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Jueves, 8 de enero de 2004

JOVENES “DE LA CALLE” EN PUBLICIDADES Y DESFILES

Comunes y corrientes

Marcas, agentes y diseñadores ahora buscan “civiles” en lugar de modelos profesionales. Es una tendencia que creció el año pasado y se fortalecerá en 2004. La clave de este éxito es tener “algo más” que una cara bonita, o sea: el tipo de actitud que alguien puede tener mientras espera el colectivo.

 Por Julián Gorodischer

En Villa del Parque lo vuelven loco con ese asunto de “la firmita”. Todo empezó en el supermercado, cuando revolvía en las góndolas y alguien le ofreció la gloria y la fama, sólo por tener actitud de persona común. El chico se llama Emilio Alix, y es el de la publicidad de Gancia de las cabezas incendiadas. Su historia resume una tendencia: el boom de los “civiles” en reemplazo de los modelos tradicionales. Los nuevos ya no venden carne ni cultivan el plástico o el bíceps infladísimo. Ahora la publicidad y los desfiles los prefieren así, con ropa de calle, como si estuvieran esperando el colectivo. “La actitud real es la defensa de la integridad –cuenta Picky Courtois, de la agencia Civiles–, es vender el producto sin tetas ni culos, sin carne. Me gusta la mirada fuerte, la seguridad, la clase.”

Cambio de hábitos
La tendencia podría pensarse en términos de búsqueda de un equilibrio. Si la primera reacción a la belleza de laboratorio llegó con la irrupción del freak, ahora se impone el reinado de lo corriente. Primero, y de la mano de Freak Models, las marcas vieron el filón del raro, y desde SevenUp a Visa incluyeron su repertorio de monstruos bellos. Los amigos reencontrados (en el aviso de la gaseosa), el facha y los modelos escuálidos cuestionaron el estatuto del 90-60-90. Duró poco: hoy Levi’s hace posar al chico de la otra cuadra en sus afiches, y Gancia recluta a sus modelos en el subte. Le pasó a Santiago Montero, que hacía el recorrido habitual de Palermo al cole cuando le hicieron la propuesta, que nunca es indecente. “Les aclaro: no te quiero coger, no quiero desnudar gente...”, se ataja Picky Courtois.
“Nunca me pondría tetas de plástico –asegura Victoria Heymnann–, les tengo demasiado miedo a las agujas. Y además me gusta demasiado bailar.” Y se ríe, y mucho, comparándose con la tetona del almanaque. Se recuerda el caso de una común que se hizo tetas y la echaron de la publicidad. Al llegar, “era un pichón de Cardone –dicen los nuevos modelos–. No entendió nada”.
Con rostros angulosos, narices grandes, ojos ligeramente estrábicos, los comunes no pisan fuerte por la belleza (que sí tienen) sino por enfrentar la pose. “Nunca preparamos lo que hacemos –dice Emilio–, sale así...” El chico mira con prepotencia, como si fuera a devorarse a su presa en el comercial de Gancia, pero la performance no le llevó ni diez minutos de ensayo. “La cuestión es tener seguridad, pisar firme, actuar como uno es en la vida”. ¿No es la consagración del “civil” otro recorte para ejercer un mismo filtro? “Siempre se recorta –aclara Picky–, pero ahora lo que se impone es cierta ambigüedad sexual. Si te fijás, estos chicos tienen caras muyfemeninas. Pero nunca incluiría a una marica, eso sería un cliché. Hay que mostrar lo nuevo.”

Del montón
El modelo común se descubre, de pronto, triunfando en París. Santiago Montero gana en euros y mantiene a su familia. Todavía no terminó el colegio: “Ni pienso en terminarlo, quiero juntar guita, comprarme tres departamentos y vivir de rentas. ¿Quién tiene algo para decir? ¿Acaso vos, profesional, que estudiaste mil años y estás frustrado? Yo gano más que mis dos viejos juntos?” Cuando viene de visita vuelve para encontrarse con sus amigos. Nunca se la cree, dice. Pero más allá de este último bastión del ascenso social, otros lo viven como un juego. Chicos y chicas acudieron a la propuesta de los diseñadores Brandazza-De Aduriz, y de Sergio de Loof, para desfilar sus nuevas colecciones en la pasarela del Malba. El nuevo estilista no convoca a modelos de book.
Se fija, en cambio, en una chica del montón como Julieta Goldman, estudiante de Ciencias de la Comunicación, 25 años, hija de psicólogos, una típica princesa judía del flamante Palermo Pérsico. A ella se la vio desfilar, por primera vez, con la prestancia de un caminante de la peatonal Florida. Nunca ondeada ni risueña como una modelo. “El resultado fue un excelente desfile más cercano a la fiesta de amigos y la agradable sensación de recibir sólo por un día la atención de top model: maquillaje, limpieza de cutis, peinado, ensayo de coreografía, percha con mi nombre y apellido. Y flashes, ¡muchos flashes!, una bizarreada memorable.”

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