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Jueves, 23 de marzo de 2006

A 30 AñOS

¿Qué hicieron los músicos el 24 de marzo de 1976?

Claudio Gabis, en Boston
Anochecía sobre Boston. La nieve cubría todo y la temperatura era de varios grados bajo cero. Salí de la última clase para reunirme con mis colegas latinos en el hall del viejo edificio de la Berklee School of Music. Todas las tardes repetíamos el mismo ritual: irnos al pub más cercano para cerrar la jornada charlando, bebiendo cerveza y hablando de música y chicas. Desde lejos escuché a mis amigos y el tono exaltado de su conversación me sorprendió. Algo debía estar pasando. Me aproximé, todos me miraron serios. Me puse paranoico inmediatamente y repasé mis pecados recientes. ¿Habrían descubierto que robé unas salchichas y un dentífrico en el súper de la esquina?
–¿Te has enterado? –preguntó Alvaro, un venezolano muy cheto.
–No. ¿Qué hice?
–No hiciste nada, enano paranoico –replicó Gregorio, el uruguayo marxista con quien compartíamos casa–. Hubo otro golpe en la Argentina. Los milicos derrocaron a Isabelita. ¿Entendés, pelotudo? ¡Los fascistas tomaron el poder!
Miguel, un bajista chileno cuyos padres zafaron de Pinochet cruzando a pie los Andes el día del golpe trasandino (el fatídico 11 de septiembre), repetía la misma frase: “Ellos quieren abortar la revolución. ¡Ellos quieren abortar la libertad, tenemos que hacer algo!”. Se armó una tumultuosa discusión.
Quería telefonear, saber si mis viejos estaban bien. ¡Qué ingenuidad! ¿Cómo podían estar? Seguro que estaban tomando mate con bizcochitos de grasa, mientras escuchaban los comunicados militares que aseguraban que la Patria había sido liberada. Diez minutos de comunicación telefónica a cobrar y la voz esperanzada de mi viejo explicándome lo que él creía que pasaba, me sirvieron para confirmar que los míos, al menos, estaban bien. Mi cabeza olvidó la Plaza de Mayo. Volvió a mi casita bostoniana y cociné unos tallarines con “Hamburguer Helper”. Tomé mi guitarra eléctrica y me puse a estudiar, como todas las noches, hasta las tres de la madrugada.

Fernando Blanco (Súper Ratones), en Mar del Plata
Tenía unos 8 años, mi viejo ya no estaba en casa y mi hermano y yo ayudábamos con los quehaceres domésticos y con mi hermana chiquita. Estaba puesta la radio y otra vez repetían las juras de los militares. Jugábamos al fútbol en un patiecito y mi vieja nos llamó para que le ayudáramos a quemar algunos libros (me acuerdo de uno de Salvador Allende) y tirar algunos discos (yo pedí clemencia por el Basta ya! de los Quilapayún, que me encantaba) y después nos contó un poco lo que pasaba. Más tarde empecé a oír algunos nombres de conocidos que iban desapareciendo y conocí a Oscar en el colegio (guitarrista de Súper Ratones), que tenía al padre preso y sobrevivió de milagro.

Goy (Karamelo Santo), en Godoy Cruz
Ese día fui a la tarde a clases a la escuela de mi barrio, Godoy Cruz, en Mendoza. Cursaba segundo grado, mi tía –peronista como mi familia paterna– me fue a buscar a las 15 y estaba muy preocupada. Ya habíamos vivido con miedo por los gobiernos de Lanusse y Onganía. Mi mamá estuvo en La Noche de los Bastones Largos. Mi maestra estaba muy preocupada y se veía bastante tenso todo el ambiente. Unos años antes había ocurrido lo mismo, a la misma hora en el jardín de infantes, con la muerte del Pocho Perón. Como vivía al lado de la plaza céntrica, tanques de guerra y camiones habían cortado el frente de la Municipalidad. Mi tía volvió corriendo a casa y mi abuelo, que era político, se había ido de casa para estar seguro. Así pasaron esas horas. Durante meses, nadie pasó el lampazo en la vereda de calle Sargento Cabral, ni baldeó la acequia de tierra.

Juan Subirá (Bersuit), en Buenos Aires
Tenía 10 años y todavía no había arrimado a la música. Me desperté como para ir a la escuela y mi mamá me dijo que no había clases, lo cual me puso contento. Pero me levanté igual... en la radio sonaban a gran volumen discursos y marchas militares. La verdad es que mis padres estaban muy contentos y yo no entendía por qué. De una u otra manera, los argentinos fuimos golpistas. El golpe militar y el gobierno de facto era algo normal que sucedía década tras década. De ese modo prácticamente ningún gobierno terminaba su mandato, ni conseguía el apoyo de las instituciones o la gente. La oposición no era constructiva y terminaba socavando la estructura del gobierno de turno. La gente no tenía idea de lo que se estaba gestando desde el poder militar (los secuestros, torturas, desapariciones, robos y asesinatos) y otra buena parte se hicieron los giles bajo el paraguas del “algo habrán hecho”.

Claudio O’Connor, en Lomas de Zamora
Iba al Instituto Sáenz de Lomas de Zamora y ese día no hubo clases. Yo tenía 13 años y me fui con unos amigos a boludear. Cerca de mi casa de Llavallol hay un cementerio y vivíamos ahí. Eramos una bandita de seis o siete pibes y andábamos cirujeando todo el tiempo, juntábamos cobre, todo eso. Llegamos a una esquina, donde había dos columnas de alta tensión unidas. Nos empezamos a trepar y uno, el más intrépido, se subió muy alto, pisó los cables y quedó electrocutado ahí. No murió, pero fue terrible. Estuvo unos cuantos meses en el hospital.

Ariel Prat, en la 39ª
Esa noche fui en naca en la 39ª por estar bardeando al dope en una placita de Villa Urquiza sin saber lo que se destapaba. Por portación de jeta, que al menos no desapareció, sigue tan negra y fea como siempre.
Peligrosamente vivimos en la Argentina con los fantasmas latentes de la desaparición. Estos últimos treinta años, que parecieron una eternidad sobre todo para miles de madres y familiares, son pocos en una historia rica en desapariciones forzadas que vinieron de la mano, o de los barcos, para marcarnos el lomo de un país que busca y necesita su identidad. Evidentemente la lucha sigue y debe seguir en todos los frentes; si un presidente elegido tuvo el valor de entrar caminando a la ESMA con los sobrevivientes de ese antro de cobardes, es porque el empeño de miles que no están fue seguido por miles que empujaron después y es un orgullo para todos que se avance por justicia y por la victoria, que debe ser un faro alerta sin que enceguezca para abandonar el camino correcto.

Alejo Vintrob (Reincidentes), frente a la ESMA
En el momento del golpe yo estaba en primer grado. Recuerdo en sueños el frío, la presencia militar en la calle. Yo iba a un club con mi familia que quedaba enfrente de la ESMA y pasé mi infancia allí, jugando, y enfrente torturaban embarazadas. Demasiado fuerte. Ver en la tele a Timerman que hablaba (desde el extranjero) sobre campos de concentración y yo junto con mi padre no poder creerlo. Sensación intuitiva de que había una película, que era lo que yo y la mayoría de la sociedad vivíamos y que la realidad estaba atada a una cama de tortura clamando piedad.

Juan “Pollo” Raffo, en la secundaria
El 24/03/76 me tomó empezando 5º año de la secundaria. Lo recuerdo como un día particularmente oscuro, como la consolidación del clima de represión y densidad que se venía viviendo. También recuerdo el vergonzoso consenso que tuvo el golpe en buena parte de la sociedad. Lo notable fue que en ese año hubo un importante crecimiento del rock como foco contracultural. Ante la imposibilidad de ocupar libremente los espacios públicos, los recitalesempezaron a ser prácticamente el único punto de encuentro posible para los jóvenes “del palo”. En lo personal, en aquel momento empecé a tocar con Trigémino, mi primera banda.

Iván Noble, aquí y allá
A los ocho años, mi infancia transcurría feliz y despreocupada, entre figuritas de Meteoro, autitos con masilla y picaditos en la calle. La única contrariedad seria, el único motivo que me malhumoraba contra el planeta era el colegio; para ser más exacto, tener que levantarme a las 7 de la mañana. Todavía recuerdo mi estupor ante los primeros desayunos con guardapolvo, mientras miraba por la ventana y todavía era... ¡de noche! Así que el 24 de marzo de 1976, para mí, fue un día de sorpresa y de módica gloria: me desperté y era de día. Llegué al cuarto de mis viejos y mi papá estaba en casa. Eso también era extraño: él me llevaba al cole y de ahí se iba a laburar. Pregunté si no iba a ir al colegio. Mi viejo estaba escuchando la radio. Tercera rareza.
–No, petiso... hoy no hay clases porque se cambió de presidente en el país.
–Ah... ¿Por qué?
–Porque hay muchos problemas...
–¿Y puedo volver a la cama?
–Sí, hijito, andá a dormir.
Un par de días más tarde, después del fulbito en la plaza con mis amigos más grandes (deberían andar por los 11), fui por primera vez espectador de una charla política. Uno de los pibes dijo: “Mi papá dice que va a ser mejor, porque ahora en vez de un presidente, hay tres...”. Eso me tranquilizó un poco. A la noche le pregunté a mi viejo si el hijo del carnicero tenía razón. Mi viejo me acarició la cabeza y me preguntó si ya había hecho la tarea. Me pareció que estaba demasiado serio. Mi vieja freía milanesas y no decía nada. Nunca entendí esa crueldad adulta de despertar a los niños cuando todavía es de noche.

Alejandro Sokol, en Hurlingham
Tenía 16 años. Recuerdo el golpe en todas las teles, pero no claramente. Vivía en Hurlingham y en mi familia no se hablaba del tema. Mis viejos no eran militantes, no les interesaba la política. Con el tiempo empecé a escuchar comentarios de amigos, que estaban muy indignados por perder seres queridos. Pero era gente más grande... Era difícil tocar el tema, se ponían como locos. Como cualquier argentino del común, me pegó muy fuerte cuando me enteré del daño, la maldad y la cosa negra que hicieron los militares. Pero en ese momento sólo me interesaba la música.

Claudia Puyó, en Buenos Aires
Ese día estaba en el colegio. Estudiaba en el La Salle de Ramos Mejía. El recuerdo es como una nebulosa. Yo era delegada de mi división, junto con mi compañera Silvita. El director de nuestro colegio era bastante facho, así que no se podía manifestar mucho. Si lo hacías, te rajaban del colegio. Yo ya había tenido un enfrentamiento con él cuando murió Allende, porque no puso la bandera a media asta como correspondía. Para mí, la guerra había comenzado. En 1974 habían matado a un amigo mío que iba a mi colegio, Rubén Bouzas, y a un pariente mío, César Puentes. Los asesinatos empezaron antes del golpe, pero después fue el infierno. Siempre lo recordaré como uno de los más grandes espantos de mi vida.

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