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Sábado, 31 de enero de 2015

Ideas para una Ciudad Vieja

El casco histórico de Montevideo es el origen de la ciudad, su City bancaria, su puerta de entrada al turismo y su mayor concentración cultural. Las lecciones de cómo se maneja y se desarrolla el barrio desde lo público y desde lo privado.

 Por Sergio Kiernan

Quien camine por los cascos antiguos de Cartagena de Indias, Ouro Preto o nuestra vecina Colonia del Sacramento, entenderá enseguida para qué sirven esos barrios. Son lecciones de historia en piedra y ladrillo, son referentes de dónde viene cada uno de esos países, y son poderosos negocios turísticos que no sólo se mantienen prósperamente, sino que le dan vida al resto de la ciudad. Los tres casos citados son coloniales, preservados en grados muy altos –incluyendo los empedrados que sobrevivieron de principios del siglo XIX– y justamente famosos.

Pero resulta que estos cascos históricos de estricto uso turístico son relativamente raros en un mundo donde lo más viejo suele ser el centro de la ciudad. Buenos Aires se cargó con toda alegría su centro viejo, reemplazándolo por la mezcla de patrimonio más tardío y rascacielos olvidables que caracteriza ahora ese sector, con lo que mucha gente hasta cree que San Telmo (de pleno uso turístico) es lo más viejo de la ciudad. Pero tanto Londres como Roma, Boston como Estambul, consideran sus centros como barrios históricos. Esto crea situaciones peculiares, con problemas especiales y soluciones dispares que sólo tienen en común desmentir la zoncera de moda entre los especuladores argentinos: que un casco histórico es un museo y por lo tanto algo a evitar.

De hecho, a la hora de discutir la preservación histórica de los cascos históricos se está discutiendo en parte un modelo de negocios para los edificios en sí, para el barrio en su conjunto y para la ciudad en general. Montevideo, la capital de Uruguay, tiene un casco histórico con un uso y un posicionamiento realmente peculiares, y las soluciones de negocios que se están pensando o aplicando son llamativas para un porteño. Es que la Ciudad Vieja, como la llaman desde siempre, aloja también la City financiera: los bancos uruguayos nunca se mudaron de la parte alta del barrio histórico, y en los últimos años algunos hasta se mudaron al sector.

Montevideo nació como una fortaleza militar en el largo enfrentamiento entre españoles y portugueses por controlar el Río de la Plata, heredado por argentinos y brasileños, y ni hablar por los orientales. La península donde se originó la ciudad, de la Plaza Independencia al oeste, llegó a estar casi completamente amurallada y a acostumbrarse a los bombardeos y los sitios como rutina. Esa Montevideo de las guerras civiles consistía en un pueblo desparramado, rural, entre la fortaleza de la península y la del Cerro del otro lado de la bahía, una geografía bien conocida por los argentinos que hayan leído a Mármol o Mitre, jóvenes exiliados combatientes en las guerras civiles.

Eventualmente, las guerras terminaron y la economía del Uruguay despegó en líneas más o menos paralelas a las que siguió Argentina, con una explosión urbana en Montevideo. El tejido se expandió en las tres direcciones posibles, al norte hacia el Cerro, al este por la costa, llegando hace un siglo a Carrasco, y tierra adentro por kilómetros y kilómetros. La Ciudad Vieja quedó reducida a un barrio de la nueva, enorme ciudad, encajonada entre el puerto que se estiraba siguiendo la bahía y el Centro, donde se abrieron avenidas nuevas y elegantes, con edificios notables que arrancan en el Salvo frente a la plaza y siguen por cuadras y cuadras. Al pequeño distrito histórico le quedó una serie de casas históricas –de combatientes en los sitios y las guerras civiles–, edificios públicos y una colección variopinta de residencias más o menos decadentes. La mudanza del comercio naval terminó de sacarle relevancia económica, y la Ciudad Vieja quedó como un dolor para los patrimonialistas y un barrio lleno de problemas.

Con una excepción notable. En su borde este está la plaza Independencia, sede de la presidencia y tumba del padre de la patria, Artigas. Quien camine desde ahí hacia el oeste, entrando en la Ciudad Vieja, encontrará una suerte de muralla de bancos cortada apenas por la plaza Matriz, que aloja el hermoso Cabildo, ahora en restauración, y la iglesia catedral, además de un conjunto de edificios de principios del siglo XX de particular calidad. Esta presencia financiera sostuvo siempre bares, restaurantes y servicios que, al menos de día, le daban vida al sector. Atrás quedaban cientos de edificios más o menos descascarados, muchos de los cuales fueron demolidos en décadas pasadas en una suerte de renovación urbana mal pensada que, por suerte, perdió impulso casi enseguida.

La Ciudad Vieja de hoy es oficialmente un barrio histórico que aloja varios monumentos históricos nacionales y exhibe un stock de edificios envidiables para un rioplatense. Ahí, entre cúpulas francesas y mansardas, entre italianismos familiares y manierismos sorprendentes, se encuentran casas y casonas de fines del siglo XVIII, herrerías ya perdidas entre noso-tros, paños de azulejos de Calais, aljibes y techumbres altísimas en bovedilla curva o “techo porteño”, el curioso nombre local de la bovedilla plana. Al ojo curioso le espera la aventura de encontrar estos edificios coloniales remodelados en tiempos de independencia, fachadas criollas italianizadas que esconden pasados bastante más antiguos. Lo mejor de todo es el cielo, intacto de las torres que arruinan todo del otro lado del río, porque hasta los edificios feos de reemplazo no quiebran las alturas tradicionales.

Un estudio reciente de la firma Mori para el gobierno de Montevideo explica la curiosa situación social de este casco histórico. En la Ciudad Vieja viven apenas 12.000 personas, pero cada día van a trabajar al barrio otras 30.000 en alguno de los 2600 negocios del lugar. Según resalta Mori, absolutamente todos los bancos del Uruguay tienen sus sedes centrales en el casco antiguo, lo que explica que, de los que van a trabajar, dos tercios exactos sean empleados del sector privado. El resto, 10.000 empleados, trabajan para los bancos oficiales, las muchas sedes de la administración pública en la Ciudad Vieja, o en el puerto. Esta población hace que al mediodía la plaza Matriz y la peatonal Sarandí sean un hervidero de gente. Allí se juntan los locales con el millón de turistas que visitan Montevideo cada año, dos tercios brasileños y argentinos, que tienen que ver la Ciudad Vieja porque es parte esencial de la visita. Un punto a favor, la mitad de los turistas consultados por Mori dijo que eran reincidentes, que ya habían visitado la Ciudad Vieja y estaban de vuelta.

En las 64 cuadras por atrás del distrito financiero hay varios atractores para el visitante, del tipo que sostienen los turistas. Está, por supuesto, el viejo mercado ya largamente transformado en un conjunto de restaurantes compartiendo un único, y muy bello, techo. El mercado ya transformó su entorno, muy bien urbanizado y rodeado de locales y hoteles pequeños en edificios restaurados. La visita sigue por la peatonal Pérez Castellanos e incluye joyas como el Museo de Arte Precolombino e Indígena que dirige Facundo de Almeida y cada vez genera más actividades en su sede de la calle 25 de Mayo, el viejo comando de la Armada uruguaya. Ahí cerca está la plaza Zabala con el Museo de Artes Decorativas en el Palacio Taranco y con la enorme sede del Discount Bank, que recicló un gran edificio secular para instalarse. El entorno de la plaza ya está casi completamente renovado y hasta tiene una pequeña peatonal, la Alzaibar, para conectarse con la Sarandí. En ese cruce ya se abrieron restaurantes y cafés que trascienden a la clientela bancaria del mediodía. Varios edificios históricos de la zona fueron reciclados hasta con aportes del BID y del gobierno japonés, y la seguridad y la iluminación mejoraron notablemente, después de un período de quejas.

Pero todo esto parece cerrar con horario fijo y una característica notable de la Ciudad Vieja es la casi absoluta falta de vida nocturna, hasta el nivel de tomarse un café. Ahí es donde se nota la falta de población local y la falta de oferta para los visitantes, y es donde se despliega lo más original que está pasando en el barrio. Decenas de edificios están siendo reciclados por privados que buscan extender la actividad económica y atraer población al sector creando nuevos lugares. Un ejemplo es Urban Heritage, la firma que conducen Jesper y Olenka Bethe, danés y norteamericana con muchos años en el Río de la Plata. El llegó a Buenos Aires trabajando para Maersk, después de pasar por España y antes de asentarse en Montevideo, y ella ya se había recibido de arquitecta en la UBA. Sus primeras experiencias en reciclado y administración de inversiones inmobiliarias las hicieron en Palermo Viejo y ya llevan reciclados ocho edificios en la Ciudad Vieja, una inversión por ocho millones de dólares propios y de terceros.

Los socios explican que los cascos históricos siempre son negocio porque “tarde o temprano se valorizan”. Una razón es que no es necesario “inventarlos” como lugar, no hay que ponerlos de moda sino revaluarlos, con lo que los fenómenos de movimiento urbano son mucho más duraderos y reales. Los Bethe ya vieron transformarse al barrio, que era “un desastre” a un par de cuadras de la plaza Matriz y participaron creando espacios comerciales en la peatonal Sarandí, que tuvo un fuerte impacto en la imagen de la zona. También participaron del nuevo fenómeno de crear departamentos chicos en caserones añejos, aptos para una nueva demografía de familias más chicas, parejas sin hijos y jóvenes viviendo solos.

Los Bethe subrayan la importancia de no arrasar el patrimonio construido para ganar metros o seguir moditas pasajeras en diseño. Es simplemente no matar la oca que pone los huevos de oro, mantener el diferenciador entre la Ciudad Vieja y otros barrios de la misma ciudad. Y también opinan que es negativo caer en la gentrificación pura y simple, expulsando a la población original, sobre todo si el distrito puede terminar siendo turístico, comercial y de oficinas únicamente: “Si no hay vecinos, ¿quién cuida el lugar?”. definen con llaneza.

En Urban Heritage entienden que el turismo es una llave urgente para el barrio. Resulta que una enorme mayoría de los visitantes llega a Montevideo por el puerto y lo primero que ve del país es la Ciudad Vieja. De hecho, los cruceros tienen prioridad de atraque al borde del barrio y lo tienen como entorno de sus hoteles flotantes. Los Bethe quisieran cambiar el eje del crucero al Buquebús que llega de Buenos Aires por una simple razón, que este tipo de visitante necesita un hotel y eso invita a inversiones en la Ciudad Vieja.

Las políticas públicas ayudaron y mucho al barrio, sobre todo las municipales, pero sigue existiendo un problema de régimen de inversiones que afecta mucho el perfil del sector. Para empezar, no existe un régimen de ventajas para edificios catalogados o de valor histórico, ni tampoco para el rescate de edificios ya en ruinas. De hecho, reciclarlos implica un fuerte aumento de las tasas y los impuestos. Crear viviendas en un número significativo implica participar de los planes de vivienda social, que no fueron creados para rescatar el patrimonio. La única excepción es una ley nacional que da ventajas impositivas a las inversiones productivas de cualquier tipo, incluyendo oficinas, que se presta bien a las inversiones en la Ciudad Vieja. El problema, claro, es que eso refuerza el actual perfil de vida diurna comercial y laboral, con horario fijo de terminación al caer la tarde.

Este tipo de discusiones complejas que se dan en Montevideo demuestran, una vez más, que la palabra “museificar” es una excusa canalla de los especuladores que sólo entienden el uso máximo de la tierra. La Ciudad Vieja es un barrio real, con vecinos viejos y nuevos, visitantes y gente que va ahí a trabajar. Tiene además la mayor concentración de oferta cultural de la ciudad, todos los bancos del país y el rol de gatera para los visitantes. Que el lugar tiene una vida real y propia es un hecho, con lo que la pregunta es solamente cómo diversificarlo y enriquecerlo sin hacerle perder su carácter y su patrimonio. Como dicen los Bethe, “sin esterilizarlo”.

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