mismo destino puede correr el Cine Teatro Pueyrredón del barrio de Flores, otra pieza Déco en venta y en peligro.

Y mientras tanto, Macri mantiene cajoneado el reglamento de preservación del patrimonio que ordena la Ley 1227. ¿Saben por qué? Porque el ministro de Desarrollo Urbano, Daniel Chain, no quiere que el Ministerio de Cultura tenga un cuerpo de inspectores propio. Es una pelea mitad de plumas y mitad de cuidar el tradicional negocio de las inspecciones.

Las aguas corren

La revista Oblogo, que parece una versión en papel de diversos blogs, acaba de publicar materiales surgidos de uno que publica Arquimaster. El tema es el de inundaciones, lluvias y excesos de construcción. Arquimaster señala cosas más o menos sabidas, como que la red pluvial no se amplía hace añares y Buenos Aires está surcada por arroyos de llanura, de poca pendiente. Pero pone flechas sobre cosas no tan sabidas, como que con esa manía de ahorrar cada vez que se repavimenta una calle, en muchas el centro de la calzada está casi al nivel de las veredas, lo que hace que las aguas desborden más rápido. O que el constante relleno costero estira cada vez más la salida de aguas en momentos de emergencia.

Pero el posting tiene además una bomba: ya no existen los pulmones de manzana. Sin que nadie diga ni ay, se permitió desde hace unos años pavimentar y construir en lo que antes tenía que ser mandatoriamente un espacio libre de absorción de aguas. Todo esto crea problemas que el gobierno porteño busca resolver con megaobras multi-multi-millonarias de túneles aliviadores y reservorios concentradores. Lo que equivale a endeudar a los porteños para que las constructoras sigan haciendo mucho dinero.

Vale la pena visitar www.arquimaster.com.ar/blog/.

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