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Jueves, 8 de enero de 2004

DISTINTAS MIRADAS SOBRE UNA BUENOS AIRES SIN VENTA DE ALCOHOL EN KIOSCOS Y ESTACIONES DE SERVICIO

Ley de vasos vacíos

Desde el lunes 22 de diciembre de 2003, un decreto-ley del gobierno de la ciudad de Buenos Aires prohíbe la venta de bebidas alcohólicas en kioscos, maxikioscos y estaciones de servicio. La cultura barrial dominante de los noventa, simbolizada (justamente) en comprar cerveza y tomarla en la vereda, parece estar en jaque. O no tanto... Una recorrida dentro y fuera de la ciudad, brinda resultados dispares.

 Por Pablo Plotkin

Entre los jóvenes argentinos que emigran a España –donde rige una ley restrictiva similar a la que decretó recientemente el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires– está de moda una changa clandestina que tiene mucho de rito iniciático: revender latas de cerveza tibia en las puertas de los shows, las discotecas y a través de las playas del Mediterráneo. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que las calles de Buenos Aires se pueblen de punteros etílicos nocturnos, pertrechados con heladeritas de telgopor y una hoja de ruta cuidadosamente delimitada? Pasaron dos semanas desde que Elliot Ness y sus intocables (bueno, Ibarra + cien inspectores municipales) comenzaron a controlar la prohibición de venta de bebidas alcohólicas en 5000 kioscos, maxikioscos y estaciones de servicio de la ciudad. Desde entonces, más que registrar una merma en el hábito tóxico, los barrios asisten a un principio de transformación (¿un détournement situacionista involuntario?) en la cultura de la vereda: ya que la cosa es con los kioscos, ¿por qué no maxikiosquizarse sin perder los derechos adquiridos? Es decir: parecer, no ser.
Es un poco complicado, pero hay que atender a los primeros síntomas. Salgan a la calle cualquiera de estas noches (en caso de que todavía no lo hayan hecho), pidan por cerveza en los kioscos y se encontrarán con dos clases de respuestas. La primera, abrumadoramente mayoritaria, se resume en la frase “no, alcohol nada, papi”. La segunda corresponde a los infractores, los que reciben mochilas vacías y las devuelven pesadas y tintineantes, los que llenan botellas de gaseosa con rubias espumosas o con tintos súbitamente genéricos. Dentro de este grupo, por ahora, predominan los dubitativos, los kiosqueros que saben que hay sabuesos por todas partes y que las multas van –según el boletín oficial que comunicó la medida– de 300 a 10.000 pesos. La birra de kiosco, la fría, el tubo, la checha, el combustible de una cultura callejera alentada durante la década menemista, aparece como el fetiche a combatir por el progre-oficialismo capitalino. Y con ella, se supone, caería la figura bastarda de los pibes en la esquina. ¿O no?
Alrededor de Plaza Italia, una de las zonas más caras al rubro, la estética de pulpería polirrubro reemplazó a la de maxikiosco congestionado. Los cumbieros de Metrópolis y los punks del Salón Pueyrredón acuden a locutorios, almacenes travestidos y pancherías que sacaron las sillas de plástico a la vereda. El enrejado de los kioscos, de por sí bastante sombrío, cobra un aspecto sobrecogedor. Un empleado con tatuajes tumberos se asoma a la ventanilla y aborta cualquier intento de diálogo. “La ley seca...”, murmura, casi como un zombie. “Está muy mal”. Delante de un par de heladeras vacías y abiertas, un veterano muestra las palmas y le manda saludos a Ibarra. A pocos metros, un par de chicas con buzos deportivos y flequillos engominados, sentadas en un umbral, comparten una cerveza de litro. ¿Dónde la compraron? A la vuelta. Un tugurio con guirnaldas y una portentosa rockola –que no es, técnicamente, un kiosco– expende comidas y bebidas y ofrece un par de cachacas para paraguayos solitarios. Un pool de un chino aporteñado resulta una de las opciones más económicas para sacarse la sed. Los locales habilitados abren las puertas de par en par y exhiben, presuntuosos, las heladeras cargadas como para emborrachar a una tropa de kosacos.
Así, la sensación de que la ciudad empieza a cobrar la forma de un gran maxikiosco puede ser uno de los contrasentidos más flagrantes de esta especie de ley seca. La cultura del alcohol sacado a la calle (¿cuándo aparecerá la versión porteña de la bolsa de papel madera, tan utilizada en Estados Unidos por ejemplo?) excede, por mucho, cualquier tecnicismo legislativo. ¿Desde cuándo la dificultad de acceso a las sustancias representó una forma de solución? Y por otro lado: ¿a dónde irá a parar, legal o no, esa parte muerta (o suspendida) de la actividad kiosquera? ¡A la calle! ¿A dónde, si no?

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