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Sábado, 19 de octubre de 2013

Un año de trabajos

Cumpliendo su primera etapa, el plan de recuperación del Congreso está mostrando logros notables. Un caso excepcional de trabajo interdisciplinario a gran escala, en uno de los edificios más simbólicos del país.

 Por Sergio Kiernan

Hace casi exactamente un año, en noviembre de 2012, el presidente de la Cámara de Diputados, Julián Domínguez, lanzó el Plan Rector de Intervenciones Edilicias en el palacio del Congreso. Lo hizo junto al ministro de Planificación Federal, Julio De Vido, y a la presidenta provisional del Senado, Beatriz Rojkés de Alperovich, y ese día prometió vastos trabajos, un rigor pegado a la Carta de Venecia –que es la biblia de la restauración– y un batallón de especialistas. A un año, la conclusión es que se quedó corto: el palacio legislativo está renaciendo del gris de añares de parches, y de yapa hasta se está arreglando el imposible anexo de la esquina de Riobamba.

La parte más visible de los trabajos fue la imagen, en las últimas sesiones, de los diputados sesionando entre impresionantes andamiajes. Vistas de cerca, estas estructuras son todavía más llamativas porque no tocan el piso, ya que no se podían sacar butacas para apoyarlas. Las toneladas de tubos descansan en perfecto equilibrio sobre fijaciones que avanzan sobre una de las galerías del público. Al levantar la vista, también se ve el inmenso vitral que hace de cielorraso, medio desarmado para su restauración y para instalarle un nuevo sistema de sujeción, invisible al público. Sucede que las placas de vidrio son muy grandes y pesadas, con lo que vencieron la estructura de hace un siglo.

Las cubiertas ya fueron cambiadas en un 40 por ciento, con trabajos en la cuadriga y en las victorias.

El resto del recinto está siendo limpiado a mano, en un trabajo muy detallista y delicado. Quien ve reaparecer la luz de los muros y el brillo de los toques de dorado a la hoja no debe asumir que se volvió a pintar, sino saber que son las superficies originales, limpiadas de décadas de polvo y humo de cigarrillos. Otra cosa que vuelve al original son las galerías del único muro recto del recinto, encima de los asientos de las autoridades. Las galerías habían sido cubiertas con maderas y otras panelerías, parte de los infinitos cambios, maltratos y “arreglos” hechos sin plan en el edificio. Todo será retirado y rectificado.

El recinto está siendo reequipado a la vez que se lo restaura. La idea de respetar el lugar hace que las nuevas cámaras de alta definición se hayan montado con delicadeza reaprovechando perforaciones en el muro de mármol ya hechas. Hasta los brazos metálicos que sostienen los aparatos fueron pintados imitando a la perfección el tono del travertino. El viejo sistema de calefacción del enorme ámbito, una tunelería en la que hay tramos por los que se podría caminar, está siendo reutilizado para pasar la masa de cables de los equipos actuales: cada diputado tiene una laptop a conectar en su banca.

El Salón de Acuerdos, con sus columnas otra vez en estucado verde y sus oros recuperados.

Mucho menos visible es la solución lograda para frenar por fin un problema de nacimiento del palacio, el de la humedad ascendiente. Quien recorra el pasilo perimetral de la planta baja verá un interminable trabajo de restauración de las placas de mármol que creaban un dado en los muros. Parte del problema fue el vandalismo y el descaso con que se rompía este material para pasar un caño o un cable, pero peor aún fue la interacción química del mármol con el agua. El Congreso tiene ahora un “cinturón” de equipos de inversión de polaridad que frenan el agua y permiten un trabajo de reconstitución de estos ornamentos simplemente invisible.

Los patios también están siendo tratados y uno se entera de sorpresas inesperadas. Por ejemplo, que los coloridos pavimentos de pasillos y patios no son calcáreos, como se asumiría, sino robustas cerámicas de Villeroy & Bosch. Las relativamente pocas piezas perdidas –los originales son durísimos– fueron copiados con perfección por el mismo taller de Altagracia, Córdoba, que se lució con las teselas del Teatro Colón.

Entrando, ya se aprecia una nueva luminosidad en ciertos ámbitos. Por ejemplo, en la entrada de diputados la escalinata es un placer redivivo, con sus broncerías a pleno, sus muros rescatados y sus piedras luciendo sus colores naturales. Hasta el busto de la República que domina la división de la escalinata parece otro: estaba cubierto de tantas capas de cera que ya no se veía el escudo nacional que luce en su pecho.

Los pisos de madera del salón y una de las arañas en plena recuperación.

En el primer piso, el Salón de Acuerdos es una muestra de laboratorio del nivel obsesivo de este trabajo. El lugar era una maravilla agrisada y hoy está exactamente en pleno renacimiento. Al mirar el cielorraso se puede ver la línea a donde llegaron los restauradores, porque una mitad brilla y es de un crema eduardiano, cálido y luminoso, y la otra es opaca y cenicienta. Las columnas estucadas volvieron a ser verdes, sacadas del amarronado de la edad, mientras que los pisos fueron tratados a mano, con cada clavo de bronce –la fijación original– retomado y cubierto con una masilla del color de la madera. En dos recias plataformas cuelgan las arañas, en plena limpieza y rescate de sus dorados.

Todos estos trabajos son detalladamente documentados porque de aquí surgirá un “manual del usuario” para futuros tratamientos, un protocolo de mantenimiento del palacio. La idea de Domínguez es que esta restauración no sea un buen momento en la historia del edificio sino un nuevo estilo de mantenimiento y tratamiento. Por lo que cada voluta se dibuja y estudia, cada pavimento es fotografiado y esquematizado, cada metal es fijado y fichado. Como el personal del Congreso está involucrado en todo el trabajo –y sorprendió a todos los involucrados con el nivel de sus saberes sobre el lugar– aparecen sorpresas y actos de amor. Por ejemplo, en una escalera faltaba la farola de bronce en el poste de arranque. Los restauradores ya estaban encargando una réplica cuando uno de los empleados les avisó que él tenía guardada la lámpara, por temor a que después de que se rompiera desapareciera...

Detalle del oro en el salón, limpiado. A la derecha, un pavimento de baldosas de cerámica.

Subir a las techumbres del palacio es, además de espectacular, una chance de ver la escala de la tarea. Ya se cambió el 40 por ciento de las cubiertas, metros y más metros de zinguería montada sobre madera y sellada al plomo, técnica que se repite con fidelidad y sin recortes. Las tareas de diagnóstico son interminables, con las cresterías que hay que consolidar o reemplazar, las esculturas que perdieron su base y los cobres a limpiar. Quien mire el palacio desde la plaza verá un andamio que cubre la victoria sobre Hipólito Yrigoyen, estructura que sigue en la horizontal. Sucede que hace añares le cambiaron los bulones de fijación, mezclaron mal los metales y lograron una regia reacción eléctrica que oxidó todo. La enorme escultura está apoyada por su propio peso y ahora debe ser corrida para reconstruirle una base segura.

Otra cosa que se puede ver desde afuera son las pruebas de lavado de la piedra cordobesa del edificio. Desde Pozos, atrás del andamio que cubre parte del hemiciclo, ya se nota la blancura original, sobre todo de los capiteles de las pilastras. Para decidir el tratamiento se envió un especialista a la cantera original, que descubrió que este tipo de piedra se ennegrece con facilidad hasta en el aire de las sierras. Esto permitió decidir sobre la técnica de limpieza y conservación del material.

El Congreso hasta va a ganar nuevos ambientes, con el descubrimiento de salones que habían sido subdivididos en oficinas, depósitos, armarios y comercios de todo tipo, en una zona bautizada el Barrio Chino. La demolición ya está mostrando la sólida albañilería que sostiene el piso del recinto, romana en su robustez, y las columnas de metal fundido que la acompañan. El lugar llegará a ser un centro de visitantes.

Julián Domínguez en el recinto con parte del equipo de restauradores del Plan.

El anexo, cruzando Rivadavia, es una tarea de gigantes, aunque no de restauración. El edificio fue creado por la dictadura con tal descaso a las normas que nunca pudo ser legalmente habilitado por no cumplir con ninguna regla de salubridad o seguridad. Un largo diálogo con la Ciudad permitió un plan de trabajo que puede lograr el milagro: cambio de planta de las oficinas, ascensores seguros, nuevos ámbitos, instalaciones que sirvan para vivir. Lo más visible es la planta baja, donde se cambiaron las rejas carcelarias de seguridad por una suerte de instalación vertical que es casi bonita, se creó un gran atrio de vidrio y se está haciendo un jardín. Este atrio será el punto de entrada público a todos los edificios de la Manzana Legislativa, hacia Riobamba y hacia Mitre, y en un futuro hacia el mismo palacio, por un túnel.

Domínguez enmarca los trabajos de dos maneras. Primero, insistiendo en que no están haciendo “obras” ni arreglos, sino una restauración, y conscientes de la responsabilidad que tomaron. Segundo, hablando de “una puesta en valor para festejar y valorar los treinta años de democracia que marcamos este año”. Es una idea muy peculiar y vital del valor del patrimonio, que fue aceptada –en acta y con firma– por todos los bloques de Diputados. Es también una de las razones por las que participan en los trabajos universidades, la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos –que asignó un funcionario especialmente para el proyecto–, el equipo de trabajo de la misma casa, profesionales especialmente convocados y el Ministerio de Planificación Federal. El Plan ya cumple su primer año y le faltan dos más. Viendo lo realizado, ya es una alegría y un ejemplo de trabajo de alta complejidad, vasto y riguroso, una cantera de entrenamiento y un marco para recuperar el patrimonio.

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El vitral del recinto de la Cámara a medio desarmar, parte de los trabajos de restauración y de limpieza del ámbito.
 
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