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Sábado, 6 de septiembre de 2003

Perfil de un disidente

Oscar Tusquets fue niño terrible, asistente de Dalí, diseñador de muebles que se producen en media Europa. Fue y sigue siendo un convencido del posmodernismo, un creyente en la decoración y un hiperactivo constructor de viviendas. Acaba de presentar su propia “Enciclopedia”, resumen de obra, ideas y vidas.

El hombre no se ahorra sus opiniones: “No me gusta ni ese minimalismo radical que hoy impera ni esos arquitectos siempre iguales a sí mismos. Por eso es difícil que gane nunca un concurso. He llegado a la conclusión de que si la arquitectura que hacen los miembros del jurado me interesa tan poco, es muy difícil que la mía les interese a ellos... El arte tiene sus momentos brillantes, pero no estamos viviendo un período de excitante aceleración, sino de calma chicha, y de igual forma que de Fidias a Donatello no hay ningún gran escultor, sencillamente hoy no es un buen momento de la arquitectura”.
Oscar Tusquets, enfant terrible, agitador cultural, bohemio setentista, arquitecto renovador, pintor figurativo, trabajador hiperactivo, sigue en un nivel de actividad y trabajo que, francamente, le hace inútiles los concursos y exámenes. En este momento se están construyendo dos hoteles suyos en Barcelona, uno en las diagonales y otro en Montjuich. Sigue diseñando con gran éxito muebles que producen y venden media docena de las principales casas de Europa. Está escribiendo un libro sobre su peculiar amistad con Dalí. Sigue pintando sus lentos cuadros –seis meses promedio cada uno– que se niega a vender y serán exhibidos este año en Madrid y Barcelona. Y como para que no le digan que se queda quieto, hizo una especie de curación del libro Enciclopedia Oscar Tusquets, catálogo de ideas redactado por Juli Capella con colaboraciones de setenta personalidades entre las que se cuentan artistas, directores de cine, arquitectos y escritores como Mario Vargas Llosa, cuyo texto se reproduce en el recuadro.
Con 62 años cumplidos, Tusquets recuerda su primera vida como “otro planeta”. Empezó la escuela apenas terminada la Segunda Guerra Mundial, cuando España seguía siendo “un país nacionalsocialista”. Sus prósperos padres le ahorraron “esa mugre” mandándolo a un colegio alemán –que curiosamente eran antinazis– y a la tarde al colegio de artes de Llotja, a aprender a pintar. Sólo al llegar a la universidad pasó del arte a la arquitectura, para “ganarse mejor la vida”. Claro, lo que su padre no sabía “es que de pintor seguro que hubiera tenido menos dolores de cabeza. La arquitectura es muy dura”.
A los treinta, el joven arquitecto era una figura en la dorada bohemia catalana que recuerda Vargas Llosa, y un amigo y colaborador de Dalí. Su primera obra fue en 1972, con su primer socio, y diminuta. Un conocido le pidió una casita de 40 metros en el pueblito de Llofriu, en una ladera con una vista descomunal. Tusquets y su socio se rompieron la cabeza pensando cómo salir de “la casita con su porchecito” hasta que decidieron saltar la cerca. Habían andado leyendo los textos posmodernistas de Rober Venturi y la conclusión fue “disfrazarla de otra cosa. Vamos a hacer un belvedere en medio de un jardín y dentro vamos a hacer una casa”. Años después, la idea recibió el homenaje del teórico Charles Jencks, que la definió como la primera pieza posmoderna sincera. “Los americanos hacían estos diseños con un guiño, con una ironía. Esta no, ésta no tiene mala conciencia”, dijo el americano.
Hace treinta años, llovieron las críticas y la notoriedad. Tusquets descubrió la etiqueta que le gustaba llevar: “El posmodernismo abandona el pensamiento único de la modernidad y del progreso, y considera que la historia de la arquitectura está para que la utilicemos con libertad. Tenemos la posibilidad estilística de usarla. Una actitud posmoderna es, por ejemplo, manifestar que a mí me apetece tener dos columnas dóricas en mi casa, y que las iba a instalar. Y me cayeron de punta. Pues a mí me gusta cómo les da el sol a las aristas, la diferente sombra que proyectan a distintas horas del día. Me puedo permitir ese placer porque no tengo un compromiso con la modernidad”.
También porque su estudio –que comparte con la naciente editorial que fundaron su hermana, antigua dueña de Lumen, y su mujer– fue una máquina de construir edificios de viviendas en el Ensanche barcelonés en los ochenta y noventa. Es que Tusquets se dejó seducir por el presidente delBarça, gran especulador inmobiliario, que le venía “de a cuarenta terrenos, todos para que elija”, y logró convencerlo de que un edificio de buena arquitectura es tan rentable como uno de espantos. Una carrera puntuada por objetos –como el buzón residencial que se ha tornado ubicuo en España– y obras de porte como el Auditorio Krauss en Las Palmas de Gran Canaria.

El País Semanal para Página/12

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El espacio en lacre es su estudio, que comparte con la editorial de su mujer y su hermana, y abajo la Casa del Laberinto, en el Maresme catalán. La tapa es el impactante hall de entrada del auditorio Krauss, en Canarias, de 1997.
 
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