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Sábado, 23 de marzo de 2002

Puerto Madero

Fue eje y símbolo de la Argentina dorada, el puerto exportador pegado al centro del poder político. Un siglo después, se transformó en vidriera de otro supuesto despegue, un puerto de torres de lujo, oficinas y demasiados restaurantes. La crisis dejó en el aire ese modelo de urbanización. Su historia y sus problemas.

Por Pedro C. Sonderéguer *

A fines del siglo XIX, en los inicios del país moderno, la elección del lugar de construcción del puerto fue un acto cargado de sentido, destinado a resignificar profundamente el área central de Buenos Aires. El puerto en el sur .-el proyecto Huergo– no era sólo la carta de un sector de la burguesía porteña: era también una opción por un modelo de ciudad. Al elegir el proyecto Madero no se eligió solamente una cierta tipología portuaria y una muy específica alianza social y financiera: se eligió también un modelo espacial que, preservando los usos urbanos del frente fluvial -.la vieja Costanera Sur–, situaba los símbolos del poder económico junto a los centros del poder político. Los docks irían junto a la Casa Rosada, que a su vez ocupaba el lugar del antiguo Fuerte y sustituía al Cabildo.
Frente a la misma Plaza de Mayo, la república naciente instalaba los galpones y los silos, los ferrocarriles y los buques, marcando un eje que desde el puerto conducía hasta el Congreso. Este ejercicio espacial expresaba la nueva integración del poder y al mismo tiempo una nueva visión ampliada del significado de la ciudad en el territorio. El área federal se ampliaba más allá del antiguo recinto colonial, incorporaba los pueblos de Flores y Belgrano, y la mirada se extendía hacia el conjunto de las provincias. El ámbito de la Plaza de Mayo articulaba ahora las bases del país nuevo. La tarea había comenzado con la demolición de la Recova Vieja y, en ese escenario cargado de futuro, el puerto del sur pertenecía definitivamente al pasado.
Sabiéndolo o no, todos los argentinos asimilamos desde entonces esa imagen. La costa dejó de ser el espacio más o menos indefinido de las lavanderas y los contrabandistas para ser la cabeza del formidable aparato agro-industrial de la Argentina moderna. Durante décadas, desde las azoteas de las casas porteñas, fue posible ver la larga fila de buques esperando el momento de la entrada al puerto. El sueño fue realidad durante un siglo.
Con el proyecto de urbanización de Puerto Madero iniciado un siglo más tarde, durante la década neoliberal de fines del siglo XX, Buenos Aires cambió otra vez. Cargada de un sentido que el país tardó en interpretar, la decadencia de los viejos diques preparó el cambio de los años ‘90. Así, rechazando una inercia urbana de estéril nostalgia incapaz de traducirse en acción, un aire de cambios llegó al viejo puerto para transformar sus desocupados espacios industriales, interviniendo firmemente en el espacio simbólico del país agrario. Los terrenos portuarios fueron reconvertidos en áreas de servicios: hoteles por galpones, restaurantes por silos.
Habría que preguntarse por qué esa liquidación del espacio productivo del país agrario fue festejada como un éxito, por qué razones esa transformación de un espacio de producción y trabajo en un espacio de servicios de lujo fue recibida con aplausos, en el mismo momento en el que la expansión del comercio exterior multiplicaba el movimiento de contenedores y requería un replanteo a fondo de todos los espacios portuarios: durante los años ‘90, el puerto de Buenos Aires pasó de mover menos de 300.000 contenedores al año a mover cerca de 1.200.000. Por otro lado, ¿qué sentido darle hoy a un proyecto que, sin duda, es en varios terrenos un logro? ¿Cómo interpretar hoy la visión que identificó el abandono del viejo puerto con una necesidad de renovación de la ciudad?
Las características de los nuevos escenarios económicos globales de los años ochenta pusieron a las ciudades frente a una impostergable necesidad de renovación y reestructuración de sus espacios para conservar y ganar competitividad y eficiencia en una economía de flujos globales de mercancías, capitales y personas con nuevos retos y nuevas exigencias. Si es cierto que las fuerzas económicas y sociales moldean el espacio en el que se desarrollan las actividades humanas, una adecuación de la ciudaddel 900 a las nuevas condiciones económicas era no sólo inevitable sino deseable. Sin embargo, hoy vemos cómo, pasada la euforia de los años ‘90, las actividades terciarias de Puerto Madero aguantan como pueden una crisis que no están en condiciones de contener ni revertir. La oportunidad de una ubicación estratégica, a metros de los centros del poder político y financiero, se ha dispersado en una suma de espacios para el ocio. El conglomerado de restaurantes, cines, hoteles, clubes y viviendas de lujo que definen el perfil del emprendimiento mucho más que las universidades privadas situadas en sus bordes, está tan lejos del antiguo puerto como del Centro de Negocios que alguna vez imaginó la vanguardia arquitectónica local en los años ‘30, a la sombra de las propuestas de Le Corbusier.
En esta situación, ¿qué futuro puede esperarse para Puerto Madero?

* Arquitecto, director de la Licenciatura en Gestión Ambiental Urbana de la Universidad Nacional de Lanús.

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