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Sábado, 12 de noviembre de 2016

Una utopía traída a lo real

El viejo y agudo problema de la vivienda inspiró a un grupo que lo tomó desde lo material, lo urbano y lo social.
El resultado es flexible, a un costo sólo posible por la industrialización y con una propuesta cooperativa.

 Por Sergio Kiernan


Dos propuestas para desarrollos urbanos en Ushuaia, que muestran la flexibilidad de la tecnología propuesta. Utilizando recursos ya disponibles y una escala industrial, se reducen drásticamente los costos y los tiempos reales de construcción.

Cuando uno escucha hablar de vivienda popular, las emociones pueden ser fuertes y contradictorias. Es la gran asignatura pendiente, la de un millón de familias malviviendo como pueden. Es una de las peores maneras en que se construye ciudad, con tiras desangeladas de cubitos de techo a dos aguas con el tanque de agua. Es la fuente de errores bíblicos, como los mega-monoblocks que hasta hubo que demoler. Y es, tantas veces, un sinónimo de ínfima calidad con precio exagerado. El tema de la vivienda social es de los que se devoran a los buenos, algo camino a la utopía.

Algo de eso, de utopía, tiene el muy concreto y calculado modelo constructivo que se presentó la semana pasada ante la industria en un encuentro en Rosario. La consultora Tecnopolítica pasó años juntando talentos y saberes para traer la utopía a una realidad industrial, urbana y financiera que resolviera el problema. Lo que terminaron haciendo los socios Miguel Mármora, Inti Alpert, Alan Whamond y Daniel Becker causó impresión justamente por lo factible. La idea tiene dos vertientes, una concentrada en la vivienda en sí y la otra en la idea de ciudad, del espacio urbano que se busca crear.

La primera idea-fuerza de este emprendimiento es que se crea un kit constructivo evolutivo y modular, pensado de modo que con toda naturalidad la unidad principal, de ochenta metros cuadrados, pueda crecer hacia arriba o hacia los lados, y se pueda insertar en un lote de modos diferentes. El concepto permite la flexibilidad de hacer edificios, abrir locales con o sin vivienda, utilizar las estructuras para comisarías, centros comunitarios o puestos de sanidad. El módulo básico mide ocho por cinco metros y suma ochenta metros de superficie en dos plantas.

¿Cómo se hace esto? Con metal, como se construyó buena parte de lo que hoy llamamos patrimonio y todos los rascacielos originales. El sistema modular consta de barras en I de acero, unidas por piezas especiales y bulones, lo que evita la costosa y más lenta soldadura (en el encuentro de Rosario el sistema fue muy elogiado por los constructores). Los muros de la envolvente son de poliuretano entre chapas, piezas continuas creadas con maquinaria italiana originalmente diseñada para hacer piezas de puentes. Los entrepisos de fábrica son de madera, con la posibilidad simple de agregar una losa liviana. Y como el kit es el resultado de juntar saberes, todo el equipamiento es de FV, Ferrum, Arneg, Fiplasto y Cambre. Esto es, exactamente el de la construcción de clase media.

Otra característica del sistema modular es la velocidad de construcción. Un oficial, un medio oficial y un peón con un mínimo de maquinaria y equipamiento pueden montar la envolvente en apenas cinco días. Luego vienen cinco días de instalaciones, cinco para revestir muros y carpetas, y cinco para el mobiliario que viene incluido, los cables y los artefactos. La vivienda viene completamente equipada, con un baño dividido y cocina con mesada y bajo mesada. La escalera lleva al primer piso con un pequeño rellano y dos dormitorios cuyo muro de separación es en realidad un armario especialmente diseñado para el módulo. El kit actual es blanco por dentro y gris-computadora por fuera, por supuesto cada uno puede pintarlo o revestirlo a su gusto.

Este sistema permite también producir en serie todas las partes del kit, con una baja de costos notable. Un kit cuesta treinta mil dólares o 25.000 en cantidad, más unos cinco mil de armado.

Estos precios, la velocidad de la construcción y la completa flexibilidad de montar los kits como módulos de una construcción mayor o de un contexto urbanizado llevan a la segunda idea del proyecto. Tecnopolítica es un grupo que opina que urbanizar un sector de un pueblo o ciudad, o crear uno nuevo no es simplemente construir una serie de viviendas con agua corriente, cloacas y electricidad. Es crear una comunidad urbana, con profesora de inglés, una mercería y un kiosco, un taller mecánico y alguien que por supuesto venda y arregle celulares. Como puede observarse en cualquiera de las urbanizaciones “sociales” tradicionales, pese al autoritarismo del planteo todos estos usos surgen igual, pero “en contra” de lo planificado y construido.

Tecnopolítica plantea crear espacios urbanos con su calle comercial que atraiga público y por lo tanto servicios y transporte. La idea se aplica a la necesidad de densificar los arrabales urbanos, que muchas veces son kilómetros cuadrados de familias acostumbradas a caminar y caminar para tomar un colectivo o comprar algo. Como dicen en la consultora, se busca crear en un plazo rápido, unos tres años, barrios de tres pisos de altura, con 200 metros cuadrados de construcción por parcela, comercios, pequeñas empresas, servicios públicos. Esto es, como enseñaba Jane Jacobs, la receta de la “calle atractiva”, lo contrario de la urbanización social de casas chiquititas aisladas entre sí y alejadas de la trama urbana real.

Como se sabe, pocas cosas estabilizan más a una sociedad que aumentar la cantidad de propietarios. Esta idea implica enriquecer a grandes sectores que malviven alquilando y también mover la lógica de la industria inmobiliaria de ser un reemplazo del inexistente mercado de capitales –la única inversión es el ladrillo– a crear vivienda y ciudad. Con lo que no extraña que el tercer concepto desarrollado por Tecnopolítica es el del fideicomiso por iniciativa estatal, que reemplace al subsidio o la inversión directa a fondo perdido. Para esto hay que enlazar al Estado con comunidades ya existentes, sindicatos, organizaciones sociales, cooperativas. Un municipio, una provincia, un organismo público o el mismo Estado Nacional pueden ser los financistas de un fideicomiso a corto plazo, algo posible por el muy bajo costo de los kit. Hasta los gremios pueden crear y financiar fideicomisos por las suyas.

El mismo fideicomiso, en este caso, crea una comunidad con intereses compartidos. Es un grupo que se auto selecciona para crear un espacio urbano donde convivir, donde cada participante no lidia con el estado o una empresa sino con sus vecinos, que son sus socios. Es un modelo cooperativo implícito en la misma organización del emprendimiento, uno que puede ahorrar años de trámites catastrales de subdivisión y escrituración, entre otras pesadillas habituales.

No extraña, entonces, que la idea ya se esté discutiendo en varios niveles, inmobiliarios, municipales, gremiales, cooperativos y también empresariales. La escala, en este caso, abarata y no complica, lo que la hace exactamente apta para una política de estado. Uno de los temas de campaña fue explotar la vivienda creando un millón de créditos, algo perfectamente factible con estos precios de arranque.

El proyecto, los diseños y hasta los precios en detalle están disponibles en la página www.consultoratecnopolitica.com.

suplementom2@yahoo.com

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