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Sábado, 25 de enero de 2014

Una revolución industrial

La tecnología de la impresión en 3D se adapta a los argentinos, con costos cuerdos y la posibilidad de sacarnos de problemas históricos para poder producir a escala lo que andamos creando.

 Por Sergio Kiernan

Una de las tantas tristezas del diseño argentino es su casi condena a lo artesanal o, en los mejores casos, a la escala modesta. Autos, dentífricos, electrodomésticos y picaportes parecen responder unánimemente al molde de alguna multinacional –que hace todo igual, en Omán o en Brasil– o a la timidez de la firma local que sólo se anima a copiar lo probado por... las multinacionales. Esto es lo que origina la melancolía intrínseca de los concursos locales, condenados al modelo o el dibujo, al diploma y el premio, sin que las buenas ideas se transformen alguna vez en productos reales. Se podría analizar este problema hasta la filosofía, culpando y exonerando, reclamando y protestando, pero en este caso bastará señalar un problema de lo más práctico. Resulta que para fabricar algo, cualquier cosa, hace falta una matriz, un molde de calibre industrial, que sirve de original, de objeto-Ur para el producto masivo. Y una de las cosas realmente caras de este mundo es la matricería, un costo que hace prohibitivo todo lo que no llene el mercado, las estanterías. La buena nueva es que el monopolio de la matricería tradicional está siendo quebrado por una nueva tecnología y, mejor todavía, que esa tecnología ya fue tomada por asalto por un grupo de argentinos que la mejoró, la simplificó y la nacionalizó por completo. La impresión 3D se puede hacer aquí, con máquinas argentinas e insumos argentinos, a precios argentinos y en un proceso que amenaza con crearnos una revolución industrial.

Como tantas cosas en el mundo de la computación, lo de imprimir en tres dimensiones es un nombre y nada más que un nombre. Estas máquinas entregan un chorro de resina controlado por computadora y pueden crear objetos en ese material que superan las dos dimensiones de un papel, se elevan y se expanden. Las primeras versiones simplemente tenían un delicado y movedizo brazo que iba liberando la resina y creando la pieza, siguiendo un modelo dibujado en tres dimensiones en lo que resulta en concreto la construcción real de un auto CAD. La demostración de la potencia de esta tecnología también llegó por el absurdo, cuando alguno colgó en la web el modelo para construir un arma de plástico, “imprimible” en cosa de media hora.

Trimaker es la marca creada por un grupo de argentinos fascinados con esta tecnología y, baqueanos, conscientes de que tiene entre noso-tros un potencial que pasa del juguete o del modelo, como podría usarse en países desarrollados con matricerías más baratas o escalas mayores. Lo que hicieron estos compatriotas fue aprender a desarrollar el 3D, mejorarlo y hacerlo estrictamente argentino, desde el software de operación a la máquina en sí y la materia prima de impresión, lo que por cierto se nota en los precios. Su versión de la máquina usa un hilo plástico sensible a la luz y un cabezal con esa luz, lo que permite una precisión considerablemente mayor que la de la tecnología tradicional de chorro de resina. De hecho, la idea es inversa: en lugar de un chorro de material ablandado por el cabezal, se trata de un material flexible que se endurece con la luz.

Como la precisión llega a una décima de milímetro, las líneas de cada pieza tienen una nitidez que supera por mucho el prototipo, la maqueta, y van directo al producto terminado. Para mejor, esta tecnología es mucho más rápida y permite hacer varias pieza a la vez, con lo que se entiende el ejemplo que usan en la firma por experiencia propia, el de hacerse un juego de ajedrez de a diez piezas por tanda. En tiempo real, andaban inventando un tablero para ponerse a jugar, lo que explica la popularidad de estas máquinas entre, por ejemplo, los joyeros, que pueden fabricar piezas de diseño original, en minutos u horas, y en partidas grandes o personalizadas. Literalmente, se pueden usar para crear piezas únicas o series, a un costo muy práctico.

Este nivel de personalización abre puertas realmente notables en el campo médico. Con las impresoras argentinas se pueden fabricar dientes que sean exactas copias de los perdidos, huesos milimétricamente tomados de un CAT-Scan –literalmente, porque el programa se adapta a la computadora de control– y todo tipo de prótesis personalizadas a costos muy bajos. En esencia, cualquier cosa o parte, humana o inanimada, que se pueda escanear se puede reproducir con una precisión muy cercana al original. Y en cosas de la imaginación, la distancia entre el diseño de la pieza o parte y tener el prototipo en la mano es de minutos, una vez cargada la información en la impresora. Esto explica la popularidad de las impresoras, que ya se venden en varias provincias y se están empezando a exportar.

Los jóvenes dueños de Trimaker invirtieron mucho tiempo y dinero en investigar y desarrollar su versión propia de las impresoras, y se ganaron el premio Innovar 2012, lo que los decidió a arrancar la producción en el mundo real. Con apenas un año en el mercado, se están ganando mercados, generando interés en exposiciones en todo el continente y abriendo representante permanente en el Uruguay. Un factor relevante en esto es la decisión de argentinizar drásticamente los costos y hacer que la tecnología fuera independiente de los vaivenes del dólar, ambas condiciones básicas para que se considere realmente adoptada y adaptada. Una máquina importada de este calibre cuesta 25.000 dólares y crea una dependencia que reíte de Amazon del proveedor de resina.

Pero el nuevo modelo de Trimaker, la T-Black cuesta 32.000 pesos más IVA, con resina barata y todo lo que haga falta para arrancar con el trabajo. La garantía es de doce meses o 500 horas reales de impresión, y los materiales disponibles permiten productos en goma, plástico rígido tipo abs y plástico de baja viscosidad, lo que significa que se va del material blando a la dureza de una carcasa de electrodoméstico. A 400 pesos por kilo, los productos terminados en este material tienen un costo muy en escala: para tiradas de cientos de objetos pequeños, como anillos, el cálculo de costos se reduce a un papelito y el tiempo se mide en horas.

¿Y LA REVOLUCION INDUSTRIAL? LA

T-Black ya permitiría salirse de una condena a la homogeneidad del detalle que agrisa hasta lo mejor que producimos, por el mentado sobrecosto de la matricería. Un ejemplo de la vida real lleva a la infinidad de carteras que se diseñan y producen en este país, de lo más variadas en tamaño, diseño y calidad. Lo que absolutamente todas, sin excepción, tienen en común es el tirador del cierre, una piecita de metal abominable y aburrida que uno ya ni nota. Excepto cuando se ven carteras de latitudes más felices, donde se pueden hacer tiradas personalizadas en costo, latitudes donde cada marca tiene su propia piecita o pieza, única, con logo o forma propios, inconfundible, agregando a la construcción de la marca y al diseño, y sin la obligación de ser Vuitton. Es exactamente lo que la impresora 3D hace mejor y en costo.

Las posibilidades industriales son enormes. Por ejemplo, si hay que comprar los tubos de crema disponibles en el mercado local, al menos se puede diseñar la tapita propia, con la forma más fantasiosa que salga de una computadora y la identidad más tajante a la que se anime la marca. Y así por delante, haciendo cosas que hasta ahora se prohibían a fuerza de costos. Para mejor, en Trimarc siguen trabajando en cosas como resinas de colores, resinas que pueden cambiar de color, máquinas más rápidas y máquinas capaces de fabricar pequeños muebles. Esta movida recién está empezando.

Con lo que se vuelve a la cuestión original, la de la capacidad industrial de crear prototipos de uso real en una economía como la nuestra. Armados con una 3D, los argentinos pueden soñar en reinventar la hélice, mejorar torques y palancas, sumergirse en la micromecánica y en general no tener que andar esperando que alguien lo haga en otra parte y se quede con la parte del león. Soñar, pese al refrán, cuesta mucho. En una de ésas, este desarrollo argentino tiene la chance de bajarnos los costos de hacer cosas nuestras.

La página www.trimaker.com incluye varios videos de demostración del uso de las máquinas.

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