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Jueves, 15 de diciembre de 2005

CRONICA DE UN DIA ENTRE GRAFFITEROS

Muros sin lamentos

Los tagers luchan contra paredes blancas, y juegan una especie de carrera por los colores de la ciudad, compitiendo (y tapando) trabajos anteriores. Buenos Aires ya forma parte del circuito internacional.

 Por Facundo Di Genova

Nadie habla de ellos, pero todo el mundo los ve. Para cualquier abuela pueden ser garabatos ilegibles. Y también obras de arte callejeras. Sólo tienen en común con el esténcil la pintura en aerosol, pero no comparten su técnica de producción ni su reproductibilidad en serie. Están vinculados con el clásico eslogan de pared (“Nos mean y los medios dicen que llueve”) sólo por la palabra graffiti, pero uno es estrictamente una oración vinculada a un aforismo y el otro una de las artes plásticas modernas más apasionantes. Nacidos a finales de los ‘70 en los barrios bajos de Nueva York, están asociados con el rap y el hip-hop, pero la verdad es que la mayoría de sus autores locales no escucha esa música. En el mundo los llaman tags, que traducido quiere decir etiqueta, marca, firma. En Argentina les dicen, sin vuelta, graffitis. Y a sus autores, graffiteros.

Viernes cinco de la tarde, barrio de Chacarita. Un grupo de graffiteros -una crew, como se definen– tiene marcada hace tiempo una pared de un terreno baldío. Y allí van. Son cinco. Uno lleva un bolso inmenso que contiene unas cuarenta latas de pintura en aerosol de distintos colores. El del bolso tiene 23 años y se hace llamar Jazz. “Me vinculé con el graffiti porque escuchaba rap, pero después me di cuenta que son dos universos distintos. Ahora escucho otra música, pero sigo pintando paredes”, dice Jazz, mientras pinta codo a codo con Samy, un francés de 26 años que vino al país casi exclusivamente a pintar paredes.

De madre normanda y padre tunecino, Samy vive en Evreux, un suburbio a unos 100 kilómetros de París. Dice –en un castellano precario– que en Francia se gana la vida como graffitero, a punto tal que el oficio le permitió hacer este viaje justo cuando en su barrio la revuelta incendiaria de los jóvenes hijos de inmigrantes estaba en su punto máximo. “No es como dice la televisión europea, que el problema son los africanos y los islámicos –se enoja Samy–. El problema es la exclusión.” El francés tiene una agenda apretada: pintar en la Avenida Goyeneche –la meca de los graffiteros porteños–, pintar en la ciudad de La Plata y pintar en la provincia de Entre Ríos, invitado por Take “uno de los graffiteros más antiguos y experimentados del país”, comenta Jazz.

Guerra de estilos

“Creo que lo mío es el graffiti clásico, que está un poco pasado de moda, pero ahí está la esencia. Hoy día hay diversos estilos y muchos con mucha más técnica que el mío. Mi estilo es Wild Style (estilo salvaje) pero no tan entrelazado, mis influencias por lo general son de escritores franceses, pero ninguno en particular”, escribe vía mail el ya veterano Maze, uno de los responsables de bagraff.com, un sitio que recopila fotos de graffitis de Argentina y del mundo en distintas disciplinas como paredes, trenes, túneles, subtes, etcétera. “Hay mucho graffiti abstracto –reconoce Maze–. La gente mira a los alemanes, que es la meca de la abstracción en graffiti. A mí particularmente no me gusta tanto.”

Ever tiene 20 años y hace 4 que pinta, reconoce su estilo como “alemánespañol”, con “trazos y letras finas y rectas”. Ahora pinta personas con facciones mongoloides: “Pinto gente con los rasgos concentrados en una parte de la cara. No se ven pintadas de este tipo -.dice Ever, que vive en San Cristóbal. Y teoriza–. No es que la crew tenga un estilo a seguir. Cada integrante tiene un estilo particular y la suma de sus estilos hace al estilo general de la crew”.

Los graffiteros del mundo tienen un documental de cabecera. Style Wars (1983) de los estadounidenses Tony Silver y Henry Chalfant es, a esta altura, un testimonio ineludible sobre los orígenes del hip-hop y las pintadas callejeras en los Estados Unidos. La historiografía indica que nofue sino un joven cartero de origen griego llamado Demetrius el iniciador, o por lo menos uno de los pioneros, del movimiento graffitero. Durante sus largos viajes, armado con una lata de pintura en aerosol, el cartero estampaba su firma –Taki 183– en toda cuanta pared pudiera, sin olvidar los subtes ni los trenes donde viajaba.

También se dice que, promediando los ‘70, las pandillas neoyorquinas comenzaron a firmar las esquinas y paredes adonde paraban para delimitar zonas. Y dar cuenta de su existencia, reprimida por la cultura oficial. Sus firmas se fueron encriptando cada vez más y dieron origen a lo que más tarde se conoció como graffiti Wild Style o estilo salvaje.

En la Argentina, al igual que el skateboarding, el graffiti de estilo salvaje fue un fenómeno que comenzó tímidamente a finales de los ochenta, cuando los viajeros más avanzados importaron estas prácticas, adaptándolas a la cultura vernácula. Más tarde proliferaron los circuitos skaters (Munro y Ciudad Universitaria) y las pintadas en aerosol completaron una estética con banda de sonido propia, como Massacre Palestina. El fenómeno se masificó decididamente en los noventa. Y hoy sigue vivito y coleando.

Guerra de paredes

En el parque de la Avenida Goyeneche (ex Donado), en el barrio de Saavedra, hay cientos de metros de paredes graffiteadas. Es el campo de entrenamiento de todos los gaffiteros porteños, que suman, según cálculos de los mismos artistas, unas 40 crews. “En Donado hacés un dibujo y al otro día por ahí ya le hicieron otro arriba”, dice Jazz, que pintó en Barcelona y París el año pasado, y así como confirma que a él le taparon varios dibujos, también reconoce que tapó unos cuantos de otras crews.

Sin embargo, hay un mural de Jazz en la ex Donado que hace más de un año que está pintado y nadie se animó a tocarlo aún. Y nadie se animará a hacerlo, salvo que se deteriore demasiado. Es el retrato, un tanto surrealista, del Polaco Goyeneche, cantor de tangos, chofer de la línea 19 de colectivos y vecino ilustre de Saavedra.

“Problemas entre crews tuve los clásicos, de ‘a ver quién pinta más’ y quién se tapa más los dibujos –explica Maze, integrante de la vieja guardia graffitera–. Pero como todos los de mi época ya abandonaron, creo que les gane por cansancio, pese a que esto no es un juego.”

No es el caso de Isag, que parece un pichón de graffitero –tiene 17 años-, pero hace cuatro que firma vagones de tren, generalmente de día, muy particularmente los vagones de TBA-Sarmiento. “Con la policía no hay problemas, es difícil que se meta en las vías, el problema es con los cuidadores de la empresa, siempre nos sacan cagando.”

Si los suburbios de París, las avenidas de Hamburgo y los muros de Barcelona dejaron de ser sólo muros para convertirse en arte callejero, en Buenos Aires viene pasando lo mismo. Pero a otra escala. Las diferencias, como toda diferencia entre centro y periferia, son abismales.

“Allá las empresas de pintura en aerosol patrocinan a los graffiteros. Hay circuitos para pintar. El graffitero es respetado como un artista, y puede vivir de eso”, dice Jazz, que se gana la vida como escenógrafo, aunque ha hecho algunos trabajos de graffiti para boliches. Y hasta una publicidad de Nike. Para Jazz, como para Maze y otros integrantes de crews, no existe contradicción entre ser graffitero y trabajar como tal. Para Samy, el francés del suburbio de Evreux que se gana la vida con el graffiti, tampoco. Aunque sólo estampa su firma Shamo –acompañada de un camello– en lugares prohibidos. No negocia su marca. Su firma.

Sin embargo, si en Estados Unidos los graffiteros hace rato que incursionaron en trabajos publicitarios, lo que ha despertado encendidos debates, en Europa la esencia del graffiti sigue siendo, como en sus orígenes neoyorquinos, pintar en lugares prohibidos, violando lo que algunos llaman propiedad privada. A esto lo denominan “graffiti vandal” o”bombing”. Y su correlato local serían las pintadas en los frentes de edificios, carteles publicitarios y trenes, que hasta la abuela más chicata puede apreciar.

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